Diego
Petersen Farah
Para ser
distintos se parecen demasiado. Ni los priistas en sus peores épocas, dijo
Porfirio Muñoz Ledo que algo sabe de eso, pues fue priista y de las peores
épocas, se atrevían a tanto. Morena está sufriendo el mismo proceso de todo
partido en el poder, pero lo están haciendo con mayor velocidad y menor rubor.
La comparecencia de la presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos
Humanos (CNDH) Rosario Piedra Ibarra ante la Cámara de Diputados fue mucho más
allá de lo imaginado, imponiendo silencio ya no a la oposición sino a sus
mismos compañeros que piensan distinto.
Sabíamos que
Rosario Piedra no iba a ser una buena presidenta de la Comisión, pues no solo
no cumplía con los requisitos de la convocatoria, sino que no tiene el perfil ni
la preparación para ello. No es lo mismo ser borracho que cantinero dice el
dicho, y tampoco es lo mismo ser víctima de un abuso del Estado que defensora
de los derechos frente a los abusos del Estado. Lo que no pensamos (al menos
yo) es que resultaría pésima, que su sumisión al poder y su amor declarado al
Presidente llegaría al grado de negar la realidad y que preferiría hacer el
papel de tonta ante la opinión pública (las imágenes de la señora Piedra
saliendo en la camioneta sin contestar a la prensa rayan en lo patético) antes
que cuestionar una política del gobierno de López Obrador.
Si lo que
buscaban Morena y el Presidente con la imposición de Piedra Ibarra era acabar
con la CNDH, lo lograron: para efectos prácticos la institución está perdida.
La presidenta está más preocupada por bajarle el sueldo a un chef (y lo peor,
presume esta arbitrariedad como un logro de austeridad) que por las violaciones
a los derechos de los migrantes, la falta de medicamentos en los hospitales o
los abusos de la Guardia Nacional. No hay a estas alturas una sola
recomendación ni personal de la Comisión vigilando que estos procesos que
independientemente de buenas o malas intenciones son muy delicados en términos
de violación de derechos.
La perdimos
Houston; la CNDH parece haber entrado en una órbita de la que nunca regresará.
Antes de que existiera la Comisión y aún en sus primeros años cuando al
ombudsman lo nombraba directamente el Presidente, existió la Academia Mexicana
de Derechos Humanos, una institución de la sociedad civil que tenía voz y
legitimidad propia para señalar los abusos de poder. Aunque parezca un
retroceso, en muchos sentidos lo es, pero ni modo, tenemos que regresar a este
tipo de estrategias. Lo que no podemos permitir es que un gobierno, por más legitimidad
electoral que tenga, se quede sin un contrapeso en materia de abusos de
autoridad.
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