Salvador
Camarena.
En un país
de tradición presidencialista, llevábamos muchos años desconcentrando el poder
y el debate.
Tiene razón
el presidente López Obrador cuando dice que sucesivos gobiernos crearon muchos
organismos, entre ellos los llamados autónomos. Él piensa que son demasiados y
ha emprendido una especie de acoso y derribo: les quita presupuesto, los
captura (CRE, CNH) y/o los pone contra la pared al denostarlos y anunciar
reformas para modificarlos de cuajo.
Sin duda,
los cambios emprendidos a partir de la crisis de legitimidad de 1988 pudieron
haber incurrido en excesos o gigantismo. Pero también, sin duda, esas
transformaciones obedecieron al intento del Estado por reflejar la pluralidad y
el dinamismo de una nación que fue emancipándose del modelo de voluntad única
de lo que se conoce como presidencia imperial.
El
nacimiento de las comisiones de derechos humanos, de órganos cada vez más
autónomos para la organización de elecciones, de una nueva organización del
Poder Judicial, de mecanismos de transparencia, de leyes de representatividad
en los Congresos, de órganos reguladores y de fiscales independientes,
etcétera, se dio por la necesidad de apuntalar una gobernabilidad, toda vez que
el modelo donde el Ejecutivo era el factótum hizo agua en diversas crisis.
En paralelo,
pasamos en esos mismos treinta años del régimen de partido único al
multipartidismo, de la certidumbre de que el PRI ganaría porque sí a la
incertidumbre de elecciones cada vez más justas en todo sentido.
El resultado
de esas transformaciones es que México se convirtió en una democracia,
incipiente pero ya digna de ese nombre, donde por supuesto que el humor
presidencial podía intentar maniobras autoritarias, mas era previsible que
incluso en esos momentos la oposición –y en no pocos casos la prensa,
académicos, artistas y no pocos empresarios– saldrían a manifestar su opinión
al respecto.
Porque en
México ya no sólo hablaba el Presidente. El debate se nutría desde muchos
lados, y los temas del mismo podrían surgir desde diferentes ámbitos. Gobernar,
en algunos momentos de esos sexenios, se tradujo en el reto de armonizar las
voces de ese coro para tratar de, convocando a los más posibles, imponer un
rumbo.
No le falta
razón al presidente López Obrador cuando expresa que ha podido establecer un
antes y un ahora. En efecto, en muy pocos meses, el tabasqueño logró acallar al
coro, primero, e imponer la unilateralidad, después.
Ahí estamos.
En medio de una realidad donde la pluralidad –a veces, es cierto, traducida en
dinámicas que al no ponerse de acuerdo se anulaban mutuamente– se ha marchitado
de fea forma.
En su lugar,
desde Palacio Nacional ha surgido una machacona retórica que ha ocupado el
espacio donde se había empezado a hacer un hábito que hubiera discusiones.
La paradoja
–ya se ha dicho– es que todo lo que se avanzó en un modelo de pluralidad se
debió, en parte, a esfuerzos opositores como los del hoy Presidente. Porque no
es siempre cierto que lo que resiste apoya: muchas veces la resistencia forzó
el cambio.
Hoy, un
beneficiario de esa lucha colectiva supone que todos habrán de aceptar, porque
sí, lo que sólo él tiene en mente para el país. Sólo él, ni siquiera su
gabinete.
Frente a
ello los artistas, la prensa crítica, algunos políticos y los ciudadanos que
desde tiempos del priato aprendieron que el poder no tiene la capacidad de
autocorregirse, deberán encarar la realidad: se quiere reinstalar un monólogo.
Frente a ello toca andar de nuevo la ruta plural y crítica que ya una vez hizo
que el régimen entendiera que ningún gobierno, por más votos que haya obtenido,
es México.
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