Julio Astillero.
En estricta
justicia, no le era necesario al presidente Andrés Manuel López Obrador ir tan
atrás en la historia de los perniciosos ocupantes del máximo poder político
mexicano para proponer un nombre estigmatizante al avión presidencial donde
ayer realizó de manera escenográfica su conferencia matutina de prensa.
Sí, claro:
Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Anna o Carlos Salinas de Gortari
(los tres nombres que AMLO presentó como irónica propuesta para rebautizar con
estigma la nave aérea José María Morelos y Pavón), pero, ¿por qué no el más
cercano y el auténticamente beneficiado con los excesos derivados de ese
palacio flotante, Enrique Peña Nieto, ¿poco mentado en las increpaciones
tabasqueñas de la administración federal en curso?
Fue, en
realidad, el ex gobernador del estado de México (su esposa, sus familias, sus
allegados) quien disfrutó de la ofrenda postsexenal contratada por Felipe
Calderón Hinojosa para que su sucesor esperado y concertado, el priísta Peña
Nieto, viajara y paseara con aires de primer mundo plus a costa de una nación
desangrada y desfondada.
En mayo del
presente año, la periodista Daniela Barragán, del portal Sin Embargo, publicó
lo que mediante una solicitud de transparencia le informaron: Peña Nieto hizo
en ese avión presidencial 83 viajes, en los que se detallan los gastos por un
total de 16 millones 496 mil 168 dólares, aproximadamente 313 millones 427 mil
192 pesos. El viaje más costoso fue el de Nueva York (del 26 al 28 de
septiembre de 2015, con un costo de 541 mil 813 dólares o su equivalente, 10
millones 294 mil 447 pesos), le siguen uno de seis días a Reino Unido e
Irlanda, en 2015; otro de tres días también a Nueva York, en 2016, y uno más de
cinco días a Londres, en 2013 (https://bit.ly/30NMFAi).
¿Quiénes
participaron en esos viajes? ¿Realmente sólo fueron a los destinos reportados
oficialmente? Bueno, Barragán apunta: “En la solicitud de información también
se pidieron las bitácoras de viaje y la lista de pasajeros de cada viaje, tanto
de la tripulación como funcionarios e invitados, pero debido a que esa
información la tiene el Estado Mayor Presidencial, y está en ‘receso’, se
declaró imposibilitado formal y materialmente para otorgarla”.
¿No son
suficientes los méritos de Peña Nieto, familia y allegados para que el
monumento volador a la frivolidad, la ostentación y el despilfarro lleve, en
tanto se vende, el nombre de su único usuario? Véase, por ejemplo, que en un
viaje de tres días a Nueva York gastó en hospedaje y alimentación, transporte
terrestre y aéreo un poco menos de la mitad de lo que costó tener ese avión en
California en espera de ser vendido, dinero éste que escandaliza a opositores a
López Obrador: el viaje a Nueva York, con los rubros mencionados, significó 541
mil 813 dólares, y la estancia del avión durante 19 meses en Estados Unidos
(resguardo, mantenimiento y supervisión) implicó 1.2 millones.
Por lo
pronto, el mismo Peña Nieto tendrá oportunidad de renombrar a la baja algunas
de sus anteriores relaciones de amistad o complicidad, pues Emilio Lozoya
Austin está citado a declarar este martes ante un juez federal respecto a uno
de los dos casos que le han traído de regreso a México: el relacionado con
Agronitrogenados, la planta productora que desde la dirección de Petróleos
Mexicanos compró a precios inflados para beneficiar a Odebrecht, su principal
firma corruptora, y a Altos Hornos de México, de Alonso Ancira, empresario
acerero detenido en España como coacusado en este expediente y en espera de su
extradición a México.
La aparición
de Lozoya, luego de un aleccionador paréntesis médico de lujo, sea por vía
presencial o cibernética, permitirá precisar la situación jurídica del cantarín
ex funcionario público e ir avizorando si en estos días de filtraciones
periodísticas e irregularidades procesales se ha violentado el debido proceso
judicial, para ventura del presunto detonador de un terremoto político
dirigido.
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