Jorge Zepeda
Patterson.
Ha sido muy
refrescante observar a un Presidente que es interpelado por la gente a su paso
por pasillos y salas de espera en los aeropuertos y que se somete diariamente
al escrutinio de las preguntas malas, buenas y regulares de periodistas y seudo
periodistas que acuden a las mañaneras. Todos los días López Obrador escucha
a alguien que se queja de un parque infestado de vagos, un camino vecinal que
quedó inconcluso, la polémica sobre una presa que se construye en Sonora, la
necesidad de aulas en un pueblo de Oaxaca, la corrupción de un funcionario de
un municipio de Veracruz y un largo etcétera. A todos los casos el mandatario
intenta dar una explicación, a veces con éxito y a veces sin él, pero la
ofrece.
No obstante,
comienzo a preguntarme si esta intensa micro administración, esta
extraordinaria y loable atención al detalle está en camino de provocar una
dispersión en la gobernanza y peor aun, traducirse en una distracción para
gestionar las prioridades, distinguir entre lo importante y lo urgente. Los
problemas de México son tales que la atención y el tiempo del Presidente se
convierten en un recurso escaso, una cobija que al cubrir una zona
necesariamente destapa otras. Definir cómo y en qué se aplica la voluntad
política presidencial se vuelve un asunto de Estado. Mirar solo el bosque sin
entender el estado de los árboles, como hacían los presidentes anteriores, es
tan grave como perderse todos los días en el examen de algunos troncos en
menoscabo de la comprensión del bosque en su conjunto, sus límites y su
relación con otros. Sobre todo porque él se ha pasado treinta años recorriendo
el terreno y conoce como nadie su realidad. Ahora tiene la posibilidad de hacer
algo por ellos pero eso requiere más Gobierno y menos baño de pueblo.
Hace unos
días AMLO dijo que pretendía visitar todos los municipios del país si gana la
consulta en 2021. Una intención plausible, pero habría que preguntarse a qué
horas entonces gobernaría. Después de visitar diez pueblos en los que se han
quejado de la falta de aulas, otros diez a los que no llega el agua, una docena
de ejidos en los que se advierte falta de créditos o fertilizantes, etcétera,
lo que se necesita no es escuchar otra veintena de quejas similares o con
algunos matices, sino irse a la cabina de control de la nave y abordar las
complejas tareas de políticas públicas, negociaciones con grupos de interés,
finanzas y presupuestos, normas y leyes, para intentar resolver los problemas
escuchados.
¿Exagero?
El Presidente dedica entre una hora y hora y media a las mañaneras. Es
decir, un 10 por ciento de su día hábil. Si añadimos las horas que pasa en
aeropuertos y caminos en las varias giras durante la semana, estamos hablando
fácilmente de otro 10 por ciento. En conjunto alrededor de un 20 por ciento de
su tiempo. Eso equivaldría a casi 14 meses de su sexenio; es decir, poco más de
un año dedicado a pulsar, informar e informarse de lo que quiere “el pueblo”.
Y, por lo demás, las mañaneras obligan al Presidente a operar in situ como si
él fuese su gabinete y le llevan a atropellar las tareas y criterios de sus
ministros. Además de que eso los trae azorrillados, entre menos tiempo pase “no
delegando” menos tiempo tiene para hacer lo que solo él puede hacer.
En una
columna escribí que tenían razón las élites cuando afirmaban que el Presidente
desconocía cómo funcionan los pisos superiores del edificio social y económico
(o en otras palabras, se pierde en Polanco), pero conoce como nadie los pisos
inferiores en los que vive el grueso de la población. El problema es que para
poder gobernar a favor de los de la calle tiene que pasar más tiempo
convenciendo, venciendo o negociando en esos pisos superiores y para ello debe
conocerlos mejor. Si no por otra cosa, porque la inversión privada es seis
veces mayor que la del sector público y su peso en el PIB equivale al 75 por
ciento. La tasa de crecimiento de 4 por ciento que ha ofrecido AMLO, ya no
digamos de 2 por ciento que deseaba para este año, es absolutamente irreal sin
la participación del resto de los actores económicos nacionales e
internacionales. Y eso, por desgracia, no lo va a resolver escuchando una vez
más la legítima letanía, como lo ha hecho por décadas, de los que tanto han
sufrido. Ahora toca hacer algo por ellos allá en Palacio, en Wall Street, en el
G20 o donde sea necesario ir. El diagnóstico ya lo tiene claro, lo que le va
hacer falta es tiempo para resolverlo.
El
Presidente necesita sustraerse un rato de su obsesión por el detalle,
delegar la morralla del día a día y concentrarse en resolver la media docena de
problemas más urgentes, esos que van a definir si su sexenio es un intento
fallido o un cambio con éxito. Eso implicaría dejar de reaccionar a lo que dijo
un columnista, la portada de Reforma o Carlos Loret en su noticiero. Eso no
solo provoca pérdida de tiempo y atención, sino un enrarecimiento del ambiente
y el desgaste propio de quien que se la pasa subido al ring.
Esto no
significa aislarse (una mañanera a la semana sería más que suficiente), pero sí
dosificar sus giras (las ha hecho muy onerosas en tiempo y desgaste) y
concentrarse en desatorar lo que ha comenzado a atorarse. El arribo al poder de
López Obrador es una oportunidad histórica, y sería una tragedia no haberla
aprovechado.
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