Jorge Zepeda
Patterson.
Sostiene
López Obrador que desde Francisco I. Madero no ha habido un Presidente más
criticado que él. Imposible confirmarlo porque no hay una estadística al
respecto, pero seguramente tiene razón. Primero, porque durante décadas
resultaba poco menos que prohibido criticar al Presidente y segundo porque,
cuando por fin se pudo, los cuestionamientos nunca fueron generalizados (entre
otras cosas porque los grandes medios de comunicación tenían la precaución de
mantener una línea editorial más o menos oficialista). Hoy, en cambio, el
grueso de los diarios, de los espacios radiofónicos y de televisión, de las
columnas y tertulias políticas acribillan a López Obrador por lo que dijo o no
dijo, por lo que hizo o no hizo. Por las mañanas el Presidente suele hacer el
recuento de daños, quejándose de la mala leche de un determinado diario o de
una columna en particular. Y tiene razón, muchos no lo quieren.
Pero en
algo se equivoca el Presidente cuando asegura que toda esa crítica es espuria y
mal intencionada. Para él la ecuación es muy sencilla: el pueblo me apoya
porque yo estoy a favor del pueblo, los que me critican no están a favor del
pueblo, sino en contra de él y eso los hace moralmente reprobables. Una vez
asumida esa conclusión, la descalificación es inevitable: quien lo critica está
defendiendo los privilegios y la corrupción.
La
síntesis de este sentimiento quedó resumido en su comentada frase: “o se está
con la transformación o en contra de la transformación”. El Presidente fue
cuestionado en amplios círculos nacionales e internacionales cuando se comparó
este pensamiento con el de regímenes totalitarios, defensores de una ideología
única. López Obrador no volvió a usarlo, e incluso ha mencionado una y otra vez
la necesidad de la crítica y su legitimidad en una sociedad democrática. Sin
embargo, en cada mañanera expresa la indignación del día por los señalamientos
que se hacen a su Gobierno: “nadie me defiende”, dijo el viernes pasado. En la
práctica, al decirlo, estaría sosteniendo que no cabe otra posibilidad que
defenderlo o atacarlo.
Desde
luego que hay una crítica mal intencionada dedicada a desgastar y perjudicar la
imagen de López Obrador y su Gobierno. Sus frases se sacan de contexto, se
exageran y distorsionan. Es un ataque que proviene de adversarios políticos que
esperarían obtener ganancia de su debilidad y su caída; también procede de
aquellos que han generado animadversión sea por razones ideológicas o
materiales y consideran que cualquier guerra sucia es justificable. Asumirán
que el fin justifica los medios. Es a esta crítica, exagerada y muchas veces
infundada, a la que López Obrador se refiere cuando insiste en la necesidad de
aclarar, replicar y desmentir la desinformación y los ataques. Hay periodistas
y medios que resienten la caída de sus ingresos y alimentan una cruzada en toda
la línea destinada a socavar al Presidente. Están dedicados de tiempo completo
a buscar y exhibir todo aquello que pueda dejar mal parada a la 4T, se
justifique o no.
El
problema es cuando el Presidente asume que todo cuestionamiento responde a
estos motivos. Hay muchos otros críticos (periodistas, intelectuales,
académicos, miembros de las ONGs, líderes y actores de la sociedad civil) que
simple y sencillamente no coinciden con el mandatario, sea por razones ideológicas
o por considerar inadecuadas sus políticas concretas. Muchos de ellos, incluso,
podrían estar de acuerdo con buena parte de su diagnóstico sobre los problemas
de México, pero difieren en la manera en que los ha encarado. Por ejemplo,
aquellos que aceptarían que ahora es el tiempo de los pobres, pero repudian las
entregas de dinero directo bajo el viejo refrán “mejor enseñar a pescar que
regalar pescado”. De estos círculos suelen surgir cuestionamientos que intentan
ser razonados, aunque en la medida en que se hacen desde una perspectiva
ideológica distinta a la del Presidente, éste termina por considerarlos
igualmente sospechosos y al servicio de los que impiden el cambio. En realidad
ambas posiciones tienen su propia lógica; cuando se observa la 4T desde los
intereses de las clases medias y altas, habría muchas cosas que podrían
reprochársele al nuevo Gobierno; pero cuando se observan desde la perspectiva
del México abandonado, los actos de la administración adquieren un sentido
diferente. Dos lógicas distintas, según se miren. Difícilmente coincidirán, pero eso no
significa que sus diferencias obedezcan a la deshonestidad.
Pero también
hay una crítica desde la propia acera en la que camina el Presidente. Aquellos
que consideran no solo que sus banderas son las necesarias sino también las
políticas públicas destinadas a aterrizarlas. Y justamente porque se cree en
ellas, es importante asegurar que se subsanen los errores que se cometen sobre
la marcha, se revisen los desaciertos que existen y seguirán existiendo, se
examinen las prioridades contraproducentes y se aborden los excesos y deslices
inevitables. Nadie es infalible en el asiento del poder y mucho menos en una
realidad tan compleja y cambiante como la que vivimos; nadie nace experto en la
conducción de un país. Para ser exitoso el sexenio tendría que ser un proceso
de ajuste continuo, de aprendizaje incesante en el duro oficio de conducir un
barco en aguas tempestuosas. Pero no es posible construir un círculo virtuoso a
partir del ensayo y el error allá donde señalar un error es considerado un acto
desleal o perverso.
Los colores
se reducen al blanco y negro y el mundo se empobrece cuando las opiniones
ajenas solo pueden calificarse como amigas o enemigas, y únicamente existen
incondicionales o traidores. Urge incorporar el pensamiento crítico a la corte,
y eso solo puede hacerlo el soberano.
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