Salvador Camarena.
Cuando más
necesitaba oxígeno mediático, dando la pelea por un digno tercer lugar, Juan
Zepeda, candidato del Partido de la Revolución Democrática en el Estado de
México, recibió un sofocón de su propia presidenta nacional.
Alejandra Barrales jaló para ella
desde el sábado la cobertura mediática con el anuncio, dado al alimón con el
líder nacional panista Ricardo Anaya, sobre un hipotético frente opositor para
2018.
Desde ese día, y en detrimento de
Zepeda, Barrales recorre medios para capotear críticas en el circo de tres
pistas en el que se metió con su aparición bipartidista.
En la
primera pista, la presidenta del sol
azteca trata de explicarse ante sus propios correligionarios, muchos de ellos
tan sorprendidos con el anuncio como el ciudadano de a pie. Desde el sábado
mismo Barrales se vio obligada a corregirse en declaraciones que caían en donde
mismo: sí quiere un frente y no descarta en él al mismísimo Acción Nacional, el
partido que ha intentado controversias constitucionales en contra de la agenda
de derechos, cien por ciento perredista, en la Ciudad de México. Varias
corrientes afilan cuchillos por la inclusión de la derecha en lo que iba a ser,
originalmente, un frente progresista.
En la
segunda pista Barrales hace malabares
para justificar el timing del anuncio.
En el Estado
de México Zepeda logró una especie de milagro mediático. Temprano en la campaña
y sin despegarse mucho de las proyecciones originales para el PRD en las
encuestas, el candidato perredista resucitó en una conversación que en marzo lo
daba por muerto.
En sentido
contrario, en la recta final de la
competencia electoral, Barrales eligió hablar del 4 de junio sin mencionar al
Estado de México.
Ese sábado
envió dos mensajes: solo nos irá bien ahí donde vamos aliados con otros (Veracruz
y Nayarit), para nada donde vamos solos como son Edomex y Coahuila.
En otras
palabras, dejó colgado en el trapecio a Zepeda, que a pesar de ello no ha
salido tan mal librado –otra vez por mérito propio– del bullying semanal que le
ha aplicado López Obrador, que se ve demasiado interesado (¿urgido?) de que los
perredistas mexiquenses le den el sí.
La tercera
pista tiene a una Barrales tratando de
anclarse en el humo del frente opositor, en un intento de que las múltiples
tribus perredistas resistan el magnetismo de la supuesta inevitabilidad (qué
horrible palabra) de la victoria de AMLO.
O lo que es
lo mismo: si hemos de desaparecer que
sea en un tutti frutti “novedoso” antes que como rémoras de Morena. Ganar
aunque se pierda el partido.
Pero Barrales
hace cuentas alegres. Al no tener al partido, no es posible garantizar el valor
actual del PRD en las encuestas en el hipotético trasvase hacia un frente que
ha definido con puras generalidades (que vengan académicos, ciudadanos,
organizaciones no partidistas, etcétera ha dicho la perredista).
Porque si un activo le quedaba al PRD
era su agenda de derechos, el reducto ideológico que ni Morena, por sus posiciones conservadoras,
puede disputar al perredismo. Eso sí vale en las encuestas y eso sí podría hacer
de ellos un factor en el 2018.
En vez de aferrarse a esa identidad,
de cuidar lo poco que queda del partido, Barrales ofrece diluirlo de la mano de
su verdugo en el 2006, en manos de ese PAN que hoy en el Edomex grita que solo
él sabe sacar al PRI del poder. En vez de contrarrestar eso Barrales suplica
que en el siguiente viaje la lleven al menos para no perder.
Desde la
tierra mexiquense Juan Zepeda clama: “no me ayudes comadre”.
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