Por Efrén
Flores.
“El que
gane en el Gobierno federal menos de 20 mil pesos [mensuales] va a tener
aumento de sueldo. El que gane más de 100 mil, ¡para abajo! Esa es la fórmula”,
dijo Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en octubre del año pasado, día en que se comprometió con 1.3
millones de funcionarios públicos federales que, de acuerdo con cifras (2015)
del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), tienen ingresos
inferiores a 20 mil pesos mensuales.
A mediados
de junio de 2019, los titulares de las secretarías de Hacienda y del Trabajo
ejecutaron la promesa del ahora Presidente de México. Entonces anunciaron que
los funcionarios a nivel federal con salarios mensuales inferiores a 16 mil 700
pesos tendrían un aumento salarial de entre uno y tres puntos porcentuales,
además del incremento proporcional a la inflación general (4.3 por ciento,
según el Banco de México).
Dos días
después del anuncio oficial, parte de la base de burócratas sindicalizados,
que aporta un total aproximado de 1.04 millones de personas a la Administración
Pública Federal, rechazó la propuesta y se alzó en demanda de un incremento
salarial de 7.5 por ciento para los trabajadores de menores ingresos.
La
demanda de aumento salarial por parte de los trabajadores del Estado no es
menor. Si la base laboral exige un 7.5 por ciento neto, el incremento
solicitado sería 25 por ciento superior al aumento promedio anual (seis por
ciento) del salario mínimo en México, durante los últimos 19 años. Si además
del 7.5 por ciento los trabajadores exigen el ajuste inflacionario (casi 12 por
ciento en total), el incremento sería 96.7 por ciento superior a la del salario
mínimo general.
La
exigencia no sólo responde a las promesas de campaña del Presidente AMLO.
También es consecuencia de las necesidades de poder adquisitivo de la población
mexicana –entre ellos los burócratas de más bajo nivel operativo– por el
aumento natural en el costo de bienes y servicios en el país, de acuerdo con el
contador José Juan Lazo Sarmiento, vocero de la Comisión Técnica de
Contabilidad y Auditoría Gubernamental del Colegio de Contadores Públicos de
México (CCPM).
Sin embargo,
el problema de la negociación actual es que “el Gobierno no tiene recursos
suficientes para dar aumentos de salario y además atender todos los programas
sociales”. Por ello, Lazo Sarmiento consideró “complicado” que el Gobierno
acepte un incremento de 7.5 por ciento, además del ajuste inflacionario, toda
vez que el presupuesto disponible para ello quedó establecido en 3.5 mil
millones de pesos, con la finalidad de no generar erogaciones adicionales.
El contador
del CCPM refirió al respecto que también existe el riesgo de un efecto
dominó. Si el Gobierno cede y cumple con la demanda de la base sindical a nivel
federal, “todos los obreros” del país podrían quejarse porque a ellos, aunque
este año les tocó un aumento generalizado de 14 por ciento por el incremento al
salario mínimo, no obstante, suelen tener incrementos menores (nueve por ciento
anual en promedio, durante 2015-2018).
“En este momento lo que se está buscando con
una nueva política […] es hacer más eficiente la administración pública, en el
sentido de que el funcionario sea más responsable, con un gasto eficaz para el
sostenimiento de la economía [nacional]. Es otro estilo de gobierno el que está
iniciando con esta administración”, que tendrá que cuidar el balance entre las
reducciones y los aumentos salariales, o el “tira y afloja” de los últimos seis
meses, para evitar conflictos, dijo Lazo Sarmiento a SinEmbargo.
El contador añadió
que “lo que hace falta realmente, es que se defina bien el proyecto de
desarrollo económico. Hay mucha inconformidad porque el Gobierno no tiene una
directriz bien cimentada”. Esto, aunque “desde el punto de vista contable no se
puede definir”, empero, en México la contabilidad de la administración pública
cuenta con las bases “para definir y en algún momento medir [adecuadamente] el
ingreso y el gasto públicos, en función a lo que se presupuesta”.
Con la
ejecución de los mecanismos actuales, las negociaciones como aquellas
relativas al “Capítulo 1000” de servicios personales de los funcionarios
públicos podrían tener justificación oportuna, con base en las necesidades
económicas y en función del poder adquisitivo. Un principio aplicable tanto
para los burócratas, como para los trabajadores en general.
EL “ESTIRA Y
AFLOJA”
La
exigencia de los trabajadores gubernamentales es una demanda para elevar el
piso mínimo salarial de la base gubernamental, y por otro lado, una demanda de
restitución de los salarios afectados con el nuevo esquema de percepciones para
servidores públicos (DOF: 31/12/2018), con un aumento superior a la inflación
general en el país.
A partir
de diciembre del año pasado, el Gobierno federal adoptó medidas que barrieron
la escalera salarial de arriba hacia abajo, empezando con decrementos de 10 y
27 por ciento reales a las percepciones mínimas y máximas salariales netas del
Presidente de la República y del personal de mando (secretarios,
subsecretarios, directores, subdirectores, enlaces y jefes de unidad y
departamentales).
Los datos
de los presupuestos de Egresos de la Federación de 2018 y 2019 también indican
que los ajustes para este año tuvieron dos consecuencias principales. Una fue
el aumento promedio de 7.6 por ciento del salario mínimo para puestos
operativos y de funcionarios especializados con remuneraciones específicas o de
“categoría”; y otra fue la reducción promedio de cuatro puntos porcentuales al
tope máximo salarial de dichos puestos.
Esto es consecuente
con las políticas de austeridad del Gobierno en turno, dirigidas a recortar el
gasto y la estructura de “confianza” de la Administración Pública Federal, además de reducir la brecha
salarial a favor de la base con menores ingresos, en un entorno presupuestario
en que la percepción salarial promedio de los altos funcionarios es 22.7 veces
mayor al Producto Interno Bruto (PIB) per capita del país, así como 2.2 veces
superior al promedio salarial (seis veces el PIB per capita) de la alta
dirección gubernamental en los países de la Organización para la Cooperación y
el Desarrollo Económicos (OCDE).
Las
cifras del Inegi (2016) y del portal gubernamental RHNet (2019) indican que el
personal de confianza (un aproximado de 260 mil 461 personas) que incluye los
puestos de mando, constituye el 16.3 por ciento de la plantilla federal. En
cambio, el 65 por ciento de los funcionarios (1 millón 040 mil 033 personas)
está sindicalizado y el 18.6 por ciento restante concentra tanto a militares
(279 mil 010 elementos) como a personal por honorarios (18 mil 089
trabajadores). De todos ellos, el 83 por ciento gana menos de 20 mil pesos al
mes.
EL COSTO
BUROCRÁTICO.
Los 1.3
millones de funcionarios públicos federales con menores ingresos forman parte
de las 5.2 millones de personas que trabajan de manera “directa” o “indirecta”
para los distintos órdenes de Gobierno a nivel nacional. Esta cifra incluye
tanto al personal de las secretarías de Estado, las empresas paraestatales y
los organismos gubernamentales (servicios directos), así como al personal de
carácter “transitorio” y “esporádico” (servicios indirectos).
En el primer
trimestre de este año, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador erogó 154
mil 100 millones de pesos para el pago de nómina y beneficios coligados de los
servicios personales directos (funcionarios públicos). Además, la actual
administración devengó 115 mil 964 millones para el pago de servicios
personales indirectos (plantilla temporal), de acuerdo con cifras de la
Secretaría de Hacienda.
La suma
total de ambos gastos (270 mil 064 mdp) es equiparable al 20 por ciento del
gasto neto ejercido por el Gobierno federal entre enero y marzo de 2019.
Inclusive los pagos de este año, relativos al “Capítulo 1000” presupuestario,
son 0.5 por ciento superiores a los del primer trimestre del año pasado, cuando
el Gobierno erogó 269 mil 262 millones de pesos.
Pese al
incremento de este año, el gasto en servicios personales (en general) durante
el primer trimestre de cada año desde el 2000, presenta una tendencia a la baja
(-0.63 por ciento) como proporción del gasto neto ejercido en tres meses. Lo
mismo sucede con el gasto anual.
Entre los
sexenios de Vicente Fox Quesada (2000-2006) y de Enrique Peña Nieto (2012-2018)
el costo monetario del aparato burocrático fue tres veces mayor (pasó de 392
mmdp a 1.2 billones de pesos). Sin embargo, su proporción como parte de los egresos
totales por año fue 9.9 por ciento real menor. En el año 2000, los servicios
personales (directos e indirectos) acapararon el 31.6 por ciento del
presupuesto anual. Al cierre de 2018, este tipo de gasto representó el 21.7 por
ciento del presupuesto federal.
Por otro
lado, la información disponible del Inegi refiere que, de 2003 a 2016, el
Estado mexicano sumó a sus filas a 884 mil 636 personas. Esto quiere decir que,
en un lapso de 13 años, la burocracia nacional aumentó en 18.8 por ciento real
(pasó de 4.3 a 5.2 millones de trabajadores directos e indirectos).
El mayor
incremento se dio durante el sexenio (2006-2012) del ex Presidente Felipe
Calderón Hinojosa, con un crecimiento promedio anual de dos por ciento,
equivalente a 88 mil 621 plazas adicionales por año. Sin embargo, durante los
años de gobierno de Fox y de Peña, la burocracia creció a un ritmo promedio
anual de 0.9 puntos porcentuales; o bien, con un promedio de 41 mil 755 plazas
adicionales cada año.
LA MASA DE
TRABAJADORES.
No obstante
el aumento del tamaño de la burocracia mexicana en los últimos años hoy en
día existe la misma tasa de funcionarios públicos por cada 100 habitantes (4.2)
que en 2003. Esto quiere decir que el ensanchamiento del aparato gubernamental
fue proporcional al crecimiento demográfico, sin que por ello el país dejara de
tener un amplio cuerpo burocrático.
En promedio
entre 2003 y 2019, el 10.3 por ciento (4.9 millones de personas) de la
Población Económicamente Activa (PEA) ocupada de México trabajó para una
instancia gubernamental, de acuerdo con cifras del Inegi y de la Secretaría del
Trabajo. Esto coincide con los datos internacionales (Banco Mundial, OCDE, OIT)
que indican que entre el 11 y el 15 por ciento del empleo total nacional (PEA
ocupada) es de orden público.
La
proporción del aparato de Gobierno como parte de la PEA ocupada (10.3 por
ciento) indica que el tamaño de la burocracia mexicana es inferior al de la
media internacional (21.3 por ciento). Pero la relación anual entre el número
de burócratas y el gasto ejercido en ellos durante 2003-2016 indica que, con el
pasar de los años, México pagó una burocracia cada vez más cara.
En 2003, el
costo proporcional por trabajador público fue de 117 mil 144 pesos anuales.
Para 2016, el monto fue 82 por ciento mayor, con un costo promedio de 213 mil
165.5 pesos al año por trabajador. El costo estimado para 2018 ascendió a 232
mil 925 pesos (9.3 por ciento más que en 2016).
Aunque en
los últimos 18 años México invirtió en promedio el seis por ciento de su
Producto Interno Bruto (PIB) en servicios personales directos e indirectos, que
es una cantidad inferior al promedio (10.1 por ciento) de los países de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el gasto
para mantener al aparato burocrático equivalió al 25.8 por ciento de los
egresos totales anuales del Gobierno federal. Sólo el gasto directo promedio
fue de 14.2 por ciento anual.
El gasto
burocrático nacional cobra especial relevancia en una coyuntura en que la
ciudadanía mexicana externó tener un nivel medio de confianza (6.2 de 10
puntos) en las instituciones (Mitofsky 2018) y en que el índice de ineficiencia
del Gobierno Mexicano (12.1 de 30 puntos) es elevado, en comparación con el
promedio de los países de la OCDE (10.5 puntos).
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