Gustavo De
la Rosa.
En octubre
del año pasado me incorporé a la Estrategia Nacional de Prevención de
Adicciones, y aunque ya conocía a muchos adictos por el tiempo que laboré como
director del Cereso local, quise actualizar mi información charlando con
adictos del Siglo XXI.
En enero de
este año, mientras tomaba un café con un catedrático de una universidad de la
ciudad abordé el tema y me confesó, espontáneamente, que él es adicto a
fármacos y que lleva varios años enfrentando sus necesidades médicas; en todo
momento habló de sí como un enfermo en tratamiento y fue muy puntual al
respecto: “me diagnosticaron crisis de angustia y una profunda depresión, con
momentos y pensamientos suicidas a raíz de la muerte del profesor Fernández en
2010, cuándo lo asesinaron en un supermercado que frecuentamos, pues vivíamos
cerca.
“Me
atendieron en emergencias en el hospital que da servicio a la Universidad y me
canalizaron a siquiatría, donde me recetaron un paquete de medicamentos que
debo tomar en la mañana, a mediodía y antes de dormir. Batallé con mi crisis
durante los quince días siguientes al colapso, pero poco a poco fui
controlándome, y pude terminar la maestría y el doctorado, del cual sólo me
falta la tesis; he seguido el tratamiento puntualmente, no me falta ni un día
ni una receta, y como tú ves soy totalmente funcional, hasta paso por alguien
muy racional y cuerdo.
“He tenido
éxito en la universidad, y me mantengo totalmente activo, te suplico guardes
con total discreción lo que te he manifestado; lo que quiero decirte es que hay
muchos casos, muchos más de los que crees, de dependencias orgánicas
bioquímicas, y con un buen tratamiento, atención médica, buena alimentación,
una vida sana y apoyo familiar los que sufrimos de ellas podemos desarrollarnos
a plenitud”.
Ahora que estamos
saliendo de la cuarentena hemos vuelto al trabajo de campo, lo que me llevó a
buscar una entrevista con un posible usuario de nuestros servicios; me encontré
con un pepenador del relleno municipal dispuesto a charlar conmigo sobre sus
adicciones y, de manera similar al profesor, él empezó el consumo a raíz de una
crisis familiar, cuando su padre golpeó sin misericordia a su mamá y la mandó
al hospital, y él tuvo que acompañarla mientras el padre huía de la ciudad para
no volver.
Él tenía 12
años y apenas había terminado la primaria, en ese momento tuvo que hacer
mancuerna con su mamá para sacarla del hospital y ponerse a trabajar ayudándole
a un vendedor de fruta partida, recorriendo la ciudad en su carrito expendedor;
era tanta la tristeza y el miedo que le tenía al futuro que no tardó en
encontrar a alguien que le sugiriera que, con un buen porro de mariguana, las
tardes irían mejor.
Aunque era
duro el trabajo, salía lo suficiente como para comer, llevar algo a la casa y
comprarse la mariguana que le permitía descansar y dormir tranquilo; con el
paso de los años se convirtió en un adulto, estuvo detenido varias ocasiones
por delitos menores y alguna vez le informaron que el trabajo del relleno
municipal le ofrecía mejores ganancias, ya que podía comerciar con el metal
hallado, que en el mercado libre es bien cotizado (aunque para conseguir varios
kilos hay que partirse el lomo).
En casi las
mismas palabras que el académico, me dijo, “mire usted licenciado, si al
levantarme tengo un buen shot de heroína todos los dolores con que amanezco
desaparecen, tardo como una hora en controlarme y con eso llego al relleno;
puedo trabajar bien machín, hago mi cuota, junto mi metal y para las cinco de
la tarde nos regresamos en la pickup al barrio, ahí un bañadón y un rato de
vacilo con mis dos hijos.
“Pero
después, cuando empieza a caer la tarde, siento que un puma me cae en la
espalda y me empieza a morder el pescuezo, son las mismas tristezas de cuando
mi padre casi mató a mi mamá y no hay de otra más que un buen frajo de
mariguana, como tengo un dinerito puedo comprarlo de buena calidad. Me
tranquilizo y, aunque esté molido de dolores por todo el cuerpo, poco a poco me
sereno y a dormir tranquilamente para el otro día ponerle al jale; si al
mediodía me siento mal otro shot de heroína o un pase de coca y listo, a
terminar la jornada”.
El único
problema es la Policía: “pinches chotas a veces están esperándonos en el barrio
y nos caen porque siempre traemos algo a la mano, unas chinches, un par de
pases o un paquetito de mota; nos detienen a pasar la noche y en la mañana nos
sueltan con una malilla que, para qué le cuento. No hay de otra licenciado, la
droga es lo único que me permite trabajar y ponerle al jale, sin la droga no
puedo sacar adelante el día.
“Usted me
dice que tome un tratamiento para dejarla, pero dígame cómo tomo un tratamiento
para dejar esta vida, para aguantar las chingas del trabajo y no llegar
enfurecido a la casa a golpear a mi mujer delante de mis hijos como lo hizo mi
papá. La droga es parte de mi comida, no hay de otra, no se puede vivir sin un
aliviane”.
Desde luego
que los dos casos que describo son personas que se mantienen en muy buenos
niveles de cordura, los dos saben mantener sus dosis y usan las sustancias como
soporte para desarrollar sus vidas, la única diferencia es que al académico le
surten sus medicamentos con una sonrisa, mientras que al pepenador le venden la
droga muy cara y en la clandestinidad delictiva. Son dos vidas cuya diferencia
está en los tratamientos a los que tienen acceso y en sus destinos: el promedio
de vida de los trabajadores del relleno sanitario es inferior a los 60,
mientras que el de los académicos es superior a los 75 años.
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