Diego
Petersen Farah.
Si para algo
ha servido al presencia de Evo Morales en México es para sacar lo peor de las
visiones extremistas. Los argumentos más autoritarios de la izquierda y los más
racistas de la derecha; las ideas más antidemocráticas de unos y las
irreflexivas de otros. Ni en largas horas de diván habrían salido tan
claramente las contradicciones de los mexicanos no tan nítidas las sombras
oscuras de nuestro país. Ha aflorado como nunca la ignorancia (la compañera
Claudia Sheinbaum lleva la delantera en ese terreno con su comparación entre
Evo y Merkel seguida muy de cerca por el líder panista Marko Cortés y su visión
del asilo político) pero sobre todo se ha hecho evidente las ganas de no saber
y la voluntad de imponer.
Cuando ante
una situación compleja, como es la de Bolivia, solo vemos el lado que queremos,
el que nos gusta o nos acomoda y negamos el resto de la realidad como mecanismo
de defensa o incluso como forma de pertenencia a un grupo, lo que se produce es
una visión distorsionada y absurda de la realidad. Destruir al otro,
insultarlo, negarlo y negarle derechos porque piensa distinto es el camino más
corto al autoritarismo.
Si para algo
deberá servir la presencia de Evo en México y la experiencia boliviana es para
no repetir los mismos errores de este personaje que es sin duda el líder más
importante de su país de los últimos años pero que terminó enamorándose de sí
mismo y del poder que representaba hasta llevarlo a la exacerbación del
autoritarismo antidemocrático. Así como estoy cierto que el triunfo de López
Obrador nos alejó de un escenario como el que está viviendo Chile y la
esperanza en un cambio de modelo despresurizó la inconformidad social que venía
creciendo aceleradamente y muy probablemente habría reventado si Meade o Anaya
hubiesen dado una vuelta más a la tuerca del sistema de privilegios que se
venía gestando, las actitudes de algunos de los líderes de Morena y del propio
Presidente nos pueden acercar al escenario boliviano: poner el proyecto de país
-estemos o no de acuerdo con él- por encima de las instituciones democráticas,
que son las que nos permiten procesar civilizadamente las diferencias, no hace
sino incrementar la tensión social.
Hay que
tener prisa en el combate a la injusticia y la inseguridad, pero ser muy cautos
en las transformaciones institucionales. El espejo boliviano debe servirnos
para ver los riesgos que implica polarizar. La polarización privilegia el
desacuerdo, simplifica los argumentos, anula la inteligencia, pero sobre todo
pone en jaque a la democracia que tiene sentido sí y solo sí la usamos como un
mecanismo de construcción de lo común y no de destrucción del enemigo.
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