Alejandro
Páez Varela.
En la página
650 de la edición de noviembre de 1968 de la revista Nature apareció la palabra
“coronavirus”. Seis párrafos. El texto, oscurecido por tanta tipografía y sin
imágenes, empieza: “Un nuevo grupo de virus con el nombre de coronavirus ha
sido reconocido por un grupo informal de virólogos que ha enviado su conclusión
a Nature. El grupo señala que con tinción negativa, el virus aviar de la
bronquitis infecciosa tiene un electrón característico de aspecto microscópico
parecido, pero distinto al de los mixovirus”.
Más adelante
agrega que su apariencia, “que recuerda la corona solar, es compartida por el
virus de la hepatitis del ratón y varios virus recientemente recuperados del
hombre, a saber, cepa B814, 229E y varios otros”.
Apenas en
marzo pasado, un profesor asistente de Medicina de la Universidad de California
dijo a la BBC que “hay innumerables tipos de coronavirus en murciélagos y
pájaros”. Joel Wertheim agregó que no todos infectan a los humanos “y muchos
solo producen un tipo común de resfriado”. En su estudio de 2013 (“Un caso para
el origen antiguo de los coronavirus”, Journal of Virology), dice que el
ancestro común más reciente de estos virus tiene unos 10 mil años, pero es
probable que las primeras versiones de coronavirus hayan existido millones de
años atrás. “Probablemente han estado en contacto desde que existen los pájaros
y los murciélagos y tal vez sean más viejos que ellos”, dijo.
Hay siete
tipos de coronavirus conocidos que pueden infectarnos. Son los HCovs. De éstos,
cuatro causan resfriado común: HCoV-229E, HCoV NL63, HCoV-HKU1, y HCoV-OC43. Y
hay tres que nos quitan el sueño: SARS-CoV (2002-2003), MERS-CoV
(2012-actualidad) y SARS-CoV-2 2019; éste último provocó la actual pandemia.
Millones
vivimos afligidos por este último bicho desgraciado. Su sola existencia nos es
suficiente para mantenernos temblando: es porque contamos infectados,
ventiladores, hospitales y, claro, contamos muertos en tiempo real. Estamos muy
informados. Tenemos datos frescos y a la mano y eso nos hace mantener la
tensión. Entendemos que alguien en otra parte del planeta podría estar
comiéndose en este momento un murciélago y eso no nos quita el sueño. Muchos
males aquejan al humano, y ya. Es este virus, no los que vienen o los que se
fueron, el que nos alucina. Mata, y lo sabemos.
Me pregunto
por qué otros grandes males no nos envuelven igual, no nos atrapan igual, no
nos encierran en el miedo de la misma manera. Me pregunto por qué la
corrupción, que sí es el gran mal de México y que mata más que cualquier virus,
no nos tiene contando los muertos y los enfermos. Nos llena de rabia que si el
Presidente no se pone mascarilla, que si la apuesta de Hugo López-Gatell, que
si la irresponsabilidad de los vecinos con sus fiestas-COVID. Pero no nos
levantamos (ni siquiera temprano) por el saqueo permanente de una Nación y por
los sobornos, que matan más y tienen efectos secundarios cuantificables y lo
mejor aún: tienen rostro y apellido.
Politólogos,
sociólogos, sicólogos, comunicólogos y hasta alergólogos tendrán sus teorías
para el por qué no nos produce el mismo efecto el coronavirus que el expandido
virus de la corrupción; por qué no vivimos indignados y con el Jesús en la
boca. Quizás ganamos inmunidad de rebaño. Los dichos son por algo: creo que es
un “ojos que no ven corazón que no siente”.
No, no
minimizo la pandemia. Yo menos que nadie. Son muchísimos muertos y muchísimas
desgracias y estamos encima de muchos países con nuestros numerotes y es por
distintos factores, muchos atribuibles a este gobierno. Pero me llama la
atención el activismo reciente de mis conocidos y amigos. Hay una especie de
furor por difundir al máximo los errores (los hay, y muchos) en el manejo de la
pandemia. Un furor que no conocía. Un fervor que desconocía.
Recuerdo, y
allí pocos me pueden decir que no sé, cuando casi en solitario un puñado de
buenos reporteros y editores difundimos con un furor similar los muertos por la
comida chatarra y los refrescos; los daños causados a este país por la
corrupción de las autoridades sanitarias que llevaron la obesidad a niveles de
epidemia. Millones de obesos, millones de diabéticos, cientos de miles muertos.
Pero no me llegaban tantos mensajes por WhatsApp; no me llegaban tantas cadenas
de correos diciendo: “¡güey, ya viste, Mikel Arreola está frenando el nuevo
etiquetado frontal!” o “¡güey, ya viste, los diputados del PRI y del PAN
echaron para atrás el impuesto al refresco!”. Y allí sí había muertos a
carretadas; los hay todavía. Y allí sí, nuestros numerotes escalaron a niveles
de vergüenza. Pero no me llegaban tantos correos, tantos mensajes como ahora,
con el coronavirus.
Me pregunto
por qué los grandes males no nos envuelven de igual manera; no nos atrapan
igual. Tenemos que hablar. Quizás no me han explicado por qué ahora estamos tan
alarmados (yo mismo lo estoy) con el coronavirus pero no estábamos tan
alarmados cuando Coca Cola se robaba el agua de San Cristobal de las Casas para
darle de beber Coca Cola a los dueños del agua en San Cristobal de las Casas,
mayoritariamente indígenas. Grandes reportajes publicados en su momento, y
nada: un retuit por allí, casi siempre de los mismos; un comentario mínimo de los
mismos. Por qué, quiero saber. Tenemos que hablar, me tienen que explicar.
Me molesta
mucho cuando alguien cree que me atora con un “callabas como momia” o con un
“dónde estabas cuando…”, frases puestas de moda por López Obrador. Me molestan
porque yo nunca estuve en coma, en un hospital, intubado (RAEconsultas: Si se
refiere al término médico, existen ambas variantes, que son correctas) e
inconsciente. Estaba allí, despierto. Allí están mis textos y más bien dónde
estaban ellos cuando escribí kilómetros sobre corrupción. Y saco esto porque mi
texto parece un “dónde estabas cuando…” y no lo es. Es un simple reflejo. Un
“tenemos que hablar” porque tenemos que hablar: sí, pinche coronavirus; sí,
pinche pandemia. Pero la corrupción, que genera desigualdad y es la madre de
todos los males del mexicano (desde los problemas de salud hasta los de
inseguridad y de pobreza) estaban allí antes y no andaban tan activos.
Tenemos que
hablar de coronavirus, pero también, cuando se les pase la euforia, tenemos que
hablar de corrupción. Quizás sí adquirimos inmunidad de rebaño; quizás ya
estamos “curados de espanto” pero tenemos que hablar de corrupción, de todas
maneras. Porque mañana quizás venga la vacuna para el SARS-CoV-2, pero para la
corrupción nunca habrá vacuna. Y quizás hablando de ella tanto como hablamos de
la pandemia nos pueda salvar. No sé. Supongo. Pero lo tenemos que hablar. Son
cientos de miles de muertos los que provoca. Está en todas partes. Nos pega en
la bolsa y le pega a la Nación como un todo.
Tengo la
esperanza de que, cuando pase la queja de moda, nos sentemos a hablar. Y
hablemos largo y tendido de la corrupción, y hagamos algo. Tenemos que hablar
de cómo una poderosísima industria chatarrera nos puso en esta condición de
vulnerabilidad; de cómo se acabó el petróleo y nunca me llegó un cheque con
algo de efectivo; de cómo miles de cerdos se revolcaron con nuestros diamantes
y ahora no nos queda uno solo. Tenemos que hablar. Sí. Propongo, si les parece,
que sea después de que salga la vacuna y se les acabe el furor de denunciar
tantos muertos y tantos enfermos. La corrupción también mata, y en números
infinitamente mayores. Y ha matado por décadas. Y ha enriquecido a un puñado y
maltratado a millones. Tenemos que hablar.
En la página
650 de la edición de noviembre de 1968 de la revista Nature apareció la palabra
“coronavirus”. Seis párrafos. Era la primera vez que se le identificaba, aunque
el bicho tenía millones de años. Yo tenía 8 meses de nacido. Me lo vine a
encontrar 50 años después.
Pero la
corrupción me ha acompañado toda la vida. Deveras, tenemos que hablar.
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