Raymundo
Riva Palacio.
Claudia
Sheinbaum tenía seis años cuando inició el Movimiento Estudiantil de 1968 que
concluyó con la matanza en Tlatelolco el 2 de octubre de ese año. No participó
en las manifestaciones –salvo que la hayan llevado sus padres en hombros–, ni
fue víctima de la represión policial y militar durante los tres meses que vivió
ese movimiento. Pero como a muchos de su generación, aquel episodio marcó su vida
y definió su participación política.
Ayer, como
jefa de Gobierno de la Ciudad de México, recordó aquella tarde en la Plaza de
las Tres Culturas, el campo de batalla de soldados contra soldados y militares
contra brigadas paramilitares, donde quedaron atrapados cientos de personas en
el fuego cruzado, y calificó lo sucedido ahí como un crimen de Estado. ¿Lo fue?
Un crimen de Estado se define como una serie de acciones donde un gobierno
rompe sus propias leyes o las del Derecho Internacional –genocidios, torturas,
crímenes de guerra y corrupción. Incluye el papel de las instituciones para
cometer o condonar esos crímenes, lo que añade dificultad teórica para
encontrar una definición jurídica del crimen de Estado.
En el caso
de lo que sucedió en Tlatelolco, la contraparte teórica es la tesis de Max
Weber del “Estado soberano”, que tiene el monopolio del uso legítimo de la
fuerza, empleado por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, quien, en su Informe
presidencial, un mes antes, dijo que todo tenía un límite, “no podía tolerar
que el orden legal fuera roto irrevocablemente”, y que utilizaría “a las
Fuerzas Armadas”.
Así lo hizo,
pero alejándose de las normas y procedimientos que regulan la tesis weberiana,
al cometer violaciones a los derechos humanos y al debido proceso, detenciones
arbitrarias, declaraciones falsificadas y cuando menos, dejar 44 muertos.
Aquella
herida que marcó la historia –parafraseando al historiador Gastón García
Cantú–, se ha discutido y analizado desde diferentes ángulos, pero uno que distorsionó
la dialéctica con el movimiento estudiantil y cerró los caminos para una
solución pacífica, sigue en tinieblas, pese a que el resultado de la matanza
definió la sucesión presidencial.
Díaz Ordaz,
un abogado de mano dura, optó por la solución de fuerza propuesta por su
secretario de Gobernación, Luis Echeverría, y dejó de lado la posición
negociadora del secretario de la Presidencia, su amigo Emilio Martínez Manatou.
Díaz Ordaz
asumió la responsabilidad total de los hechos en su quinto Informe de Gobierno
en 1969, pero ni él ni nadie de su gobierno, salvo Echeverría, fueron llevados
a juicio. El exsecretario de Gobernación, símbolo de la represión, fue
indiciado por la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos, que
creó el presidente Vicente Fox, por su presunta responsabilidad en los hechos
de 1968, en la represión del Jueves de Corpus en 1971, y en la Guerra Sucia de
los 70. Lo detuvieron en 2006, pero por edad y salud estuvo en prisión
domiciliaria hasta 2009, cuando obtuvo la libertad absoluta y se le exoneró del
delito de genocidio.
Fernando
Gutiérrez Barrios, quien era el jefe de la Dirección Federal de Seguridad, fue
muchas veces señalado de haber instruido a sus agentes de campo en la represión
del 2 de octubre.
Sin embargo,
de acuerdo con las instrucciones que dio ese día, que se encuentran en el
Archivo General de la Nación, no hizo nada irregular o ilegal. Ciertamente, las
instrucciones para atacar a grupos indefensos, como aquellos en Tlatelolco la
tarde del 2 de octubre, no se dejan por escrito, pero su papel como represor
ese día, nunca se documentó.
Sus agentes
formaron parte del 'Batallón Olimpia', un grupo paramilitar al mando del
general Luis Gutiérrez Oropeza, jefe del Estado Mayor Presidencial, en donde
participaron miembros de ese cuerpo militar de elite, la Policía Judicial y la
Policía del Distrito Federal. Ninguna de sus cabezas, el general secretario de
la Defensa, Marcelino García Barragán, el general Gutiérrez Oropeza, el
procurador general Julio Sánchez Vargas, Luis Cueto, jefe de la policía
capitalina, o su superior, el general Alfonso Corona del Rosal, jefe del
Departamento del Distrito Federal, fue indiciado. Hasta hoy se desconoce con
certeza cómo la disputa por la candidatura presidencial fue causa indirecta de
la matanza de Tlatelolco, ni las traiciones dentro del gabinete de Díaz Ordaz.
Filmaciones
inéditas de aquella tarde, muestran cómo desde la vieja Torre de Tlatelolco,
que era la sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores, se comenzó a
disparar contra la multitud en la plaza, hacia donde corrieron soldados para
protegerlos. ¿Fueron francotiradores del Estado Mayor Presidencial? Es un
misterio.
El primero
en caer herido esa tarde fue el general José Hernández Toledo, responsable
militar de la operación en Tlatelolco, por un balazo desde el Edificio
Chihuahua, en cuyo tercer piso estaban los líderes estudiantiles encabezando el
mitin, quien fue relevado en el mando por el general Jesús Castañeda Gutiérrez,
miembro del 'Batallón Olimpia', y a quien nombró Echeverría su jefe del Estado
Mayor.
¿Acaso el
general Hernández Toledo respondía al general García Barragán y al ser
eliminado como jefe militar de la operación, el general Gutiérrez Oropeza lo
sustituyó con uno de los suyos? También es un misterio.
Probablemente
no alcance la ley para decretar que fue un crimen de Estado, pero vistos los
resultados políticos de la matanza, Echeverría en la Presidencia, los jefes
militares del 'Batallón Olimpia' promovidos, el general Corona del Rosal
marginado, el entonces presidente del PRI, Alfonso Martínez Domínguez, cercano
a Díaz Ordaz y enemigo de Echeverría, defenestrado en 1971 tras la trampa para
culparlo de la represión del Jueves de Corpus, se puede argumentar que lo que
sucedió hace 51 años, fue en realidad un golpe de Estado.
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