Jorge Javier
Romero Vadillo.
Las
detenciones de Tomás Yarrington y Javier Duarte han generado un esperado clamor
en las redes y han servido el espectáculo tan caro a la televisión, sobre todo
la del segundo, en pleno sábado de Gloria, cuando las noticias escasean y los
televidentes reposan. Las reacciones han ido desde las loas a la gran eficacia
y determinación de las autoridades mexicanas, empeñadas en reducir la impunidad
proverbial de la corrupción en México, hasta las teorías conspirativas más
demenciales. Desde la mesura, es
evidente que se trata de dos buenas noticias, pero no significan ningún
parteaguas en el arduo proceso de contención del escandaloso patrimonialismo
que históricamente ha caracterizado al ejercicio del poder público en este
país.
De hecho, los casos ejemplares, si
bien son importantes para revertir la sensación de impunidad que la sociedad
mexicana tiene respecto al latrocinio al que nos tienen acostumbrados los
gobernantes, no son
el principal mecanismo para reducir los amplios márgenes existentes en el
Estado mexicano para la apropiación privada de los recursos públicos y para la
explotación personal de las parcelas de poder. No cabe duda de que los peces gordos deben ser perseguidos y juzgados,
además de despojados de sus botines para reintegrarlos a la sociedad de la cual
fueron extraídos, pero como bien ha escrito Mauricio Merino con su captura y
castigo se puede crear una falsa impresión de que se está haciendo algo
sustancial, mientras las redes de corrupción, y las causas institucionales de
esta, quedan intactas.
No es una
novedad la desfachatez de los gobernadores para saquear las arcas públicas y
utilizar su cargo para los negocios personales y de sus familias. Se trata de
una manera de ejercicio del poder que forma parte de la trayectoria
institucional mexicana. Durante la época
clásica del régimen del PRI, la colusión entre empresarios y gobernante locales
fue una marca de la casa, al tiempo que era costumbre el desvío de recursos
públicos a las cuentas personales de los prebostes locales. Hubo algunos tan
descarados, como Gonzalo N. Santos en San Luis Potosí, que alardearon de sus
latrocinios, mientras otros fueron más discretos, pero llegar a gobernar un
estado en México, por más pobre que este fura, era una garantía de paso a una
mejor vida. En Campeche, por ejemplo,
entidad casi despoblada y con magros ingresos fiscales propios, hubo
personajes, como el inefable Carlos Sansores Pérez, que construyeron fortunas
faraónicas a su paso por la gestión pública.
La
democracia, se nos dijo, serviría para atemperar la depredación a la que el
monopolio político nos acostumbró. El voto serviría para castigar los abusos y
llevaría a la contención de los políticos en sus ansias de enriquecimiento. Sin
embargo, lo que ha ocurrido es que, en la medida en la que los límites establecidos
por la férrea disciplina impuesta por el arbitraje presidencial centralizado se
han perdido y las perspectivas de largo plazo de los políticos locales,
esperanzados por continuar sus carreras más allá de su gobierno local, se han
diluido, cada alcalde o cada Gobernador,
constreñido su mandato a tres o seis años, sin necesidad de presentarse de
nuevo ante sus electores para rendir cuentas, aprovecha al máximo el tiempo de
su gestión, como los bandidos estacionarios
del modelo de Mancur Olson, conscientes de que sus posibilidades de
enriquecimiento tienen fecha de caducidad.
Sin embargo,
es indispensable entender con precisión la lógica institucional del fenómeno. No se trata, como pretende López Obrador,
de un enfrentamiento entre la podredumbre y la virtud, pues no solo es una
cuestión de moralidad, que se resolverá cuando los buenos y honrados
encabezados por él mismo lleguen al poder. Prueba de ello es que la depredación
local no ha respetado fronteras partidistas: una vez en el poder, tanto los panistas
como los perredistas lo han usado de la misma manera que sus pares del PRI.
Así, hay un problema de incentivos racionales y oportunidades orgánicas que
debe ser explicado para desmontarlo.
La
explicación más tradicional, desde la perspectiva de la elección pública, de la
corrupción ubica su causa esencial en el problema principal–agente: sin mecanismos eficaces de disciplina,
tanto formales como informales, cada agente del Estado tendrá como función de
utilidad individual el aprovechamiento personal del poder y los recursos
puestos a su cargo. Desde esta perspectiva, la construcción misma del Estado mexicano, débil y contrahecho, implicó
una gran permisividad para que cada agente, desde el policía de la esquina
hasta los altos directivos de la burocracia, vendiera directamente sus
protecciones y negociara privadamente la desobediencia de la ley, con lo que se
estableció un patrón de relación entre los ciudadanos y los funcionarios
estatales basado en la negociación personalizada.
De acuerdo a este enfoque, una buena
forma de resolver la corrupción pasa por la eliminación de la gestión
personalizada, la simplificación administrativa y la reducción del Estado. Empero, si bien ello puede
contribuir a atemperar la pequeña corrupción cotidiana de la gestión estatal
(las fotomultas, por ejemplo, le quitan al policía la posibilidad de morder,
mientras los trámites por internet eliminan la capacidad de los funcionarios de
ventanilla para vender sus buenos oficios a la hora de agilizar alguna
gestión), ni explican ni resuelven la
gran corrupción patrimonial ejercida desde los cargos ejecutivos de elección
popular, como las alcaldías o los gobiernos estatales. Por lo demás, es un
argumento usado para abogar por el Estado mínimo.
Resulta que
existe evidencia para afirmar que el tamaño del Estado no es lo relevante. Es
más, Anna Perssons y Bo Rothstein han argumentado en un artículo académico
publicado en Comparative Politics en enero de 2015 que muchos de los Estados más grandes, como los
escandinavos, son de los menos corruptos del mundo, precisamente porque su
tamaño depende de la cantidad de impuestos que recaudan, lo que lleva a sus
ciudadanos a estar especialmente alertas sobre la manera en la que su dinero se
gasta. Esta es una perspectiva útil
para entender la desvergüenza de los gobernantes locales mexicanos, pues los
ciudadanos –sobre todo los más ricos– aunque se indignan cuando se hacen
públicos los escándalos de corrupción, no sienten que es su dinero el que se
están robando estos personajes, pues no lo vinculan con sus impuestos. Como los gobiernos locales casi no recaudan
directamente impuestos, los recursos desviados provienen principalmente de las
participaciones federales, que a su vez tradicionalmente tampoco es muy eficaz
en eso de las exacciones y ha basado buena parte de su gasto en los ingresos
petroleros y de otros recursos naturales. Así, la falta de exigencia social de
rendición de cuentas se debería precisamente a la propia debilidad fiscal del
Estado.
Los gobernadores mexicanos son extremadamente
irresponsables con los recursos que administran porque no son ellos los que los
recaudan y no se sienten obligados a rendir cuentas directas a los
contribuyentes pues,
al final de cuentas, ellos se van
después de seis años y las deudas o los boquetes presupuestales le quedaran a
sus sucesores. Mientras esto sea así, difícilmente se frenará la
depredación, por más que existan algunos a los cuáles se les castigue
ejemplarmente.
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