Julio Astillero.
Con
elegancia política, doña Rosario Ibarra de Piedra convirtió el acto
protocolario de la entrega a su persona de la medalla Belisario Domínguez en
una devolución de responsabilidad histórica a las instancias de poder que le
homenajearon, en especial al Presidente de la República, a quien entregó en
custodia la presea en mención en espera de que se cumplan los objetivos reales
de la lucha por la aparición con vida de quienes fueron tomados violentamente
por órganos del Estado mexicano, y por la impartición de justicia verdadera en
cada caso.
Así lo
planteó la señora Ibarra de Piedra: Señor presidente Andrés Manuel López
Obrador, querido y respetado amigo: No permitas que la violencia y la
perversidad de los gobiernos anteriores siga acechando y actuando desde las
tinieblas de la impunidad y la ignominia. No quiero que mi lucha quede
inconclusa (...) Dejo en tus manos la custodia de tan preciado reconocimiento y
te pido que me lo devuelvas junto con la verdad sobre el paradero de nuestros
queridos y añorados hijos y familiares, y con la certeza de que la justicia
anhelada por fin los ha cubierto con su velo protector.
No desdeñó
ni rechazó doña Rosario la especial distinción otorgada por el Senado de la
República (aunque sí hubo desdén y grosería de casi la mitad de los miembros de
esa cámara, que se ausentaron de la sesión de premiación). Aprovechó tal
plataforma para sostenerse en apoyo al proceso de cambio institucional que
encabeza Andrés Manuel López Obrador pero, al mismo tiempo, para dejar en claro
(mediante un texto leído por una de sus hijas, pues la galardonada no pudo
estar presente debido a su estado de salud) que la batalla de las madres de
desaparecidos no puede satisfacerse sólo por un acto de reconocimiento del
mismo Estado que aún no ha cumplido con sus obligaciones.
Además, por
si hubiera necesidad de un botón práctico de muestra, la hija de doña Rosario
recordó que en lo que va de la presente administración no ha habido ningún
avance en cuanto a las demandas del comité Eureka, dedicado a la búsqueda de
desaparecidos.
Rayos y
centellas (para usar una fórmula descriptiva ya un tanto en desuso) cruzan, en
tanto, el firmamento del partido hasta ahora estelar en México. Parecería
impensable lo que está sucediendo en Morena, el partido que tiene la
presidencia nacional más fuerte que ha habido a lo largo de muchas décadas,
creación prodigiosa que a cuatro años de su registro formal conquistó más
posiciones de poder que ningún otro partido en elección anterior en nuestro país
y que hoy muestra desgarramientos, enfrentamientos internos, una acelerada
descomposición ética y cívica y un alejamiento escandaloso de los postulados de
su fundador, el actual habitante de Palacio Nacional.
No es
necesario forzar la pluma o la tecla para describir el estado lamentable de
Morena. Basta leer las crudas acusaciones que ha hecho la presidenta formal del
partido, Yeidckol Polevnsky, respecto de traiciones, violencia e incluso actos
delictivos (el uso de recursos públicos para apoyar determinados intereses
grupales). Diputadas de Morena han relatado en la tribuna de su cámara las
maniobras de marrullería extrema que se viven en la actual contienda por los
cargos de dirección. Sobran los ejemplos de lo que con benevolencia descriptiva
podría llamarse desaseo político.
Ayer, por
ejemplo, se confrontaron dos posturas excluyentes emitidas por dos órganos de
dirección morenista. El Comité Ejecutivo Nacional, a cargo de la citada
Polevnsky, determinó que debe suspenderse el proceso de elección de congresistas
y, en ese curso, de dirigentes a diversos niveles que incluyen el nacional.
Violencia, padrón mal integrado e inconfiable, injerencia de grupos con
pretensiones de apoderarse del partido o deshacerlo, fueron algunos de los
alegatos en pro de suspender las elecciones internas. La Comisión de Honestidad
y Justicia de Morena, horas después, declaró que tal pretensión del comité
nacional no tiene fundamento estatutario y que las elecciones deben continuar.
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