Pablo Gómez.
A poco más
de un año que falta para consumar la elección de presidente, los partidos saben
que ya están en competencia y deben preparar la designación de su candidato. De
entrada hace falta allanar el terreno para lanzar con suavidad a un o una
aspirante que tenga fuerza política y moral, hasta donde se pueda, claro está.
Sin embargo,
existe un partido que no sabe qué hacer. Es el Partido de la Revolución
Democrática. Su Consejo Nacional no ha podido reunirse porque no se sabe qué es
lo que debe aprobar, si habrá elecciones internas pronto y si entrará a los
preparativos de una candidatura o seguirá esperando a que los peces llenen el
canasto por obra de un milagro.
El asunto se encuentra en el Tribunal
Electoral, el cual habrá de decidir si obliga a la dirección ejecutiva del PRD
a convocar a su propio Consejo. Es decir, no hay manera de resolver algunos
problemas internos más que a través de instancias jurisdiccionales externas.
La
candidatura de Miguel Ángel Mancera, como la de Silvano Aureoles, no son cosas
muy serias. El primero dice que todo
depende del apoyo ciudadano que reciba, el cual no se va a producir de ninguna
forma porque él es un falso aspirante de la “sociedad civil”. Su postulación
depende exclusivamente del PRD y de la capacidad económica y clientelar de su
gobierno.
El segundo busca que una nueva
dirección nacional del partido le apoye incondicionalmente para, a partir de
ese punto, analizar las condiciones de una posible candidatura suya a
presidente de la República. O sea, nada concreto por ningún lado.
Lo lógico
sería que el PRD renovara su dirección, se planteara una política de alianzas,
avanzara en la definición de sus métodos para postular sus candidatos, lanzara
su propuesta política nacional para las elecciones y organizara su estructura
electoral. Eso es lo que los demás partidos están haciendo, unos más que otros,
unos mejor que otros, pero ya están trabajando. En el PRD nadie hace labor política sino sólo grillas internas.
No es de extrañar que miles de
miembros del PRD acudan a la firma del Acuerdo por la Unidad presentado por
Morena y su dirigente, lo cual es un reconocimiento del liderazgo que éstos han
logrado dentro de la izquierda mexicana. Dice Mancera, al respecto, que es necesario que el PRD se
depure. Así dirige a ese partido sin ser militante: de depuración en depuración
construirá el camino hacia la inanición.
Hay
perredistas que desean concurrir a las elecciones internas para obtener lugares
en el Consejo Nacional y, llegado el momento, promover sus propias
candidaturas. Es esa una manera de tomar parte de la lucha política. Pero lo que no están analizando es que, si
se llevan a cabo esos comicios, más de 90% de los votantes acarreados (que
serán la inmensa mayoría) corresponderá sólo a tres grupos políticos, los
cuales no están dispuestos a nominar más candidatos que los suyos propios.
Pero, ¿para qué ese sectarismo? El PRD
no va a poder obtener curules y escaños uninominales sino que todos serán de
lista, como antes de 1988, pero ahora monopolizados por unos cuantos políticos.
En la Ciudad de México ya se instauró el viejo método del ‘tapadismo’, pero quien sea ungido candidato o candidata por
parte de Mancera no va a ser jefe de gobierno porque el PRD perdió la mayoría
desde 2015, por cuyo motivo la única
esperanza que le queda a sus dirigentes o patrones es una alianza vergonzosa y
contraproducente con el PAN.
El PRD no sabe qué hacer más allá de
sus propias grillas, las cuales son cada vez menos trascendentes. Se ha
generado una discusión en el vacío. Por un lado se dice que no hay por qué
desahuciar a ese partido y, por el otro, éste es convertido en un organismo
menos útil a la democracia y al programa social. Envuelto ya en escándalos de
corrupción, el PRD
inventa un discurso sin contenido, cuyo postulado principal es que nadie podrá
matarle cuando, en realidad, es él mismo quien se dirige al suicidio. De nada servirán mítines con camisetas y
banderas nuevas para todo el personal, efectuados con el peor estilo
tradicional del PRI de todos los tiempos.
Si se hace
abstracción de la falta de reflexión y análisis concreto que acusa la enorme
mayoría de los miembros del Consejo Nacional del PRD, se diría que ese partido
puede lograr un golpe de timón que le permita navegar. Sin embargo, con los
pies en la tierra, por lo pronto no se advierten posibilidades reales.
Estar sin
saber qué hacer debe ser horrible. Sin renunciar a mi membresía en el PRD,
partido al que ayudé a fundar y a luchar, he respondido al llamamiento de López
Obrador. Y, de paso, les recuerdo a quienes hacen campaña en mi contra diciendo
que siempre he sido legislador federal plurinominal perredista (lo cual no
sería demeritorio en absoluto), que en el PRD siempre fui diputado y senador de
mayoría relativa.
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