Javier Risco.
En los
últimos cuatro días, el presidente Andrés Manuel López Obrador no ha dejado de
hablarnos de la importancia de la vida, nos ha dicho que puede arriesgar la
suya, pero nunca la del pueblo; ha privilegiado, por encima de cualquier
estrategia contra el crimen, la vida de los inocentes; ha señalado a gobiernos
anteriores, capaces de permanecer inmóviles ante masacres; López Obrador nos ha
dejado claro que dirige un gobierno al que “nada es sagrado, excepto el hombre.
Hay algo frágil, débil, pero infinitamente precioso, que todos debemos
defender: la vida”.
Dicho esto,
hay mexicanos que sobresalen, que han dejado de lado su vida por los demás, que
han defendido una tierra, a un vecino, a una comunidad, poniendo todo lo que les
queda en riesgo. Esa es la historia del activista Cruz Soto Caraveo. Ayer, su
cara no apareció en la portada de los medios nacionales, aunque debió de
hacerlo, porque la maldita coyuntura se traga temas que son tragedias
nacionales. Su historia nos la contó en la página 33 del diario La Jornada el
periodista Jesús Estrada: “Cruz Soto Caraveo pertenecía a un grupo de tres
familias que, en 2014, tuvieron que abandonar la comunidad de Monterde,
municipio de Guazapares, Chihuahua, por amenazas del grupo criminal Gente
Nueva, el cual controla la zona y las despojó de sus tierras. Los pistoleros
mataron los animales de granja de las familias, se apoderaron de las viviendas
y utilizan las tierras de los desplazados para sembrar enervantes. Cruz Soto
denunció el desplazamiento de las familias en múltiples ocasiones (…) se
entrevistó con autoridades federales para pedir ayuda, la última ocasión fue el
pasado 22 de marzo, durante la revisión de las medidas cautelares de la
comunidad El Manzano, aledaña al poblado de Monterde; ahí exigió a la
Secretaría de Gobernación federal, a la Secretaría General del Gobierno de
Chihuahua y a la Fiscalía estatal atender el caso”. El domingo pasado Cruz fue
encontrado sin vida con impactos de bala, en el camino que comunica los poblados
de Temoris a Bahuichivo, en la Sierra Tarahumara. Otro activista asesinado en
el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, el quinto asesinado en el gobierno
de Javier Corral. Había desaparecido desde el 13 de octubre pasado y desde ahí
empezaron las enérgicas condenas de las autoridades que llevan al callejón sin
salida del deslinde de responsabilidades y de gobiernos rebasados.
El 12 de
octubre viajó desde la ciudad de Chihuahua a Temoris, en búsqueda de un apoyo
gubernamental prometido que la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural
federal (Sader) le entregaría. Saliendo de la presidencia municipal de
Guazapares, fue secuestrado por tres sujetos y no se supo nada más de él, hasta
el fin de semana pasado.
Así terminó
la vida de este activista, integrante del colectivo de familias desplazadas por
el crimen organizado; hay que imaginar un segundo los últimos cinco años de su
vida para saber que fueron un infierno y que, por más que gritó y pidió ayuda a
gobiernos locales y federales, el crimen organizado lo alcanzó. Un hombre que
trabajaba, cuyas tierras fueron arrebatadas por gente armada, que pidió apoyo y
que tuvo que huir de sus tierras, que se atrevió a señalar al grupo Gente
Nueva, les llamó delincuentes.
Su final es
terrible, la ubicación de su funeral no fue conocida para proteger la
integridad de sus familiares y amigos, porque, claro, el acecho sigue después
de la muerte.
Al gobierno
no le importó tanto la vida de Cruz, habló con ellos en marzo y nada pasó. Urge
que el gobierno de López Obrador proteja a los activistas, que en su oficina
repitan las palabras del Ejecutivo, esas que ha dicho todo el fin de semana,
para proteger a los cientos que amenaza día a día el narco. La protección a la
vida no es selectiva, la muerte de Cruz no debió ocurrir.
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