Jorge Zepeda
Patterson.
Los
controvertidos anuncios con los que Andrés Manuel López Obrador inicio el año,
construir 2500 sucursales bancarias en zonas aisladas y ofrecer salud gratuita
y universal a través del Insabi, dejan en claro dos cosas: uno, que el
Presidente regreso de sus vacaciones recargado y dos, que está dispuesto a
llevar hasta sus últimas consecuencias su consigna de “primero los pobres”.
Las dos
medidas han sido duramente cuestionadas por adversarios y comentaristas.
Algunos consideran que las prioridades de AMLO bien podrían llamarse “primero los
pobres, y después la racionalidad”. Encuentran absurdo que el Estado se
convierta en banco y construya una red de sucursales allá donde no existen
economías de escala para que operen con un mínimo de rentabilidad; y les parece
una fantasía descabellada el proyecto de ofrecer servicios médicos y medicinas
gratuitas a todos los mexicanos con cargo al Estado, cuando el IMSS se ha mostrado
incapaz de ofrecérselo a sus agremiados, a pesar de contar con las cuotas
patronales. El patrón de beneficiarios del IMSS apenas supera los 12 millones
de derechohabientes, la población mexicana que tendría que ser cubierta ahora
sería del diez veces mayor.
Y pese a
todo ello, estoy con el Presidente. Parafraseando a Pascal (el corazón tiene
razones que la razón no entiende), la ética social tiene razones que el mercado
no entiende; el combate a la pobreza es un imperativo moral y un acto de
justicia que no puede estar subordinado a la tasa de retorno dictada por un
Excel diseñado en Paseo de la Reforma. Llevar una sucursal bancaria a la sierra
de Oaxaca o a las estepas de Zacatecas para atender a una población dispersa de
cinco mil personas es un acto de inclusión que les debemos a los marginados de
toda la vida. Oportunidades iguales a los demás es una abstracción mientras los
más desprotegidos carezcan de internet o una cuenta bancaria que les permita
recibir transferencias y participar en el mercado. Las empresas no van a ir a
ellos, lo cual significa que en la práctica seguirán existiendo ciudadanos de
primera y de segunda; por lo mismo, es responsabilidad del Estado subsanar
tales distorsiones. Es en efecto, la misma responsabilidad social que asumió el
gobierno cuando decidió llevar a electricidad a todos los pueblos aun cuando
buena parte de la red rural escapara a la racionalidad económica.
El tema
de la salud universal es más complejo. Lo que está haciendo el Presidente es un
poco lo que dicen que dijo Guadalupe Victoria al tirar su arma en dirección a
los enemigos: “va mi espada en prenda, voy por ella”. López Obrador sabe que no
hay condiciones para hacer factible a corto plazo una salud universal y
gratuita, pero no hay manera de llegar al largo plazo si no comienza por el
corto plazo aun cuando este se quede corto y provoque el llanto y el crujir de
dientes en la propia estructura de salud pública. Justamente eso es lo que
quiere, tirar “en prenda” un objetivo e ir por él, aunque la realidad resulte
desbordada por el ambicioso propósito.
Al
hacerlo así el Presidente está buscando dos cosas. Primero, dejar “posicionada”
la noción de que todo mexicano tiene el derecho a recibir atención médica y
medicinas y que eso constituye una responsabilidad colectiva asumida por el
Estado. En la medida en que la población asimile esa noción terminará
convirtiéndose en una reivindicación social y por ende en parte de la agenda de
los actores políticos. Y, segundo, porque aún cuando sea inalcanzable por
ahora, le ofrece al Presidente un referente para empujar recursos, presionar
estructuras y exigir sacrificios en esa dirección.
Al respecto
quisiera insistir en la necesidad de no subestimar la capacidad de AMLO para
sacar adelante los proyectos que son fruto de su obstinación. No habíamos
tenido un Presidente que alineara tantos factores a su favor: capacidad de
movilización social real, la ausencia de oposición efectiva, control del
aparato institucional en los tres poderes, energía personal y capacidad de
trabajo. AMLO sacó adelante la Guardia Nacional, el voto secreto y universal en
sindicatos o leyes implacables en contra de la evasión fiscal donde otros no
pudieron. También conseguirá su aeropuerto, su refinería o su Tren Maya. No sé
si logre un sistema de salud para todos los mexicanos en los cinco años que
quedan, pero no tengo dudas que volcará al sistema en esa dirección. Y eso es
bueno.
Durante
muchas décadas ignoramos a las regiones atrasadas, a las ramas tradicionales, a
la población necesitada hasta crear dos México contrapuestos. La elección de
López Obrador fue el reclamo de ese otro México y las acciones de su gobierno
intentan atenuar esa brecha sin provocar el caos o la violencia social. Puedo
estar en desacuerdo con la manera en que se encaró el combate al guachicol o el
reparto de pensiones a los ancianos, pero estoy abrumadoramente más que de
acuerdo con que se haya encarado.
Muchas de
las críticas pueden ser bien intencionadas y siempre serán bienvenidas las
sugerencias para corregir errores y desaciertos, pero no habría que perder de
vista la urgencia de enfrentar ya rezagos de siglos, sobretodo considerando lo
efímero de un sexenio. La racionalidad desde la cual se critican estos
proyectos de AMLO es la racionalidad del México emergido que por ceguera o
mezquindad simplemente no alcanza a percibir que el hambriento y el olvidado
han convertido la esperanza en exigencia. Ha llegado el tiempo de invertir las
prioridades con las que veníamos operando; eran las prioridades de los Aspes,
los Fox, los Videgaray, los millonarios de las listas de Forbes, los sectores
mimados de Santa Fé, Las Lomas, Colinas de San Javier o San Pedro Garza. Todos
ellos caben en los cinturones de miseria que rodean el Valle de México o que
pululan en la sierra del Istmo. Ahora es el tiempo de ellos, y justamente eso
es lo que significa “primero los pobres”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.