Diego Petersen Farah.
Crecidas por el juego que les ha dado el nuevo Gobierno, no
solo el Presidente López Obrador sino también el Senador Ricardo Monreal, las
iglesias en México ha lanzado un embate contra los principios del Estado laico.
No es la primera vez que lo hacen, pero como decía aquel asesino, ellos van
tentaleando y donde sienten blandito empujan la daga.
Así como los medios vivimos de hacer efectivo el derecho a la
información, las iglesias viven de lucrar con el derecho a la creencia bajo el
argumento de exigir mayor libertad religiosa. Qué hacemos unos y otros con el
dinero que se genera de dicha actividad es otra discusión. Lo importante es
tener claro que ambos derechos son de los ciudadanos, jamás de las
instituciones, ni de sus símbolos, ni de sus profetas o dioses. Nada tiene de
malo hacer negocio con el derecho de información, pero las empresas
periodísticas están y deben estar sujetas a las reglas que tiene toda empresa.
Durante algunos años quisieron ser parte de las excepciones (no pagar seguro
social, tener régimen especial de impuesto, etcétera) pero terminaron
poniéndose en regla. Lo mismo podemos decir para las iglesias.
¿Cómo debemos tratar a las iglesias? Es innegable que las
iglesias, vistas como conjunto, tiene un aporte social muy importante, como
también lo es que son enormes negocios que acumulan grandes fortunas
institucionales y personales. Según la revista Forbes, Edir Macedo, líder de la
Iglesia Universal del Reino de Dios mejor conocida en México como “Pare de
sufrir” es uno de los 50 hombres más ricos de Brasil con una fortuna estimada
en mil cien millones de dólares. De acuerdo con investigaciones periodísticas
las propiedades personales de la familia Joaquín que lidera la Luz del Mundo
solo en Estados Unidos suman 7.3 millones de dólares. Pero ninguna de ellas se
acerca ni de lejos al valor del emporio de Los Legionarios de Cristo estimado
en 20 mil millones de dólares y un flujo anual de mil millones de dólares
derivado de 500 empresas de su propiedad, algunas de ellas receptoras de dinero
público.
Garantizar la libertad de creencia nada tiene que ver con dar
más facilidades a las iglesias para que tengan medios de comunicación o
regímenes fiscales especiales. El mercado de la salvación mueve mucho dinero y
sin duda la mayor parte de éste se destina a obras de beneficencia y
construcción de comunidades que contribuyen a que en mundo sea un poco menos
peor. Nadie puede negar el aporte de las iglesias en la atención a migrantes,
para poner un ejemplo muy concreto y actual, o lo que históricamente han
aportado en materia de salud y tratamiento de adicciones, pero tampoco podemos
descartar que puedan convertirse en perfectos paraísos fiscales ideales para el
lavado de dinero, y como hemos señalado, para la creación de fortunas
personales, familiares o institucionales.
Por su importancia y lo que representan socialmente, los
negocios de dios deben ser no menos sino cada vez más regulados.
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