Dolia Estévez.
Luis Videgaray no se imaginó que en sus travesías por Nueva
York se toparía con un ambicioso millonario que cambiaría su trayectoria
política. Videgaray y Jared Kushner, yerno y poderoso asesor sin cartera de
Donald Trump, se conocieron en los círculos financieros neoyorquinos cuando el
hoy canciller era titular de Hacienda. Gary D. Cohn, CEO de Goldman Sachs, los
presentó en una cena de potentados financieros a la que convocó la casa de
inversiones más grande de Wall Street. Cohn (patrimonio personal: $611 millones
de dólares) renunció a la dirección del banco implicado en el descalabro
financiero de 2008 para incorporarse al grupo compacto de Trump como súper
asesor económico. El banquero llegó a la mansión presidencial de la mano del
yerno.
El enorme poderío de Kushner, amateur de la política y la diplomacia,
emana de su parentesco con “Donald”, como llama a su suegro. Kushner está
casado con Ivanka Trump, hija favorita del presidente con quien a decir por sus
impropios comentarios ha fantaseado eróticamente. En 2006, Trump describió los
senos de Ivanka, quien tenía 24 años, de “voluptuosos” y dijo que si no fuera
su hija “la estaría cortejando”.
Antes de mudarse a Washington, Jared e Ivanka, él de 36 y
ella de 35, cultivaron una relación cercana con Cohn. Eran parte de la poderosa
élite liberal neoyorquina. Jared e Ivanka (patrimonio conjunto: 741 millones de
dólares) eran liberales y defendían el derecho de los homosexuales y de las
mujeres a decidir sobre su cuerpo, y creían en el cambio climático. Pero el
poder corrompe. Se alinearon a Trump.
En una administración consumida por las intrigas palaciegas
entre ideólogos de derecha y globalizadores de Wall Street, liderada por un
presidente que demanda lealtad absoluta, Kushner es intocable. Trump puede
despedir a Stephen Bannon, su siniestro estratega, pero no a Kushner.
El peculiar papel de Kushner–ni es jefe de gabinete, ni
asesor con cartera—no tiene precedente. La subcultura en la Casa Blanca es
similar a la de las mafias italianas de Nueva York inmortalizadas en la
trilogía de El Padrino. Trump, como Don Corleone, sólo confía en la familia.
Castiga la traición. No perdona. Es siciliano.
No es inusual que los gobiernos extranjeros busquen el acceso
directo a la Casa Blanca a través de amigos o incondicionales del mandatario en
turno, pero es la primera vez que el conducto es el yerno del presidente. El
nepotismo es vicio de las monarquías y las dictaduras, pero no de una
democracia como la estadounidense. Jared e Ivanka son la pareja real. Irradian
glamur y poder.
Para Videgaray, tratar con Kushner es terreno conocido.
Videgaray entiende la fuerza de las castas. Enrique Peña Nieto es producto de la dinastía política que controla el
Estado de México.
Por más inverosímil que parezca, Trump dotó a Kushner de
poderes para pactar la paz entre Israel y Palestina, manejar las relaciones con
México, Canadá y China, evaluar los avances de la guerra contra el Estados
Islámico y diseñar un plan para adelgazar el gobierno federal. Es punto de
contacto de presidentes, ministros y embajadores de una docena de países.
¿Tendrá tiempo para Videgaray? Es un error apostarle a un solo jugador.
En los 80 días que lleva Trump en la presidencia, se conocen
tres encuentros entre Videgaray y Kushner. En el primero, el 25 de enero,
Kushner llevó a Videgaray a la Oficina Oval. Fuera de agenda, trataron de
convencer al temperamental mandatario bajar el tono a los ataques a México en
el discurso que pronunciaría ese día sobre el muro fronterizo. Trump se negó.
Su concesión, si se le puede llamar así, fue reiterar que un México “fuerte
está en el mejor interés” de EU. El cliché fue música para los oídos de Peña
quien elogió el logro de su diplomático aprendiz.
El segundo encuentro tuvo lugar el 9 de marzo. La costumbre
en Washington es que los titulares de relaciones exteriores sean recibidos por
el secretario de Estado, su contraparte. Pero abusando de su derecho de
picaporte, Videgaray violó códigos y costumbres y fue directamente a la Casa
Blanca a ver a Kushner y Cohn. El vocero del marginado secretario de Estado Rex
Tillerson dijo no saber nada sobre la visita de Videgaray. El canciller
mexicano se justificó diciendo que volvería a Washington “en dos semanas” para
reunirse con quien dice ser su contraparte.
El tercer encuentro con
Kushner se dio esta semana. Por razones que sólo él conoce, Videgaray no nos
informó sobre el mismo cuando hizo un resumen detallado de sus actividades en
Washington. Ante mi pregunta, dio a conocer la reunión, pero matizó diciendo
que había sido “breve”, por la “tarde noche” del miércoles. ¿Cena? “No, no fue
cena. Fue en la Casa Blanca”. Esta vez, dijo, no vio a Cohn.
Cuando la relación con
EU atraviesa por su peor etapa en 100 años, es un sueño guajiro creer que
Kushner va poder frenar los delirios de su suegro sobre el muro, las
deportaciones masivas y la renegociación del TLCAN. Los cortesanos no apuestan contra la
habilidad del Rey.
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