Darío Ramírez.
Estamos
impávidos ante el desastre democrático que fue la jornada electoral del 4 de
junio. La farsa que vivimos debe ser el aliciente que nos convoque a hacer un
alto en el camino y revisar lo que estamos haciendo. La democracia a la que
aspiramos –algunos- dista mucho de lo que se ha vuelto a convertir el sistema
electoral. Los insípidos avances de nuestra “primavera electoral” se han
desvanecido al grado de la inexistencia.
Tenemos
ciudadanos en casillas, representantes de partidos y conteo de votos. Tenemos
vedas electorales. Pero la pasada jornada volvió a sacar el amplio catálogo de
conductas antidemocráticas para influir lo que debería ser uno ejercicio
fundamental de la ciudadanía: El voto libre y secreto.
Los partidos políticos se han
convertido en empresas electoreras que buscan un producto (el voto) a través de
la coerción, compra, manipulación y engaño. No hay fuerza política que no actúe
de esta manera. La evidencia de todo tipo de triquiñuelas para asegurar el voto
es de consumo popular, pero parecería que así hemos sido y somos. Porque el
dedo acusador es intercambiado entre todos los candidatos y partidos. Parecería
que uno puede ser corrupto y romper la ley porque el de al lado hace lo mismo y
esa es la justificación meta legal que todos necesitan. Entonces parecería que
la competencia es ver quién comete más delitos para obtener el botín. La farsa
es lúgubre.
Tenemos que
repensarnos porque tenemos como país una carencia seria: los verdaderos
demócratas están ausentes en la esfera política-electoral. Para una democracia
tiene que haber demócratas, parece una obviedad, pero viendo nuestra más
reciente jornada electoral esto claramente es un ideal lejos de la realidad.
La
democracia requiere que los votantes ejerzan la libertad de pensamiento. Un
ejercicio deliberativo sobre el interés político es fundamental antes de tachar
la boleta electoral. Es imposible conocer cuántos de los votantes que
reeligieron al PRI en el Estado de México hicieron el mínimo ejercicio de
análisis y conveniencia política. ¿O será que el voto duro y la maquinara
delictiva priista fue lo suficientemente poderosa para ganar la elección?
Lo cierto es
que si seguimos llamándole “fiesta democrática” seguiremos pensando que vivimos
en una democracia real. El que haya elementos democráticos como el sufragio no
resulta automáticamente en una democracia. La necesidad de revisar y volver a
pensar nuestra realidad democrática resulta una necesidad de primer orden. De
lo contrario, las próximas elecciones presidenciales en el 2018 acercarán al
país a un paso más de la ingobernabilidad.
Pensemos un
momento ¿dónde estamos? ¿Cómo hemos llegado aquí? ¿Cómo le hemos hecho para que
el sufragio no tenga prácticamente un nexo causal con los proyectos políticos
ganadores? ¿Desde cuándo los partidos
políticos se desdibujaron tanto que hacen más comercialización del voto que
política? ¿En qué momento nos conformamos con el menos malo o menos corrupto?
¿O alabamos al menos ratero? ¿En qué momento reconocemos como virtud al que
roba poquito o mucho pero “salpica”? ¿En qué momento hemos decidido ser parte
de esta farsa electorera?
La política –así en abstracto- nos ha
arrancado nuestra libertad de pensamiento. Y sin libertad de pensamiento la
libertad de expresión (en este caso política) tiene un valor muy menor porque
nos ceñimos a repetir lo que se nos ha puesto como información. La ausencia de
pensamiento y acción crítica nos ha conducido a una conformarnos como una
sociedad contemplativa de nuestros severos problemas. A tragar nuestra realidad
y asumir su estado de putrefacción perene.
Debemos de retomar el anhelo del
pensamiento crítico. De pensar por nuestra cuenta y de actuar en consecuencia. Si el sistema político no funciona –
como no funcionó durante décadas y se logramos cambios relevantes que aventaban
momentos de optimismo por el cambio- tenemos
que volver a pensar y actuar, pero no asumirnos como una parte fundamental del
circo electoral. Porque al final ganan partidos, sus negocios, sus sistemas de
corrupción que desfalcan al estado, pero la ciudadanía pierde.
El camino
–tal vez- es reducarnos en una nueva manera de hacer política. Pensar por
nuestra cuenta. Razonar por nuestra cuenta. Porque nos han educado para ser sumisos, para consumir la información
que ellos (partidos y medios) consideran que es la necesaria. Porque el ser
sumisos y borregos solo les conviene a los que hacen la farsa de hacer
política.
Votar sin
libertad de pensamiento, replicando los discursos que la mayoría de los grandes
medios reproduce nos hace menos libres y menos políticos. Si queremos acabar con la farsa tenemos que pensar la política desde
otro ángulo y no conformarnos o deslumbrarnos con un juego de espejitos que nos
venden como “la democracia mexicana”.
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