Jorge Zepeda
Patterson.
Claudia
Sheinbaum es responsable, en tanto autoridad máxima del Gobierno de la Ciudad
de México, de atacar el problema de la contaminación y la inseguridad creciente
que padecen los capitalinos. Seguramente ha cometido errores e incurrido en
demoras en los seis meses que lleva de gestión, pero el linchamiento del que
está siendo objeto no solo resulta desproporcionado, también daña la
posibilidad de encarar las verdaderas causas del problema. Los chivos
expiatorios sirven para desviar la atención de la turba, no para resolver las
causas de la tragedia.
Primero fue
el tema de la contaminación, ahora el asesinato de estudiantes; en ambos
casos llama la atención la visceralidad y unanimidad con la que se le ha
convertido en blanco de la indignación y el resentimiento. Con relación a la
contingencia ambiental escribí hace unas semanas un texto en este espacio (El
linchamiento de Claudia) en el que expresaba mi extrañeza de que en ningún
momento se criticara al Gobernador del Estado de México Alfredo del Mazo, a
pesar de que la mayor parte de la población del área metropolitana vive en su
entidad y que es en los municipios conurbados donde el transporte público y la
industria es más contaminante.
Las
críticas contra Sheinbaum tampoco mencionaban que la degradación del ambiente
no ha hecho sino empeorar como resultado de políticas públicas mundiales,
federales y locales y un modelo de crecimiento despiadado con el entorno.
Ahora es el
tema de la inseguridad. Tras el asesinato de un segundo estudiante, se pide
la renuncia de la Jefa de Gobierno como si el arribo de otra persona fuera a
resolver un problema que, en el fondo, es el del país en su conjunto. Se dice,
con razón, que en este caso la 4T no puede echarle la culpa a administraciones
anteriores, porque son los suyos los que han gobernado la ciudad las últimas
dos décadas. Pero en este enfoque, se enjuicia a Sheinbaum como si la Ciudad de
México fuera una cápsula ajena al país del que forma parte.
Es cierto
que mientras el resto del territorio nacional se iba incendiando
paulatinamente, la capital mantuvo una relativa excepcionalidad. Pero era
una excepcionalidad que necesariamente tenía fecha de caducidad. Porque lo
mismo podía decirse del Bajío o de Cancún hace 10 años. Primero fueron las
zonas asiento de los cárteles: Tijuana, Sinaloa, Chihuahua, Tamaulipas. Luego
comenzó a bajar a Veracruz, Jalisco, Michoacán, Guerrero. Más tarde alcanzó a
Quintana Roo, Guanajuato, Colima y un largo etcétera que incluye el Estado de
México, Morelos y las entidades que rodean a la capital. Ya con Miguel Ángel
Mancera (2012-2018) se afirmaba que los cárteles habían llegado a la ciudad,
por más que se intentara ignorarlo.
Uno tras
otro los gobernadores terminaron siendo desbordados. No importaba si se trataba
de mandatarios buenos o malos, muy corruptos o poco corruptos, panistas,
priistas, perredistas o ahora morenistas; simplemente fueron incapaces de
impedir un cáncer devastador que ha ido devorando plazas e instituciones y
obedece a factores profundos y estructurales: la ausencia de estado de derecho,
la corrupción de cuerpos policiales y su fragmentación en niveles federal, estatal
y municipal, la podredumbre del sistema de justicia, la falta de oportunidades,
entre otros. Hace ya diez años los pueblos de Michoacán se organizaban en
defensas para impedir el robo de sus hijas, en Guerrero aceptaban otorgar
presidencias municipales al cártel y los tapatíos amanecían espantados por
cabezas sin cuerpos en los jardines o cuerpos con cabeza colgados en los
puentes. Y de Acapulco mejor ni hablar.
No estoy
diciendo que la inseguridad en la Ciudad de México deba ser asumida pasivamente,
solo deseo señalar que le ha alcanzado un fenómeno virulento e imparable que ha
avasallado a una región tras otra y combatir sus causas va más allá de
encontrar un punching bag para descargar la frustración. El aumento en la
criminalidad de la CdMx es una tendencia que no ha hecho más que recrudecer año
tras año; no comenzó hace seis meses.
Convertir
a Sheinbaum en culpable de la epidemia de violencia que azota a la capital no
solo es infantil sino dañino. Por lo demás, el nivel de responsabilidad de Alfredo
del Mazo tendría que ser similar: hay más mexiquenses que defeños en la zona
metropolitana, más superficie en sus municipios aledaños y más criminalidad en
el transporte público. Pero hemos preferido lapidar a Claudia. ¿Porque es de la
4T? ¿Porque es mujer? ¿Porque se le considera presidenciable? Usted escoja.
Mi mayor
consideración para Norelia Hernández, la madre de Norberto, el joven asesinado,
quien pidió que el asunto no fuera usado políticamente y señaló que las
verdaderas causas están en otro lado. Una lección de templanza y madurez frente
a la mucha mezquindad que intenta sacar partido de la tragedia.
Tendríamos
que abordar el problema asumiendo que es responsabilidad de todos, como dice
Doña Norelia. En primer término, de la autoridad federal, de las entidades
estatales y locales (incluyendo a Sheinbaum, desde luego), de las élites en su
conjunto, de todos nosotros. Resumir el fenómeno a un Yo, Claudio como la
novela de Robert Graves, que concentra y ridiculiza en una persona la fatalidad
del imperio romano es, en sí mismo una tragedia.
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