Martí Batres.
Aún y cuando
desde 1937 llegaron provenientes de España cientos de infantes, que serían
conocidos como “los niños de Morelia”, así como varios intelectuales a darle
vida a la Casa de España en México, todos ellos de forma provisional en
principio, se considera que la llegada del buque “Sinaia”, un 13 de junio de
1939, marca el inicio formal del masivo exilio español.
Es frecuente
escuchar de nuestros amigos exiliados y descendientes de exiliados españoles su
profundo y sentido agradecimiento a México, por haberles abierto las puertas en
aquel momento tan terrible de desgarramiento y persecución. Son constantes los
discursos en los que enaltecen y rinden homenaje a mexicanos tan destacados
como Narciso Bassols, Gilberto Bosques, Daniel Cosío Villegas y Lázaro
Cárdenas.
No obstante,
podríamos plantear la situación en términos inversos: México tiene mucho que
agradecer al exilio español. Me atrevo a decir que a través del mismo, llegó a
nuestro país una parte de lo mejor de España de aquel entonces: la gente que
representaba los más altos valores, de libertad, igualdad y fraternidad, la
primera línea de lucha contra el fascismo, los visionarios que habían derrocado
pacíficamente a una monarquía vetusta y anquilosada. No eran sólo
intelectuales, había también miles de obreros, de agricultores, comerciantes,
empresarios y profesionistas.
En efecto,
personajes como José Moreno Villa, Adolfo Salazar, José Gaos, Enrique
Díez-Canedo, Juan de la Encina, Gonzalo Lafora, Bal y Gay, Antonio
Madinaveitia, Joaquín Xirau, Eugenio Ímaz llegaron a enriquecer la vida de la
Casa de España en México, que después se convertiría en el Colegio de México.
En la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, Adolfo Sánchez Vázquez, José
Miranda, Juan Antonio Ortega y Medina, Carlos Bosh-García, Luis Rius, Arturo
Soto y otros “configuraron un verdadero linaje intelectual, de enorme calidad”,
diría José Antonio Matesanz.
También
llegaron a México los poetas León Felipe y Agustí Bartra, el cineasta Luis
Buñuel, los pintores Ramón Gaya y Remedios Varo, los juristas Luis Recaséns
Siches y Aurora Arnaiz, los arquitectos Francisco Azorín, Félix Candela, Oscar
Coll y Jesús Martí, los escritores José Bergamín y Max Aub, el economista
Antonio Sacristán y muchos otros artistas, intelectuales y profesionistas.
Asimismo,
debemos recordar a Wenceslao Roces, Francisco Giral, Eduardo Nicol, Tomás
Espresate, José María Muriá y otros.
Muchos
exiliados que llegaron siendo niños e hijos y nietos de exiliados construyeron
interesantes trayectorias en la vida cultural, académica, profesional,
periodística, económica o política de México. Por ejemplo, Trinidad Martínez,
una de las fundadoras del CIDE; el publicista Eulalio Ferrer, el documentalista
Demetrio Bilbatúa, el actor Andrés García, el periodista Luis Suárez, el
arquitecto Imanol Ordorika, el abogado laboralista Néstor de Buen, la
antropóloga Consuelo Sánchez, los fotógrafos Hermanos Mayo, el escritor Paco
Taibo, el político Jaime Serra Puche, la actriz Ofelia Guilmain y la activista
en Derechos Humanos, Teresa Jardí, los pintores Vicente Rojo, Alberto Gironella
y Teresa Martín y el cineasta Carlos Mendoza.
Entre otros
descendientes destacados encontramos a José Yuste, Francisco Barnés, Sergio
Sarmiento, Pepita Gomís, Paloma Saiz, Fabrizio Mejía, Elvira Concheiro, Alfonso
Suárez del Real, José María Espinasa, Eduardo Vázquez, Antonio Pérez Claudín y
muchos, muchos más.
Los
exiliados y sus descendientes levantaron en México escuelas como el Colegio
Madrid, el IE, el Luis Vives, el Bartolomé Cosío, el Herminio Almendros;
editoriales como Era y Costa Amic; librerías como Bonilla o las de Cristal;
empresas como Somex, Vulcano, Compañía Lírica; instituciones como el Ateneo
Español y muchos espacios icónicos.
En esta hora
de México y del mundo, el exilio español nos recuerda que las migraciones
enriquecen a las naciones, las hacen más grandes y fuertes.
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