Salvador Camarena.
La colega Martha Anaya planteó ayer en su columna los
millonarios recursos para construir las 2,700 sucursales del Banco del
Bienestar que el Presidente de la República desea saldrían del Instituto
Mexicano del Seguro Social.
Zoé Robledo, director de ese organismo, se habría puesto
guapo, con sombrero ajeno (eso digo yo), al ofrecer a Andrés Manuel López
Obrador los 10 mil millones de pesos que se necesitarán para hacer esas
sucursales. Esos fondos, dice la versión, saldrían de las pensiones del seguro
social. (https://heraldodemexico.com.mx/opinion/de-donde-salio-el-dinero/)
Otras fuentes, empero, sostenían ayer que el dinero está
garantizado, pero que provendrá de utilidades de los otros bancos de
desarrollo.
Es decir, que Nacional Financiera y Bancomext serán los que
apoquinen los montos que utilizará el Ejército para construir 1,350 sucursales
del otrora Bansefi en este año, y otras tantas el siguiente.
El tema de las sucursales sigue causando polémica. Pero,
insistiendo en el tema planteado aquí ayer, muchas de las críticas a la
decisión presidencial minimizan el convencimiento que tiene López Obrador de
que el Estado debería ser fuerte, autosuficiente y eficaz a la hora de otorgar
servicios, en este caso bancarios y de conectividad. Y que, para tal efecto, no
es una opción subcontratar o subrogar la entrega de apoyos, como se hizo
durante diez años en Bansefi con respecto a las remesas que se entregaban en
efectivo (que en ese periodo alcanzaron los 382 mil millones de pesos, mediante
un sistema eficaz que incluía la verificación vía datos biométricos de los
beneficiarios en cada entrega).
López Obrador está empeñado en que el Estado cuente con las
capacidades para no depender de terceros en, entre otras cosas, el rubro de las
entregas de los beneficios y en la proveeduría de conectividad o Internet a los
marginados.
Y el Presidente no se ha detenido en ese compromiso. Este
nuevo esquema, cabe recordar, arrancó en el momento en que, previo incluso a la
toma oficial de posesión, el hoy Presidente usó el periodo de transición para
iniciar la construcción de un padrón de beneficiarios, uno que se recopiló
utilizando a los llamados servidores de la Nación, mismo que provocó fundadas
suspicacias por la manera en que se estaba levantando: sin reglas claras con
respecto al uso legal de esa información, tanto en su captura, resguardo y
posterior utilización.
El gobierno de López Obrador, pues, lleva año y medio
modificando el asistencialismo como lo habíamos conocido hasta 2018.
Además de crear un padrón nuevo, Andrés Manuel canceló, salvo
en el caso del Partido del Trabajo, la intermediación de actores sociales o
empresariales en la ejecución de políticas sociales. Y al desaparecer el
entramado que existía, se ha tomado todo este tiempo para establecer mecanismos
institucionales para cada política.
El cambio supone turbulencias: en 2019 no fueron esporádicas
las quejas por el retraso en el empadronamiento de beneficiarios de los
distintos programas sociales, sobre todo en los que representaban un
significativo aumento de los receptores de apoyos.
Aunque también hay que recordar que se aprovechó parte de la
infraestructura existente: así como se creó la llamada “tarjeta del bienestar”,
operada por un par de instituciones bancarias identificadas como de “capital
mexicano”, también se permitió a los beneficiarios usar tarjetas de los 21
bancos que ya daban algún tipo de servicio al gobierno para dispersar apoyos.
El tema no son las sucursales, sino que el paradigma cambió.
El gobierno quiere tener su propio sistema, aunque le tome tiempo, aunque haya
molestias por la reconversión, aunque salga caro, aunque lo paguen los
contribuyentes o, no me extrañaría, el IMSS.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.