Raymundo Riva Palacio.
Desde julio, cuando tras una reunión del presidente Andrés
Manuel López Obrador con el representante de México ante la Organización de las
Naciones Unidas, Juan Ramón de la Fuente, se anunció que México presentaría
este año su candidatura para ocupar uno de los cinco asientos, de un total de
10 que se renuevan cada dos años en el Consejo de Seguridad, el máximo cuerpo
político de esa organización, Estados Unidos comenzó a investigar si México
pudiera ser una nación confiable para sus intereses. El Departamento de Estado
empezó a preguntar qué tanto influía en la política exterior el Partido del
Trabajo.
La preocupación estadounidense es si la estrecha relación que
tiene el PT y su líder, Alberto Anaya –parte de la coalición de gobierno–, con
el gobierno de Corea del Norte que encabeza Kim Jong-un, pudiera generar una
desventaja para Estados Unidos dentro del Consejo de Seguridad. El PT no tiene
influencia para cambiar ninguna línea estratégica en política exterior, pero el
gobierno del presidente López Obrador se ha vuelto poco fiable y últimamente,
desconcertante.
Funcionarios estadounidenses se quejaron explícitamente con
el equipo de López Obrador por el asilo político al expresidente de Bolivia Evo
Morales al que le dio un trato de jefe de Estado, y le envió 300 miembros de la
Guardia Nacional para su seguridad. Morales, según funcionarios mexicanos, fue
obligado a salir del país ante la presión estadounidense, que planteó como
preocupación si México abriría, con ese precedente, la puerta a venezolanos y a
personas que consideraban terroristas.
El canciller Marcelo Ebrard fue obligado a retirar la
invitación a Morales, luego de enfrentar la molestia de López Obrador por los
costos políticos que estaba originando su estadía. Pero, aunque el caso del
exmandatario boliviano se resolvió al gusto del gobierno de Estados Unidos, no
hizo que las preocupaciones se disiparan con respecto a la relación del PT con
Corea del Norte, a cuya defensa, en momentos de conflicto con Estados Unidos
durante la administración del presidente Enrique Peña Nieto, sumó a políticos
destacados, incluido al propio López Obrador.
El momento más álgido que se vivió fue en septiembre de 2017,
cuando el gobierno mexicano expulsó al embajador norcoreano, Kim Hyong Gil,
para expresarle a esa nación su “absoluto rechazo” a la actividad nuclear que
había desarrollado en ese tiempo, que tensionó las relaciones en el lejano
Oriente y lo confrontó con Estados Unidos. El entonces senador del PT, Manuel
Bartlett, condenó la acción del gobierno peñista y dijo que habían actuado como
“títeres de Donald Trump”.
La entonces coordinadora de Morena en la Cámara de Diputados,
Rocío Nahle, incondicional de López Obrador, señaló que la acción había sido
“precipitada y reaccionaria”, y envió una representación a la embajada
norcoreana para solidarizarse con el embajador. López Obrador mismo, declaró:
“Los políticos mexicanos tratan de ser afines con el gobierno estadounidense;
entonces toman esas medidas para agradar al gobierno estadounidense. Yo no
estoy de acuerdo con eso”.
Ser oposición es muy fácil; ser gobierno es difícil. Las
declaraciones de entonces pueden ser enmarcadas en un discurso político sin
consecuencias futuras, pero Anaya y el PT tienen una relación sólida con el
régimen de Pyongyang. En 2013, Anaya escribió una carta a Kim Jong-un,
difundida por la agencia de noticias estatal KCNA, donde le expresaba
admiración por sus “grandes hazañas (al frustrar) los movimientos de las
fuerzas aliadas imperialistas para aislar y suprimir a la República Democrática
y Popular de Corea”. En 2007, durante un seminario de partidos políticos de 33
países, Anaya elogió “la valentía y el arrojo” del gobierno norcoreano para no
ceder a las presiones estadounidenses.
Anaya es una persona políticamente cercana a López Obrador, y
desde que abandonó las filas del salinismo, luego de que los hermanos Carlos y
Raúl Salinas lo ayudaran política y financieramente para fundar el PT, se ha
manejado en la parte de la izquierda radical, y respaldado a López Obrador en
sus tres campañas presidenciales. También ha prestado el PT para darle
cobertura parlamentaria a figuras funcionales para López Obrador. Además de
Bartlett, le abrió la puerta en el Senado a Mario Delgado, y en la actualidad
cuenta entre sus filas con Gerardo Fernández Noroña. Reportes de prensa de que
el PT ha recibido dinero del gobierno norcoreano, nunca han sido comprobados.
La preocupación del Departamento de Estado tiene bases
sólidas. México formó parte del primer Consejo de Seguridad al crearse en las
Naciones Unidas, en 1946, y con el apoyo de Washington volvió a serlo en tres
ocasiones más (1980-1981, 2002-2003 y 2009-2010). Si México quiere ser miembro
no permanente, necesitará que Trump lo palomee. De ahí la investigación sobre
la influencia del PT en la política exterior.
El Consejo de Seguridad es el organismo que mantiene la paz y
la seguridad internacionales, e interviene en cualquier situación de fricción y
conflicto. Siempre se busca un balance, pero las potencias –que tienen derecho
de veto– buscan tener ventajas entre de los países no miembros, para mejorar su
posición en debates y votos críticos. Si Trump decide respaldar a México,
deberá estar seguro que en una situación de empantanamiento o alta complejidad
en el Consejo de Seguridad, no se alíe con China –protector de Corea del
Norte–, sino que responda a los intereses de Estados Unidos.
Si uno revisa la actitud de López Obrador, no hay duda de que
acatará lo que mande la Casa Blanca. Pero siempre queda la duda si cumplirá tal
y como se le exigió, cederá a presiones de su aliado Anaya y el PT, o manejará
los tiempos a su antojo, como sucedió con la crisis migratoria. No puede haber
demoras. Su alineamiento tiene que ser inmediato porque de otra forma no sirve
para nada.
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