El pasado
jueves 21 de noviembre organizamos en la Universidad de George Mason un evento
titulado “Geopolítica, Crimen y Fragilidad en las Américas: ¿Las Relaciones
Colombia-Venezuela en su Punto de Inflexión?” Aquí se habló de los principales
problemas que enfrentan actualmente ambas naciones, y se analizó la frágil y
compleja relación bilateral en el contexto de una nueva geopolítica. Ese mismo
día se daban en Colombia una serie de movilizaciones en distintos puntos del
país en el marco de un gran Paro Nacional en contra de la administración del
Presidente Iván Duque.
La
situación que se vive en Venezuela y Colombia es sumamente crítica y compleja,
y se problematiza aún más por la presencia de actores externos con agendas de
control geopolítico en un hemisferio que, bajo la doctrina Monroe, se reconocía
como “América para los americanos”. Las protestas en Colombia no han parado y,
como en otros países de nuestro continente, se han tornado violentas y el
escalamiento de las mismas ha desembocado en una respuesta también violenta por
parte de las fuerzas del orden. En el marco de un gran descontento social en
Colombia—que ha ido tomando diversas manifestaciones en los meses recientes—se
ha especulado sobre la llegada de una “brisa bolivariana” o de una supuesta
infiltración de actores subversivos alentada por el gobierno de Nicolás Maduro
a través de las migraciones masivas de venezolanos, y financiados por Rusia o
por otros países aliados del bloque de la izquierda internacional (China, Cuba,
Venezuela, Bolivia y quizás Argentina).
Lo que
sucede en Colombia no es un hecho aislado. Este tipo de protestas violentas y
la represión brutal de las mismas por parte de las fuerzas del orden se han
mostrado en otros espacios y en otras naciones del mundo. Pienso en los casos
de Ecuador, Chile, Bolivia y Perú en los meses recientes. Además, pienso en
otras movilizaciones mucho más complejas de analizar, pero que aparentemente
muestran dinámicas y actores comunes. Me refiero a los casos de las protestas
en Hong Kong, las protestas contra la construcción del oleoducto Dakota Access
en la reservación sioux de Standing Rock en el norte de Dakota y, nada más y
nada menos, que a las caravanas migrantes que se manifestaron en su punto más
álgido a finales del año pasado y los primeros meses del presente año.
La llegada
de la gran caravana migrante a la Ciudad de Tijuana a finales del año pasado y
el encuentro de algunos de sus miembros con las autoridades estadounidenses en
la garita de San Ysidro, me cambió toda la perspectiva que tenía yo hasta el
momento sobre los movimientos sociales. Comencé a investigar día y noche la
formación de las caravanas migrantes, el papel de los activistas o
pseudoactivistas que las acompañaron, el papel de los medios y las redes
sociales y el acceso a recursos materiales y esquemas financieros y de
transporte para facilitar un fenómeno que nos rebasó a muchos, incluyendo a las
autoridades estadounidenses y mexicanas.
En una
tarea que me día a mí misma para entender las caravanas migrantes, conocí y
platiqué con un sinfín de personas y trabajé con periodistas, activistas,
miembros de la Iglesia y de las fuerzas del orden para tratar de hacer sentido
de un fenómeno que nos tomó a muchos por sorpresa y que no se podía entender
únicamente analizando los factores de empuje de la migración o la “desesperanza”
de los migrantes. Como parte de este esfuerzo conocí a (y comencé a trabajar
con) la periodista de Fargo, Dakota del Norte y Moorhead, Minnesota, Cindy
Gómez-Schempp, quien me ha explicado por varios meses lo que sucedió en
Standing Rock. Lo más curioso es que las caravanas migrantes que cruzaron por
México, según lo muestra nuestra investigación, están relacionadas en cierta
medida con lo que sucedió en 2016 y 2017 en Dakota del Norte. De hecho (y como
lo demostramos y explicamos en varios documentos de próxima publicación), las
caravanas migrantes no podrían explicarse sin comprender lo que sucedió en
Standing Rock. Cabe destacar que existen actores clave que participaron en las
dos movilizaciones en un proceso complejísimo que se conecta con la política
electoral de los Estados Unidos, con el sector de la energía y con la nueva
geopolítica. Con la ayuda de ingenieros, y de expertos en estadística y en el
manejo de las grandes tecnologías de datos (big data), tratamos de entender
estos fenómenos que no tienen relación aparente, pero que se encuentran
efectivamente vinculados y nos ilustran nuevas formas de movilización social.
Después de
las caravanas, vinieron las protestas que pedían la renuncia del gobernador
de Puerto Rico. Se dan también las grandes protestas de Hong Kong (que no ceden
hasta ahora) y una avalancha de movilizaciones de corte similar en todo el
mundo, incluyendo las más recientes en América Latina. Estas últimas bien
podrían desembocar en la renuncia de más de un presidente o bien pudieran ser
el perfecto escenario para perpetrar (y justificar) un Golpe de Estado. No
entraré en detalles sobre estos movimientos sociales por cuestiones de espacio,
pero lo que sí se puede decir es que los marcos analíticos con los que contamos
ahora mismo, no nos permiten comprender estos fenómenos en toda su expresión y
con toda claridad.
La
utilización de nuevas tecnologías, las redes sociales y las nuevas formas de
cobertura de medios a través de plataformas digitales y los llamados
influencers, transforman de forma drástica el desarrollo de la protesta y la
movilización social. Es difícil identificar ahora los liderazgos y, en muchos
de estos casos, no se sabe si la violencia viene de los protestantes o viene
del Estados. No se puede entender este nuevo tipo de fenómenos sociales
haciendo uso de las teorías de movimientos sociales existentes. Además, estos
acontecimientos generan una respuesta por parte del Estado que parece no poder
comprenderse si uno no ha leído la literatura castrense, incluidos los manuales
de contrainsurgencia que comenzaron a aparecer en los tiempos más álgidos de la
llamada Guerra Fría.
Dada la
nueva geopolítica en un mundo que deja de ser unipolar para convertirse en
multipolar, es difícil identificar con claridad a los actores clave y a los
liderazgos de estos nuevos movimientos sociales. Al mismo tiempo, se comienza a
visualizar la utilización de estrategias de contrainsurgencia, incluidas las
Operaciones Psicológicas (OPSIC) y la infiltración de las protestas por parte de
las fuerzas del orden. Comenzamos a escuchar en algunos de estos ejemplos,
alegatos de la presencia de “insurrecciones subversivas revolucionarias”,
incluyendo grupos de anarquistas (o grupos anti-fascistas), que parecieran más
bien tener como objetivo generar el caos, destruir infraestructura crítica
(como sistemas complejos de transporte público, oleoductos, gasoductos o
edificios públicos) y deconstruir el espacio social.1/
Es
ingenuo pensar, como lo han dicho algunos analistas, que estas nuevas movilizaciones
derivan únicamente del descontento social o de una crisis del modelo
neoliberal. En el caso de las caravanas, es ingenuo (o malintencionado, según
sea el caso) argumentar que estos fenómenos son totalmente espontáneos y
derivan exclusivamente de la violencia en los países de origen, el cambio
climático o la desesperanza de los migrantes. Las migraciones masivas en el
continente americano (y en otras regiones del mundo) parecen haberse utilizado
para desestabilizan efectivamente el espacio público en algunas naciones clave
para el control geoestratégico. Asimismo, los movimientos sociales y las
protestas antes mencionadas parecen contener un elemento clave de las guerras
asimétricas que se conoce en la jerga castrense como “revolución molecular disipada”
y que se trata de la coacción violenta de grupos pequeños—que requiere una
reacción no-convencional por parte del Estado. [1]
Lo dicho
anteriormente no significa que estos nuevos movimientos sociales y protestas
masivas no se expliquen también por un componente estructural de desencanto con
los resultados del actual modelo económico o la falta de respuestas efectivas
por parte del Estado para generar desarrollo y seguridad. El presente análisis
no niega el gran descontento social como una condición necesaria (más no
suficiente) para explicar las protestas masivas, los nuevos movimientos
sociales y las acciones contrainsurgentes bajo una nueva geopolítica que
alimenta la militarización, el escalamiento de la violencia y el conflicto
social, el daño a la infraestructura estratégica y la generación del caos.
Como dije
anteriormente, es necesario analizar mejor estos fenómenos y generar nuevos
marcos analíticos para explicarlos. En esta nueva era digital, cuando el uso de
nuevas tecnologías y las redes sociales han modificado nuestros paradigmas y
formas de participación social y política, es preciso trabajar en la
construcción de nuevos modelos teóricos para estudiar los nuevos movimientos
sociales y la respuesta contrainsurgente a los mismos bajo una nueva
geopolítica en un mundo multipolar. La tarea no es sencilla, pero creo que vale
la pena intentar hacer sentido de esta nueva realidad, no muy cómoda, por
cierto. Este es el principio, para mí, de un nuevo gran proyecto de
investigación. Se dice que los académicos nos reinventamos cada siete u ocho
años. Desde ahora, mi investigación comienza un rumbo distinto para entender la
contrainsurgencia y construir una nueva teoría de movimientos sociales.
Nota:
[1] Una
parte de este análisis se explica en el video de Alexis López Tapia (Director
de Radio y Televisión de Santiago) titulado: “Sobre la Insurrección
Revolucionaria contra Chile y Cómo Enfrentarla”
(https://www.youtube.com/watch?v=RSLL8zCYJxE).
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario.