jueves, 30 de marzo de 2017

Ser periodista en México: entre el miedo y el dinero.

Adrián López Ortiz.

Al gobierno mexicano no le importan los periodistas. Si los amenazan, los secuestran o los matan es lo mismo: el Estado no está ahí para protegerlos o aplicar justicia.

Es un hecho, no una especulación mía. Lo resumen las cifras de la organización Artículo 19: 2,020 ataques a periodistas en 6 años, 800 carpetas de investigación abiertas, y solo tres casos resueltos. Una impunidad del 99.75 por ciento. Una ausencia de justicia casi absoluta.

En esa impunidad se explica buena parte del contexto nacional de miedo y de una libertad de expresión a medias. Tan solo en marzo han asesinado a tres periodistas sin que Presidencia se ocupe en serio de ello.

La otra parte tiene que ver con el dinero público: prácticamente toda la industria de medios de este país está permeada por los convenios de publicidad oficial y una relación de premio-castigo con los diferentes niveles de gobierno.

Lo que Ana Cristina Ruelas, directora de Artículo 19, explica a Sin Embargo como: “Una violencia que impacta la línea editorial y en la precariedad laboral de los periodistas. En la medida en que la Publicidad oficial siga siendo el principal recurso, siempre vamos a estar entre la plata y el plomo”.

Así trabajan los periodistas mexicanos, entre el miedo y el dinero. Un dinero que corrompe y controla el flujo de información. Un dinero que se apropia de la agenda setting para contar lo que alcaldes, gobernadores y el Presidente quieren decir, ver y escuchar.

El mal equilibrio se mantiene porque genera beneficios enormes para dos actores clave: para la clase política que puede operar impunemente sin sentirse fiscalizada y vigilada por el periodismo. Y para muchos dueños de medios (desde el modesto blog sobre-pedido hasta el grupo multiplataforma y diversificado) que se enriquecen y hacen negocios con su línea editorial. Un círculo vicioso perfecto.

Es cierto, al gobierno mexicano no le importan sus periodistas. Eso ya lo sabemos, pero duele más que a la sociedad mexicana tampoco. Buena parte de esa actitud tiene que ver con la falta de credibilidad. Los mexicanos no confían en los medios. Su confianza en ellos es ínfima: 20 por ciento a lo mucho, según diversas encuestas.

Resulta obvio: ¿cómo creerle a medios y periodistas que solo repiten las versiones oficiales de quienes les pagan para que sobrevivan?

La consecuencia lógica es dolorosa. Si no les creemos, menos nos preocupamos por ellos.

En ese nocivo status quo, el gobierno federal está feliz. ¿Cómo por qué el Presidente Peña Nieto querría proteger mejor a los periodistas si el golpe más fuerte que ha recibido durante su mandato -la Casa Blanca-, provino precisamente de una periodista?

Por eso la muerte de Miroslava Breach en Chihuahua y dos compañeros más en el mismo mes no le mereció mayor atención. Por eso le da igual que la Feadle y el Mecanismo de Protección tengan o no recursos. Por eso le vale madre que sea un fracaso rotundo.

Seguirán repitiendo afuera que México cuenta con “los mecanismos”, “las figuras”, “las instituciones”… simulando que les importa.

Pero no se puede claudicar. Los medios independientes y las voces críticas han sido, y son, indispensables en la construcción democrática de este país.

Por eso, vale la autocrítica y arrojar algunas alternativas: si al gobierno no le importa cuidar a los periodistas, es fundamental que nos cuidemos entre nosotros.

Es cierto que somos un gremio desconfiado y desunido. El mismo gobierno le ha invertido a ese divisionismo. Pero es incomprensible que a pesar de la impunidad, la presión del crimen organizado y el control político vía publicidad oficial, los periodistas mexicanos sigamos a la intemperie y sin cobijarnos entre nosotros.

¿La alternativa? Todas las recomendaciones internacionales en la materia apuntan a una palabra: colaboración. Si las autoridades y las instituciones no son garantía de nada en materia de seguridad y protección, tenemos que ser los mismos periodistas y los medios independientes quienes propongamos mecanismos de vinculación para protocolos, procedimientos y capacitación. Nuevas redes, nuevos marcos legales. Otras condiciones.

Ya bastante es lidiar con la realidad violenta que contamos a diario; con el reto de abrazar la transición digital, con la necesidad inmediata de refundar esta profesión apasionante y esta industria estratégica para la democracia.


El rol de los periodistas es demasiado importante como para preocuparse por mantenerse vivo.

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