Jorge Javier
Romero Vadillo.
La noche del
domingo vimos, con pasmo, un desfile de triunfadores. Todos habían ganado,
mientras fluían los datos y eran interpretados con la habitual incomprensión
para diferenciar entre una encuesta de salida, un conteo rápido y un programa
de resultados preliminares. La jornada electoral había transcurrido con
normalidad, con las habituales denuncias y con algo más de actuación que de
costumbre de la Fiscalía Especializada en Delitos Electorales; las casillas se
instalaron, la gente salió a votar, aunque no en la cantidad deseable y, al
final, los votos se contaron y llegaron a los centros distritales sin mayores
contratiempos. La mecánica comicial
funcionó, como lo viene haciendo ya desde hace dos décadas. Y, sin embargo,
todo el proceso electoral, en los cuatro estados donde hubo comicios, dejó un mal
sabor de boca, además de la cauda de conflictos poselectorales que apenas
comienzan.
No ha sido
fácil el camino para convertir a los votos de la ciudadanía en el mecanismo
plenamente aceptado para definir la representación y los gobiernos en México. Desde la consolidación del primer Estado
mexicano, después de la guerra de la intervención francesa, la manera en la que
se definieron los cargos que constitucionalmente debían ser electos se basó en
la manipulación de los sufragios. Si desde la independencia la precaria e
intermitente competencia electoral había sido en realidad la lucha entre las
distintas facciones para ver quién podía manipular más los resultados –y, como
decía Emilio Rabasa, “(…)si dos o más partidos libres se disputaran el triunfo,
no lucharían por obtener los votos de los ciudadanos, sino para imponer los
agentes para el fraude, y alcanzaría la victoria el partido que cometiera
mayor número de atentados contra las leyes”.
Estamos muy lejos de tener un arreglo
de competencia electoral con juego limpio. La larga trayectoria institucional
de manipulación hace que, por una parte, la sociedad siga sin creer que los
comicios sean de verdad limpios, mientras que los políticos siguen echando mano de trampas y
estrategias clientelistas para ganar sufragios, en lugar de enfrentar la
competencia con base en sus programas, sus propuestas y la personalidad de sus
candidatos. La falta de credibilidad también es utilizada por los derrotados
para deslegitimar las elecciones y llamarse robados.
En el
proceso electoral que culminó con la votación del domingo pasado vimos el
despliegue de todos los peores vicios que subsisten en la tradición electoral
mexicana. El más ominoso de todos, la compra de votos. Se trata de un mecanismo
muy ineficiente para conseguir apoyos, pues es extraordinariamente caro e
incierto.
Los partidos intentan comprar votos a
pesar de la ineficacia de la estrategia, en primer lugar, porque no saben hacer
otra cosa: tradicionalmente en México a los electores solo se les llevaba a la
urna a cambio de una dádiva o coaccionándolos. Y también incurren en la
práctica porque tienen el dinero para hacerlo; no me refiero a los ingentes
recursos públicos que reciben, que son fiscalizables y difícilmente se podrían
desviar a ese uso ilícito, sino a las cantidades de dinero ilegal que entran en
efectivo a las campañas y respecto a los cuales la autoridad electoral no tiene
la capacidad de ejercer control alguno. Baste ver la manera en la que crece la
demanda de efectivo durante las campañas en la información que hace pública el
Banco de México.
Pero el tema más relevante es el del
dinero sucio que entra a la competencia y que las autoridades parecen no ver, a
pesar de las evidencias existentes. Se supone que el financiamiento público
tiene por objeto que no sean los intereses económicos los que dominen la
competencia política y que la prohibición de compra de espacios en radio y
televisión es una manera de reducir la demanda de recursos por parte de los
partidos. Pero sin duda algo del modelo no ha funcionado, pues elección tras
elección vemos cómo se inundan las campañas de recursos sospechosos, la demanda
de efectivo se dispara y los operadores políticos viven épocas de vacas gordas
con los bolsillos llenos.
Mucho se ha
criticado al INE por dejar pasar estas prácticas. Empero, creo que la crítica
yerra en su objetivo. El INE es el encargado de la logística de la elección y
se le han dado atribuciones, como las de los procedimientos especiales
sancionadores, que no le deberían corresponder. Sin duda que habrá omisiones de
la autoridad electoral, sobre todo de los organismos locales, pero en lo que toca a las ilegalidades
abiertas en los comicios, el organismo realmente omiso es una Fiscalía
Especializada en Delitos Electorales que ha demostrado ser una ficción.
La falta de
procuración de justicia electoral es una prueba más de la necesidad de contar
con una fiscalía genera autónoma y no politizada, que no sea un mero adorno. Si
la ilegalidad sigue imponiéndose en los procesos electorales, nuestra
incipiente democracia estará condenada.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.