Ana Cristina
Ruelas.
Con el nacimiento del Sistema
Nacional Anticorrupción (SNA) llegaron grandes expectativas. Las reformas
legales, derivadas de un gran esfuerzo ciudadano, generaron una atmósfera de
esperanza en medio del desamparo. El simple hecho de hablar de anticorrupción
suponía el reconocimiento de un grave problema nacional.
A pesar de
los pesares y de los grandes escándalos de corrupción de los que hemos sido
testigos en este sexenio, las nuevas instituciones, las designaciones y la
posibilidad de una efectiva coordinación, hizo del SNA una promesa que encausó
la imaginación de un mundo paralelo: altos funcionarios, gobernadores, secretarios
de Estado, congresistas, jueces y magistrados bajo proceso por desvío de
recursos; por la compra de favores o de imagen; por miles de millones de pesos
que se convirtieron en casas de campo o mansiones en el extranjero.
No podemos negar que el escepticismo
siempre estuvo presente. Pocas veces la clase política sorprende positivamente;
al revés, cuando uno piensa que las cosas no pueden ser peor siempre hay
posibilidad de mayor asombro. Por esto, la sociedad civil buscó blindar los procesos de designación
de los titulares de las instituciones del SNA, a través de un compromiso del
Ejecutivo en el marco de la Alianza de Gobierno Abierto que garantizara máxima
apertura, participación efectiva de la ciudadanía y evaluaciones técnicas a las
y los candidatos.
No obstante,
fuera del proceso de selección del Comité de Participación Ciudadana –el cual
mantuvo el blindaje ciudadano para su conformación desde los orígenes de la reforma
– las designaciones y ratificaciones
realizadas hasta este momento se han caracterizado por la premura, la opacidad
y la simulación.
De esta
manera, el nombramiento de la Fiscalía
Anticorrupción está envuelto en la disputa política.
Decenas de titulares de los órganos
internos de control fueron designados por la Secretaría de la Función Pública
sin evaluaciones técnicas y, por si fuera poco, el martes 25 de abril, días
antes del cierre del período legislativo, Enrique Peña Nieto envió una
propuesta para la ratificación de los dieciocho Magistrados del Tribunal
Federal de Justicia Administrativa (TFJA) sin participación de la ciudadanía y
sin señalar los criterios de selección y sus méritos. Ellos(as), tendrán la importante
función de conocer, resolver y sancionar sobre las faltas administrativas
graves cometidas por los(as) servidores públicos y los(as) particulares; así, estamos en un punto en el que podrían
ser nombrados(as) en el Senado sin deliberación pública, investigación y
análisis de la idoneidad de los perfiles. El SNA se enfrenta a un campo minado
y requiere personas comprometidas, íntegras y especializadas para seguir
caminando.
No obstante,
con la mano en la cintura, el Ejecutivo
se ha arrogado la palabra abierto, como un valor intrínseco a acciones mal
hechas que buscan dinamitar procesos de largo aliento.
Sí, la teoría del SNA nos permite
imaginar un México distinto. Pero desgraciadamente las letras no son
suficientes para hacer un cambio. Por eso era y es tan importante hablar de las designaciones
de cada uno de los cargos que lo integran. Sin
perfiles idóneos a la cabeza de las instituciones que lo conforman es difícil
hablar de efectividad y eficiencia, muy por el contrario, perfiles afines a los
intereses del poder, son muestra de engaño y simulación.
La sociedad
civil que participó dentro del proceso de reforma previó la conformación de un
Comité de Selección independiente que eligiera a los perfiles idóneos para
conformar el Comité de Participación Ciudadana.
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