Salvador
Camarena.
El río se
llama Salsipuedes. Corre por tierra rulfiana. En el sur de Jalisco. Por si
hubiera alguna duda del universo del que hablamos, el Salsipuedes está en los
límites de la sierra y del llano, con vista al nevado de Colima y a un
montículo conocido como Cerro de la Media Luna. Estamos en San Gabriel, donde
la tragedia del domingo pasado no a todos cogió por sorpresa.
Ese día el
Salsipuedes llenó de troncos, lodo y autos convertidos en chatarra las calles
de San Gabriel, uno de los municipios que padece una deforestación alimentada
por la voracidad de los aguacateros. De ahí que hubo voces que advirtieron tiempo
ha que la naturaleza se cobraría la afrenta.
Toda la zona
del sur de Jalisco está amenazada por el desmonte provocado por la codicia
michoacana, me cuentan jaliscienses que conocen la situación de primera mano.
Las faldas
del volcán de Colima se han convertido en un panteón de pinos. Según esos
testimonios, en la parte de Zapotlán, tierra de Arreola, 5 mil hectáreas de
cultivo ahora se dedican al aguacate. Y en San Gabriel hay 2 mil 500 hectáreas
que dejaron de ser bosque, o tierras de pequeños productores, para rendirlas a
ese dios también llamado “oro verde”.
“Hace unos
años era muy raro ver aguacate en San Gabriel”, me dice un poblador de ese
municipio. Aquí la gente se dedicaba a cultivar jitomate, maíz, hortalizas. El
pequeño agricultor poco a poco dejó su labor para dejarle su tierra a los
aguacateros”.
En vez de
jornaleros trabajando parcelas de 5 o diez hectáreas, hoy hay productores
michoacanos con maquinaria que incluso importan mano de obra de otros estados,
como Guerrero.
“Han sido
años en los que personas con mucho dinero se la pasan comprando tierras; pero
hay también denuncias de despojo de terrenos y de extracción de agua de manera
indiscriminada”, me dice la fuente, que prefiere guardar el anonimato.
La
sobreexplotación de agua llevó a las autoridades de la Conagua a declarar una
veda en la zona, “pero a ojos de todos vemos bombas extrayendo líquido del
subsuelo”.
Estos son
algunos de los antecedentes de la tragedia del domingo pasado, cuando el río
San Gabriel, también conocido como Salsipuedes, se desbordó y dejó sobre el
pueblo el testamento del origen de la tragedia: miles de troncos perfectamente
cortados en sus extremos taponearon las calles como en un reclamo de muertos
rulfianos que se niegan a irse sin espantar.
La inundación
del primer domingo de junio en San Gabriel tuvo su más claro antecedente unas
semanas antes. El reportero jalisciense Cristian Rodríguez Pinto lo contó así
el 15 de mayo pasado:
“ZAPOTLÁN EL
GRANDE, JALISCO. Las llamas envuelven al sur de Jalisco desde hace 10 días.
Bastó una semana y media para que en los municipios que rodean el volcán de
Colima –Zapotlán el Grande, Sayula, San Gabriel y Tuxpan– el fuego calcinara 12
mil 177 codiciadas hectáreas de bosque, ideales para el boyante cultivo de moda
en la región: el aguacate.
“La
afectación del ecosistema alcanza las 13 mil 311 hectáreas que, según la
Secretaría de Medio Ambiente y Desarrollo Territorial (Semadet), fueron
afectadas por incendios durante los primeros cuatro meses del año.
“Desde hace
un año, ejidatarios consultados de Zapotlán, Zapotiltic y Zapotitlán de Vadillo
afirmaron que se habían enterado de incendios forestales causados
intencionalmente porque propietarios de terreno boscoso querían transformarlo e
instalar ahí sus plantíos de aguacate. Explicaron que, cuando el área está
quemada, los dueños pueden conseguir el cambio de uso de suelo de forestal a
agrícola sin problemas ante la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos
Naturales (Semarnat)”.
Se calcula
que en esa zona, de 2003 a 2016 hay 11,700 hectáreas modificadas
irregularmente.
“Hoy fue San
Gabriel. Mañana Ciudad Guzmán o Tamazula de Gordiano”, me dice mi entrevistado.
“Las autoridades deben clausurar las huertas de aguacates ubicadas en terreros
con irregularidades. Y la Conagua debería revisar quién está provocando un
déficit de 20 millones de metros cúbicos”.
Sin embargo,
el entrevistado no es optimista. Está convencido de que Jalisco vive una
absurda competencia con Michoacán para presumir que el aguacate forma parte de
su eslogan como “gigante agroalimentario de México”.
En San
Gabriel, la fiebre del aguacate sólo ha traído precariedad laboral,
deforestación, escasez de agua y la inundación del domingo pasado que dejó la
cifra oficial de 5 muertos. Y, yo agregaría, que el llano sea más grande y que
arda más.
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