Alejandro Páez Varela.
–A Javier
Valdez (1967-2017)
Enrique Peña Nieto tenía el rostro
desencajado. Era una mezcla de ira con ganas de salir corriendo. Los reporteros
le habían exigido, a gritos, JUSTICIA. Pero él no pareció estar de acuerdo.
No se permite pedir justicia a gritos
al Presidente, decía su expresión facial. Menos en “su casa”, en Los Pinos.
Los elementos del Estado Mayor
Presidencial respondieron tomándole fotos a los rebeldes y, un día después,
esculcando las bolsas y los pantalones de los reporteros que cubren los eventos. Hay testimonios de lo anterior publicados
en distintos medios.
No creo que el Jefe del Ejecutivo
estuviera molesto por el asesinato de Javier Valdez. Nunca mostró siquiera
interés por los otros reporteros muertos en su mandato. Ni un tuit. Somos menos
que calcetines para él, a juzgar: sobre sus calcetines ha tuiteado y sobre los
periodistas, apenas un comentario en cinco años. O dos, aunque no estoy seguro.
Nada significativo.
En el evento
en Los Pinos pidió un minuto de silencio.
Más de uno pensamos: pues no necesitamos un minuto más de silencio: llevamos
cinco años de silencio.
Un silencio que permite la impunidad.
Una impunidad que permite a los
malos, en el gobierno o en el crimen organizado, seguir matando periodistas.
Tuve la
sensación de que nadie quería irse. Cuando el acto había terminado, algunos nos
quedamos platicando frente a las rejas de la Secretaría de Gobernación.
Los que
cargábamos veladoras fuimos a dejarlas frente a las puertas de la dependencia,
en un altar improvisado para Javier, para Miroslava Breach y para todos los
colegas caídos en estos años.
–Es como si el siguiente muerto
caminara entre nosotros –me dijo un colega.
Sí, sin
exagerar.
Vi a Javier
Valdez durante su gira de Malayerba, este año.
Nos vimos en
nuestro querido Mazatlán, antes, y nos comimos un kilo de callos de hacha con
un tequila blanco.
Me puse de
pie y nos abrazamos. Mi vuelo salía en dos horas.
–Cuídate,
vato –me dijo.
–Usted
también –respondí.
No sabía que
sería un abrazo final.
No sabía que
nos estábamos despidiendo, para siempre.
No imaginaba
nada, nada.
Cuando
Mónica Maristain me dijo, con los ojos llorosos, que lo habían matado, caminé a
mi escritorio y respiré profundo.
Me fui a una
comida y no me pude concentrar en lo que hablaban.
Salí de allí
con ganas de dormir. Dormir y no pensar.
Ahora veo y
veo y escucho y escucho el video con su discurso del 22 de septiembre del 2011,
cuando recibió el Premio Internacional de Libertad de Prensa del CPJ:
“En Culiacán, Sinaloa, es un peligro
estar vivo. Y hacer periodismo es caminar sobre una invisible línea marcada por
los malos que están en el narcotráfico y en el gobierno. Un piso filoso y lleno
de explosivos. Esto se vive en casi todo el país. Uno debe cuidarse de todo, y
de todos. Y no parece haber opciones de salvación y muchas veces no hay a quién
acudir”, dijo.
Javier Valdez no tuvo opciones de
salvación.
Lo mataron.
Y el Presidente es el molesto.
El sexenio terminará sin que el
equipo en el Gobierno federal haya aprendido algo. Nada.
Se equivocaron desde un principio y
así terminan: en el error.
No hubo
momentos de reflexión, me parece. Se
obsesionaron en cinco temas, entre ellos cubrir el desaseo y tratar de retener
el Estado de México: todo el gabinete fue a hacer campaña; todo. Nadie estuvo
para atender los imponderables; para ofrecer opciones de salvación.
Pero ni
autocrítica. Autocrítica, de hecho, es una palabra que se quedó en Toluca
muchos años antes.
El Presidente mantuvo a un burócrata
de quinta en la FEADLE, la Fiscalía que debió garantizar que los asesinos de
los primeros periodistas que cayeron en su mandato fueran a prisión.
Los periodistas pagaron las
consecuencias por Ricardo Nájera y por el desinterés, que llevó la impunidad al
98.7 por ciento de los casos, según datos de Artículo 19.
Y ahora él es el molesto.
No hay,
entonces, ni siquiera remordimiento. Ni autocrítica, ni reflexión.
Quizás la administración federal
pensaba que esos miles de millones de pesos que ha entregado –de acuerdo con
los datos oficiales– a algunos medios de comunicación le garantizaban que no
habría gritos; que nadie repararía en que se están asesinando periodistas a un
ritmo cada vez más acelerado.
Ni los miles de millones repartidos
–de acuerdo con los datos oficiales– detuvieron la vorágine: la imagen del Jefe
del Ejecutivo federal toca suelo, y los periodistas de a pie mueren por la
indiferencia.
El Presidente del rostro desencajado,
claramente, se irá sin haber aprendido algo. Nada.
Su imagen está en el abismo y los
periodistas, los de a pie, no le perdonarán jamás esta noche negra y larga.
Y luego, en
los albores de su administración, cuando se sepa de qué va el próximo
Presidente, la prensa que le acompañó todo el sexenio e incluso los columnistas
que lo defendieron empezarán a golpearlo a él, y al Gobierno federal.
Se unirán a un concierto que será
despiadado. Como despiadada ha sido la negligencia.
En el colmo, Gina Domínguez en Veracruz dictaba
cabezas, ordenaba espacios en las portadas, vetaba reporteros y repartía
dinero, a raudales, entre los medios fines.
Luego vino su destitución como vocera
de Javier Duarte, y una parte de la prensa la acogió.
Luego vino
su desgracia. Los tiempos cambiaron y se le vino el mundo encima: hoy está en
una cárcel de Veracruz.
Hasta la prensa que más recursos
obtuvo durante el Gobierno de Duarte de Ochoa empezará a tundirle a ella. Como
ya le tundió al ex Gobernador.
No, no aprendieron nada: pasará con
los funcionarios de la administración federal en curso.
Esos a los que les dieron miles de
millones en el sexenio les darán la espalda, como lo hicieron con Humberto
Moreira, Javier Duarte, César Duarte, etcétera. Como lo hicieron con muchos,
antes. Como le hacen cada sexenio.
La prensa afín se llevó una gran
tajada, año con año, y el Presidente no cumplió otra de sus promesas: la de
transparentar la relación con los medios.
“Se
cumplieron cuatro años de la promesa de Enrique Peña Nieto, sobre la creación
de una instancia ciudadana que supervise y transparente la contratación de la
publicidad oficial en todos los niveles de gobierno. Hasta el día de hoy, ese compromiso no se ha materializado. Y el uso
de la publicidad oficial sigue rigiéndose bajo las mismas malas prácticas:
escueta información y nula rendición de cuentas sobre el ejercicio de millones
de recursos públicos que se asignan sin regla”, dijo el reporte de Fundar en
noviembre pasado.
Las cosas siguen igual.
Lástima de dinero tirado a la basura
(dinero de todos nosotros, por supuesto): el Presidente no pudo sostener los
niveles de popularidad, y tampoco pudo ocultar la realidad: que mientras paga
miles de millones a los dueños –que ahora se unen en un concierto para
“condenar” los ataques a la prensa– a los de a pie los matan.
Sí, el
gobierno de Enrique Peña Nieto ha sido, en todos los sentidos, una noche negra.
Noche negra para los ciudadanos; noche negra para los periodistas, también.
Ya vendrá la
luz. Cuando venga.
He escuchado desde hace mucho tiempo
a colegas decir, entre preocupados y hartos: ya, que se vayan. Que termine este
sexenio de una vez por todas y que se vayan a donde quieran, con los millones
que hicieron y con su sangrienta fiesta de impunidad.
Que se vayan
con su México en la bolsa y nos dejen este, el grande, el que no es de ellos y
el que vale más la pena.
Que se
vayan, de verdad. Que se vayan ya.
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