Adela Navarro Bello.
Desde el
2016, cuando el Partido Revolucionario Institucional perdió 7 de 12 Gobiernos
Estatales, y aquella derrota electoral terminó con la salida de Manlio Fabio
Beltrones Rivera de la dirigencia nacional priísta, lo que se dice de ese
instituto político es que va en picada. Que la derrota en el 2018 la tienen
asegurada, que Enrique Peña Nieto nada abona a los votos y a las simpatías
priístas si ni quiera ha tenido capacidad para remontar su popularidad que se
ha resquebrajado hasta un 12 por ciento de mexicanos que lo aprueban.
Analistas
políticos, críticos, columnistas, miembros de la oposición, coinciden que las políticas públicas (o la ausencia de las mismas)
emprendidas en el Gobierno de Enrique Peña Nieto, han llevado a la sociedad
mexicana a muchas crisis, crisis de inseguridad con más de 90 mil ejecutados en
50 meses del gobierno federal, crisis económica con una devaluación paulatina
de más del 50 por ciento del valor de la moneda, una recesión financiera al
limitar la inversión del gobierno ante la falta de recursos por la caída de los
precios del petróleo, ausencia en el ejercicio del Estado de Derecho lo cual
redunda en una crisis de impunidad; y la más grave, una crisis de corrupción a
la que han contribuido tanto gobernadores priístas como miembros del gabinete
presidencial e incluso, la esposa del Presidente de la República.
En esas
condiciones y otras que se derivan de las mismas hasta causar estragos en la
estabilidad social del País, los sesudos coinciden: el PRI está derrotado, en
la lona.
Si a ello se
suma la flaquísima caballada para la elección presidencial del 2018, sí solo,
como hasta ahora, se considera únicamente a miembros del gabinete entre los
presidenciables (Migue Ángel Osorio Chong de Gobernación, Aurelio Nuño Meyer de
Educación, José Antonio Meade Kuribreña de Relaciones Exteriores, Luis
Videgaray Caso de Hacienda, e incluso José Narro Robles de la Secretaría de
Salud), deducen que, efectivamente, en el Partido Revolucionario Institucional
pocas probabilidades tienen de ganar la elección para la grande.
Es de esperar que con el PRI en un
contexto de derrota electoral y desaciertos políticos, los dirigentes de los
partidos de oposición estén de plácemes, unos esperando recuperar la
Presidencia de la República, y otros intentando ganarla por primera vez. Es más, que los de la oposición se
vean hinchados de poder electoral y aprovechen las debilidades priístas y las
carencias presidenciales para iniciar una campaña que termine de hundir al PRI.
Así las
cosas, el escenario en las elecciones de este 2017, también coinciden, no es
halagador para el Revolucionario Institucional, que está en empate técnico en
los tres Estados donde se renovará el Gobierno del Estado. En Nayarit con
ventaja el candidato azul amarillo Antonio Echeverría sobre el tricolor Manuel Cota,
en Coahuila muy cerrados entre el panista Guillermo Anaya y el priísta Miguel
Ángel Riquelme, mientras en el Estado de México cerrada la contienda entre el
priísta Alfredo del Mazo y la de Morena, Delfina Gómez.
El PRI, pues, no tiene mucha ventaja electoral
para este 2017 y, por lo tanto, para el 2018 el augurio es de derrota. Pero eso parece no tener de fiesta
política a la oposición, sino todo lo contrario. Ni el PAN ni el PRD (el resto
de los partiditos van en alianzas) los otros dos “grandes” partidos políticos
de México, están cantando de júbilo político, más bien todo lo contrario.
El partido a vencer por tradición, el
del gobierno hegemónico en nuestro país, el de la aplanadora electoral, el del
mapachismo y el corporativismo político, está decaído pero eso no es motivo
para bríos en la oposición. De hecho, tan no están seguros PAN y PRD, que la
semana pasada sus dirigentes nacionales se unieron sonrientes para dar una
conferencia en conjunto. Ricardo Anaya el de la casa en Atlanta, Georgia, Estados
Unidos y que dirige los destinos del PAN, a la derecha en una pequeña mesa que
compartió con Alejandra Barrales, la del condominio en Miami, Florida, Estados
Unidos, quien se sentó a la izquierda, unieron sus voces y sonrisas coquetas
para hablar de elecciones y hacer un llamado a un frente amplio y plural, y
lograr un gobierno de coalición, “un frente de distintas corrientes políticas, menos del PRI,
puedan plantear y coincidir con un proyecto de Nación”. Así, menos del PRI, lo
cual no se entiende si nos ubicamos en la circunstancia política y de gobierno
que ubica al PRI en la lona electoral.
Con el
pretexto de hablar de las elecciones de 2017, donde solo van en alianza en
Nayarit, los dirigentes del PAN y el PRD se sentaron juntos, lo que dio píe para
que analistas, columnistas, oposición, críticos y politólogos, consideraran que
la conferencia azul amarilla del 20 de mayo, sea vista como un preámbulo para
una alianza en el 2018. Ciertamente se manejó la información que quizá ese día
darían a conocer la declinación de Josefina Vázquez Mota (va en cuarto lugar)
como candidata del PAN al Gobierno del Estado de México, a favor del abanderado
del PRD Juan Zepeda (va en una tercera posición), pero aquello o no se acordó o
lo dejaron para después.
Si el PRI está en picada, y el PAN
ganó siete gubernaturas en el 2016 (frente a las cinco del PRI), y el PRD dice
que Alejandra Barrales va viento en popa ¿Por qué no ir cada partido político
en unitario para la elección presidencial? ¿Será acaso que ni el PAN está en la
bonanza electoral, ni el PRD en recuperación política? NO,
el PAN y el PRD se quieren unir no para
ganarle al PRI, sino para derrotar a quien se dice va de puntero en las
preferencias electorales para el 2018, Andrés Manuel López Obrador, abanderado por el partido que fundó, el
Movimiento de Regeneración Nacional.
Ahora el partido a vencer no es el
tradicional, no es
el que gobernó por casi 70 años el País, o el que sigue gobernando de manera
hegemónica en estados como el Estado de México, que es el PRI, el partido a vencer es uno de oposición,
de izquierda, de minoría en alcaldías, gubernaturas e Poder Legislativo.
El PAN y el
PRD no están de plácemes con la caída del PRI, se están uniendo para beneplácito del PRI, donde los priístas prefieren
(dicen) heredar el poder de la administración nacional a un candidato de
cualquiera de esos dos partidos, azul o amarillo, antes que a un moreno.
El PAN y el PRD no se están uniendo
contra el PRI,
tampoco para crear un gobierno de coalición y empatar sus agendas políticas y
sus causas ideológicas (lo cual no se antoja fácil), sino para ganar el poder por el poder. Unir la derecha con la izquierda para ganar a cualquier costo, por
temor a ir a una elección como partido individual -como debiera ser en una democracia
de partidos plena-, y perder los gobiernos que tienen y que evidentemente no
han respondido a la sociedad, no se ve como una coalición plural, sino como una
promiscuidad política.
Si los partidos políticos no se
quieren enfrentar uno a uno ¿Para qué tenemos tantos? ¿Qué ofrecen en lo
individual que no pueden convencer a la sociedad? ¿O se trata de mantener una
estructura política para seguir contando con recursos públicos?
La
desfachatez de los partidos políticos en México raya en unir lo impensable solo
para acceder al poder, no por ideología, no por convicción, el poder por el
poder, por la oportunidad, con el negocio en la mira, una alianza hueca, sin
cimientos, sin rumbo para un país condenado así a la deriva.
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