Julio Astillero.
La urgencia
de entregar buenas cuentas al norteño vecino supervisor ha hecho que la
administración obradorista se arriesgue en una serie de movimientos de gabinete
que resultan tempranos y descuadrados a poco más de medio año efectivo de
gobierno.
El primer
desajuste es chirriante: Olga Sánchez Cordero fue despojada de origen de las
tradicionales atribuciones de fortaleza política (y policiaca) que durante
muchos años convirtió a las oficinas de la calle Bucareli en un rudo centro de
control político. Y lo poco que le quedaba a la notaria y senadora con licencia
en ambos casos, y ministra retirada, le ha sido arrebatado de un golpe por la
extraña nueva estrella refulgente en el cambiante firmamento andresino: Marcelo
Ebrard consiguió que en la crisis migratoria se le asignara una especie de mini-gabinete
intrusivo que de inmediato cobró su primera víctima y logró su primera posición
de buen nivel: el académico Tonatiuh Guillén fue sacrificado al retirarle la
conducción del Instituto Nacional de Migración (Inami), lo cual significa para
él una suerte de sentencia política y administrativa totalmente adversa, y en
su lugar fue colocado el personaje que Ebrard tenía a cargo de lo migratorio en
su citado mini-gabinete: Francisco Garduño Yáñez, un activista de Morena que
tiene larga experiencia en asuntos carcelarios y manejaba los centros
penitenciarios federales.
No es una
buena señal que se pase de lo carcelario a lo migratorio, pues tal movimiento
fortalece la visión del ejercicio represivo que ya había adelantado el hecho
del envío de seis mil militares a la frontera sur, con el nuevo etiquetado de
Guardia Nacional que no cambia la esencia del contenido castrense. Garduño
agudizará la predisposición carcelaria, al tiempo que se anuncia la
transferencia de agentes de la Policía Federal para ocupar plazas de agentes de
migración. Nada de eso es congruente con los planteamientos de amor y paz hacia
los migrantes provenientes de Centroamérica ni con las ofertas clamorosas de
empleo, educación y servicios de salud para los viajeros del sur.
La caída de
Tonatiuh Guillén se produjo unos días después de que el sacerdote Alejandro
Solalinde y el doctor Javier Urbano (migrantólogo), criticaran “a fondo el
funcionamiento de la Secretaría de Gobernación, en especial por cuanto hace al
subsecretario Alejandro Encinas, y del Instituto Nacional de Migración,
dirigido por un académico que ha sido un fracaso como servidor público,
Tonatiuh Guillén. En realidad, señalaron Solalinde y Urbano en un programa de
Radio Centro, a cargo de un tecleador astillado (https://bit.ly/2F4f1Mt ), la carencia
de una política migratoria sustentada, democráticamente apoyada y eficazmente
aplicada ha provocado las condiciones que ha aprovechado la administración
Trump para presionar y doblegar a México” (https://bit.ly/2F4m3B2 ).
La
concentración de poder en el secretario de relaciones exteriores e interiores
(SREI) ha significado un desbalance en el gabinete obradorista y le ha colocado
de manera tan prematura como ostentosa en una peligrosa condición de
precandidato presidencial. De triunfar en sus encomiendas a 45 y 90 días, será
un objetivo a derrumbar por parte del círculo íntimo andresino al que no
pertenece y en el cual le tienen arraigado recelo. De fracasar, habrá sido el
canciller expiatorio, el fusible predeterminado por el calculador jefe.
En otra
pista del futurismo, Claudia Sheinbaum ha optado por reciclar una pieza
relevante en el peñismo para tratar de enderezar el barco maltrecho de la
Seguridad Pública capitalina. Sin eufemismos, la morenista ha tomado, en su
contexto, la misma decisión que Enrique Peña Nieto en 2016: nombrar como jefe
policiaco a Omar García Harfuch, quien fue director de la Agencia de
Investigación Criminal de la Procuraduría General de la República en la pasada
administración federal y ahora es el director de investigación de la policía
capitalina de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México.
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