Salvador
Camarena.
Las
autoridades de la alcaldía de Miguel Hidalgo sostienen que ellos sí intentaron
verificar el ruido que se emitía en el Campo Marte la noche del sábado, en
ocasión del festival Medusa.
Personal de
esa demarcación asegura que, a petición suya, personal del Invea (Instituto de
Verificación Administrativa) se apersonó en la instalación militar convertida
en antro, pero que se les impidió el paso. Mis vidos, los dejaron como a unos
cualquiera: “tú, el del chalequito, tú no pasas, chaparrito”.
El evento
Medusa causó la molestia de vecinos de Polanco y Virreyes por la cantidad de
ruido. No era el primer reventón, pero se suponía que era el penúltimo. Ahora
no se sabe.
Porque
resulta que desde hace meses, el Campo Marte es un antrazo. Me consta no sólo porque
son mis rumbos, sino que incluso yo asistí una vez ahí a un evento nocturno.
Cuando los
vecinos de la Voz de Polanco advirtieron el, digamos, nuevo giro del Campo
Marte, junto con el Club de Industriales lograron un acuerdo con la Secretaría
de la Defensa Nacional para suspender esos reventones.
Vecinos,
club y Sedena se comprometieron a que salvo dos eventos más, ya nada nocturno
se llevaría a cabo en la instalación adjunta al Auditorio Nacional.
El Medusa
era uno de esos eventos pendientes. Llegó la fecha –este fin de semana– y los
vecinos protestaron. ¿De qué se quejaban los vecinos si ya sabían –y habían
aceptado– que tal festival se realizaría? Por una razón simple: una cosa es que
se lleve a cabo el festival, y otro el ruidajal del mismo, que era propio,
según publicó alguien en las redes, del Foro Sol.
De acuerdo
con testimonios de los vecinos, la Sedena no acepta que haya habido ruido
excesivo. Para sostener esa versión, los uniformados aclararon que ellos mismos
estuvieron haciendo mediciones de ruido el fin de semana. En esa labor, se
supone, les asistió una empresa especializada, de nombre Gerlashin México, S.A.
de C.V., que, según averigüé, sí cuenta con certificación de las autoridades
capitalinas.
Entonces:
mientras los vecinos se quejan del ruido, la Sedena asegura que el ruido no fue
excesivo o fuera de la norma, que indica 60 decibeles para la noche. (Supongo
que la Sedena trata de aclarar esto en calidad de coorganizadora de un festival
–de verdad qué versátil se nos ha vuelto el Ejército en este sexenio).
¿Quién tiene
la razón? ¿Los vecinos o la Sedena? En principio nadie. Porque por más
justificada que fuera la denuncia de los habitantes de las zonas aledañas al
Campo Marte, y por más empresa para monitorear el sonido que haya contratado la
Defensa, los que deben decir quién tiene la razón no son los presuntos
afectados o los presuntos agresores de la norma, sino los encargados,
oficialmente, de verificar, y esas son las autoridades civiles de la Ciudad de
México.
Toda
proporción guardada, estamos en un tema delicado como cuando en cuestiones
graves los militares no se quieren someter a la ley de los civiles.
Dejen
ustedes que ahora tengamos un Ejército que auspicia reventones, tenemos un
Ejército que según los testimonios no deja entrar a la autoridad civil a hacer
su chamba rutinaria. ¿Por qué? Sabe.
Desde hace
tiempo el Campo Marte ha albergado importantes justas deportivas de carácter
familiar (como la fecha anual que ahí se realiza del campeonato mundial de salto
ecuestre). Pero de ahí a sede de conciertos hay mucho trecho.
O no tanto
trecho, pero tal vocación tendría que discutirse con vecinos y autoridades
civiles: ¿qué tipo de eventos se pueden y no se pueden hacer, según la norma,
en el Campo Marte? ¿Quién cobra? ¿Quién gana? ¿Quién vigila lo que ahí se
cobra? Y, para no salirnos del tema, ¿quién vigila que privados y militares no
conviertan a ese recinto en un nuevo (mal) Garibaldi? ¿Alguna sugerencia? ¿Puro
silencio?
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