Gustavo De
la Rosa.
Casi se ha
escrito todo lo que pudiera decirse sobre Culiacán; es muy difícil formarse en
la fila de quienes descalifican las decisiones de Seguridad del país o de
quienes las aplauden, así que sólo trataré de aportar algún testimonio de lo
que hubiera significado una mala negociación en torno a la liberación de Ovidio
Guzmán, un testimonio desde el infierno que representó la guerra contra el
narco en Ciudad Juárez, entre 2008 y 2013.
Una
guerra que llevó a la muerte a quienes se incorporaron de alguna manera a los
ejércitos privados que, desde 2006 y hasta la fecha, combaten entre sí; una
guerra que le robó la vida a quienes tenían la mala suerte de estar o tan sólo
pasar inocentemente por el lugar donde se producía un acto de barbarie; estos
hechos de muy mala memoria se recuerdan por lo doloroso de las muertes ajenas a
todo el proceso de la guerra, muertes que, incomprendidas por los gobernantes,
fueron catalogadas como costos colaterales a la guerra.
Cuando uno
vive de cerca este tipo de acontecimientos, entiende que en una sociedad que se
dedica a trabajar, a superar los obstáculos de la vida cotidiana, no se les
puede explicar a los deudos que su hijo fue víctima colateral de una guerra que
les es totalmente ajena.
Los tres
casos más dolorosos fueron, en aquel entonces, los asesinatos colectivos de 13
en Creel, en agosto de 2008; de 15 en Villas de Salvárcar, en enero de 2010, y
de cuatro en la explosión de un carro bomba en pleno centro histórico de
Juárez, en julio de 2010.
Las
familias de los caídos lamentan profundamente que no hubiera sucedido algo,
algún acto de Gobierno, de la naturaleza o de la sociedad, que hubiera evitado
esos hechos, y aunque pasan y pasan los años, las víctimas sobrevivientes
siguen lamentándose día a día que nadie haya podido evitarlos, ¿por qué nadie
detuvo a los criminales antes de que mataran a nuestra gente?, ¿por qué?, ¿por
qué?, ¿por qué? Son preguntas de todos los días, sin respuesta alguna, pese a
que ya ha pasado casi una década desde los sucesos.
Todo esto
me vino a la memoria cuando el jueves por la tarde veía los videos que subieron
los habitantes ajenos a la guerra que corrían por las plazas y se encerraban en
las tiendas o en los hoteles de Culiacán; ¿qué habría sucedido si los tipos
armados hubieran dejado de disparar al aire para disparar a la gente, inerme,
indefensa, que salió de compras o al trabajo?
Fueron
estas personas las que murieron en Creel, en Villas de Salvárcar y cuando estalló
la bomba; jóvenes campesinos que acudieron a una carrera de caballos,
estudiantes y sus papás que celebraban un cumpleaños y una victoria deportiva,
y gente de buen corazón que se acercó a auxiliar a un herido; ninguno, en los
tres casos pensó que la muerte los acechaba.
La
angustia que enfrentamos muchos juarenses la tarde del jueves, al ver los
videos compartidos de la gente que huye con niños en los brazos y las columnas
de humo elevándose al cielo, no viene de posiciones ideológicas ni de reflexiones
operativas, sabemos que aquellas mujeres y niños que se escondían y se ponían a
salvo de las balas sufrieron el peor día de su vida, pero celebramos que hayan
vivido para contarlo, porque sabemos lo que significó no poder vivirlo ni
contarlo.
Permítanme
decirles estúpidos a los que, como aficionados del futbol que desde su sillón
le dan instrucciones a los directores técnicos de los equipos que juegan en la
cancha, con la vida de cientos de ciudadanos civiles en juego, se atreven a dar
instrucciones y consejos a los encargados de seguridad nacional sobre cómo
resolver el gran conflicto o, peor aún, que acuden a las gónadas de los
gobernantes para decidir sobre la vida y muerte de inocentes ajenos a los
conflictos.
Debemos
recordar que, una vez iniciada una guerra, es imposible precisar en qué momento
va a terminar y cuáles van a ser los términos de la misma; en 2003 el ejército
más preparado inició la guerra de Irak, impulsado por la manipulación política
de Dick Cheney, y aunque podemos ubicar el comienzo de la ofensiva, con
aquellas impresionantes imágenes de la noche sobre Bagdad, ésta todavía no
termina. El combate afectó toda la zona, se extendió a los países vecinos,
alteró el equilibrio de toda la región y, lo más triste, no podemos saber ni tener
una idea de cuándo acabará.
Así la
guerra mexicana declarada contra la delincuencia organizada en 2006 que, sin
estar preparados, sin conocer el oficio ni tener vocación de guerreros, y sin
una estrategia para poder enfrentar a los delincuentes, todos los días la
sufrimos y no sabemos cuándo terminará.
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