Gustavo De
la Rosa.
Cruz Pérez
Cuéllar es un político joven, de 50 años, que desde estudiante se ha mantenido
activo en este mundo y ahora, tras un golpe de suerte, es senador de la
República por Morena, y ya quiere ser gobernador de Chihuahua. Lo vi en la
visita de Andrés Manuel a Juárez la semana pasada, y observé como los
ciudadanos lo saludaban con gusto, pero él, que llevaba prisa, sólo arrollaba a
los que se cruzaban a su paso.
Es un hombre
muy diferente del joven que, en los 90 y cuando el PAN luchaba por la
democracia electoral, era sencillo, campechano y amigable con los perredistas,
que ahora son morenos; en aquel entonces ganó las calles junto a ellos y ahí
coincidió con los políticos que ahora son viejos.
Él
pertenecía a las juventudes panistas, con mucho orgullo y disposición, y era un
activista por el respeto a la voluntad del pueblo y por los principios del PAN,
basados en la moral católica; era enemigo de la interrupción del embarazo, iba
a misa los domingos, se reconocía como patriarca de su casa y presumía su
respeto a los diez mandamientos. Su divisa era “por una patria ordenada y
generosa” y se oponía a la corrupción política impuesta por el partido de
Estado, que no le permitía al PAN comprar tiempo de publicidad en televisión o
hacer uso de los espacios gubernamentales.
Pérez
Cuéllar pronto resaltó como dirigente y líder de los universitarios, junto con
el ahora Gobernador, Javier Corral, y los dos siempre estaban juntos. Pasaron
los años, el PAN y el PRD hicieron coalición y los perredistas se
comprometieron con la campaña de Cruz para presidente municipal. La coalición
acabó derrotada pero Cruz se convirtió poco después en dirigente estatal del
PAN, también fue diputado local y dos veces diputado federal.
En 2012 vino
una elección interna en el blanquiazul para designar candidato a Senador y
aquellos dos amigos se confrontaron inexplicablemente, pero fue una
confrontación a muerte; aunque Cruz ganó, lo acusaron de corrupción política y
manipulación de los votantes, así que se declaró nula la elección y más
adelante fueron suspendidos sus derechos políticos partidarios; él siempre
alegó ser víctima de una injusticia, pero la resolución del partido fue firme y
Cruz se convirtió en una especie de paria dentro del PAN. Finalmente dejó al
partido que lo vio nacer políticamente y renunció en 2015.
Parecía que
la carrera política de Cruz Pérez Cuéllar había terminado, y que ahora tendría
que buscar un empleo o un negocio legítimo que le permitiera vivir dignamente,
pero no; en las elecciones de 2016 buscó regresar los reflectores, al
proponerse como candidato a gobernador por el partido Movimiento Ciudadano. Era
una candidatura a modo, para restarle votos al PAN, y él sabía que iba a
perder, pero lo importante era seguir entre los círculos del poder.
Aunque
terminó por dividir al Movimiento Ciudadano, y vio su influencia electoral
disminuida, él retomó impulso para las elecciones de 2018; Cruz se retiró
entonces de Movimiento Ciudadano y se acercó a Morena, desde un extremo
ideológico y una práctica legislativa en oposición a las propuestas de este
partido; sin embargo, y como fruto de las debilidades de sus primeros pasos, el
partido de AMLO no pudo lograr un consenso interno y recurrió a las encuestas
para nominar candidatos, Cruz Pérez Cuéllar aprovechó esta oportunidad y se
inscribió como candidato externo y claro que un político, que había estado en
los medios y el ambiente electoral durante los últimos 15 años, resultó ser más
conocido que los precandidatos de Morena, novatos en el medio, y acabó como
candidato de segunda fórmula.
A raíz del
triunfo arrollador de AMLO terminó en un asiento en la senaduría y, como todos
los políticos que aprendieron a vivir de las goteras del poder, inmediatamente
se consideró merecedor de ser candidato para las próximas elecciones a
gobernador en julio de 2021. Esta última vez que lo vi era otra persona; dejó
con la mano en el aire a amigos y desconoció a los viejos perredistas, hoy
morenos, que lo apoyaron en los 90 y en el 2004.
Cruz ya
actúa como si fuera el Gobernador y eso es preocupante, porque la sencillez de
Andrés Manuel, similar a la de Pepe Mujica, expresidente de Uruguay, se ve
deteriorada por las actitudes arrogantes de quienes, sin coincidencias
ideológicas, presentan el rostro y tratan con la ciudadanía, ofreciendo una
doble cara de Morena a los futuros votantes.
Este
Gobierno tal vez no podamos calificarlo de izquierda, porque la población de
México no es de izquierda, pero sí hay profundas diferencias entre el proyecto
de nación del PAN y la Cuarta Transformación; mientras Morena da prioridad a la
solidaridad con los pobres y trabajadores, a la ruptura de los monopolios, la
economía solidaria, la sencillez en el trato y el rostro humano de los
políticos, lo que mueve a estos políticos de oportunidad y coyuntura es
disfrutar del poder, la vida cortesana y sentirse superiores, por eso son
arrogantes.
Y
precisamente esa falta de oficio solidario, y mucho oficio manipulador, es lo
que lleva a ciertos políticos de Morena a olvidar que fueron electos para
servir a la nación; yo no me imagino que Cruz Pérez Cuéllar, cuando era
presidente del PAN, fuera a aceptar que algún otro político trashumante, de
ideología diferente, llegara de sorpresa para a los dos años querer ser
gobernador por el PAN.
Morena no
debe asumir una actitud patrimonial y cerrar las puertas a los aliados, pero
tampoco puede entregar el poder político de las gubernaturas a quienes no han
construido, por lo menos, una visión humanitaria y tolerante de los ciudadanos.
Tampoco me
explico que, en Morena, no se puedan poner de acuerdo para definir de una vez
quién es el dirigente del partido, tal vez sea porque los prietitos en el arroz
son muchos y todos tienen prisa por gobernar esta maravilla de país, aunque más
bien tienen prisa para tener poder, y no para cambiar esta sociedad.
¿Para qué
poder? Pues, “para poder”, como dijo César Duarte, antes de ser el prófugo más
buscado por la Fiscalía de Chihuahua; tal vez por esto es que la multitud de
morenos humildes y activistas que llenaron el gimnasio del evento abuchearon a
Pérez Cuéllar al descubrirlo en el presídium. Esa habilidad suya para cambiar
de bandera y combatir a sus antiguos compañeros me recuerda (toda proporción
guardada) a José Fouché, que tanto daño causó a la Revolución Francesa.
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