Pablo Gómez.
Andrés Manuel López Obrador ha dicho
que el país se encuentra en “bancarrota”. Pudo haber dicho quiebra, ruina o
desastre. La respuesta no tardó en llegar por boca del secretario de Hacienda y
algunos corifeos de la prensa neoliberal, quienes pintaron un paisaje de
bonanza económica.
Ambos extremos no podrían concordar
con absoluta exactitud con la situación, pero mantienen abierto el debate sobre
de qué lado estamos más cerca, de la bonanza o del desastre.
No todo el
dinero que la Federación recauda es regresado a la sociedad como pudiera
esperarse. Esto se debe a que el
endeudamiento de Peña-Videgaray ha sido tan alto, gravoso e inservible que
obliga al gobierno a usar parte de la recaudación en solventar débito, con lo
cual se desvían recursos, es decir, se gasta en otro objeto que no está en la
sociedad misma. Se supone que el gobierno no debe retener o descaminar dinero,
sino regresarlo de otra manera a su lugar de origen. Esto último es justamente
lo que no está ocurriendo con una fracción relevante del gasto público.
Un Estado que no regresa a la
sociedad lo que le quita está de alguna forma en quiebra, ya que parte de sus
ingresos no los destina a su propósito inherente sino a otros objetos, ajenos a
la gente.
Si analizamos la caja del Estado y la
manera en que éste gasta podemos ver que se está mucho más cerca de una
bancarrota que de una bonanza.
En un
sentido más general, el producto por
habitante no ha crecido y el asunto se aprecia desastroso cuando analizamos que
el salario mínimo es menor ahora que hace 30 años.
Al estudiar el estancamiento
económico durante el reinado neoliberal, es necesario hacer una liga con el
patrón mexicano de distribución del ingreso que es de los más regresivos del
mundo. Una economía más o menos estancada que concentra el ingreso está
produciendo pobreza incesantemente y, en tal virtud, contiene fuertes
estructuras que reproducen el mismo estancamiento. En ese círculo vicioso ha vivido el
México neoliberal.
La pobreza reporta números absolutos
más altos entre cada sexenio, pero también porcentajes mayores. Existe una
bancarrota social.
Hace 30 años teníamos poco menos de
un tercio de la juventud en las aulas; hoy tenemos casi el mismo porcentaje,
mientras países que se encontraban igual que México ya sobrepasan el 60% de
matrícula universitaria.
Existen también elementos que no son
directamente económicos o que no se observan en el PIB ni en los índices de
distribución del ingreso, aunque ahí están también, como es la delincuencia
organizada, la acumulación de dinero ilícito y otros, aún más lesivos, como el
incremento incesante del número de homicidios dolosos, feminicidios,
extorsiones, violaciones y otras conductas ilícitas cuyos números son
agobiantes cuando se analizan en términos absolutos como en relativos.
Es verdad que hace 30 años había un
Estado corrupto, más el hecho de que lo siga habiendo no significa estar igual,
sino peor, ya que se suponía que las alternancias electorales iban a empezar a
resolver ese gigantesco problema, pero en la realidad, lo profundizaron. Esto
también es una bancarrota, pero ya no sólo económica, sino también moral.
El “PRIAN” fue un régimen que dejó
incólume lo más inicuo del sistema de partido absoluto y, al mismo tiempo,
aumentó la adoración de las recetas neoliberales y de la concentración de
riqueza e ingreso. Tenemos hoy una sociedad más estratificada y más injusta.
Si analizamos la situación en la que
se encuentran los grandes conglomerados capitalistas, entonces sí que vivimos
en bonanza.
Es cuestión de precisar desde dónde
se observa la realidad.
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