Raymundo Riva Palacio.
El negocio
del robo de combustible es un gran negocio. Todos los cárteles de la droga han
expandido sus actividades criminales hacia la ordeña de los ductos de Pemex,
porque es lo que más dinero les está dejando. Una célula de Los Zetas, que es
la organización que comenzó la ordeña de manera organizada como un negocio
colateral al narcotráfico y contrabando humano, obtiene un promedio de siete
millones de pesos semanales. Diariamente, en la hoy famosa zona del Triángulo
Rojo, en Puebla, las ganancias que obtienen las bandas criminales por ese hurto
es de dos millones de pesos diarios. Tan
grande es el valor de esa actividad, que Pemex reconoce que el año pasado
perdió 30 mil millones de pesos por el combustible que extrajeron de sus
ductos. La merma financiera para Pemex es monumental, pero el problema, que es
viejo, no había sido atacado de manera abierta y enérgica como hasta este mes.
La muerte de cuatro soldados derrumbó la negligencia gubernamental, que era
asombrosa.
Tuvieron que
suceder dos ataques directos a soldados en el Triángulo Rojo, la zona de mayor
incidencia de robo de combustibles, a principio de mayo –cuatro militares
murieron en uno de los enfrentamientos con los criminales– para que el gobierno
cambiara su actitud y tomara con seriedad el combate a esos grupos criminales.
La decisión del presidente Enrique Peña Nieto, para que se enfrentara en forma
transversal el fenómeno criminal, se dio únicamente al final de todo un año de
conflicto en esa zona huachicol, cuya reacción, no prevención, es la narrativa
de cómo este crimen les estalló en las manos.
El
presidente Peña Nieto tendría que haber estado muy bien informado del problema
que se vivía, pues desde hace unos tres años promovió a quien había sido su
jefe de seguridad en el gobierno del Estado de México, el general brigadier
Eduardo León Trauwitz, como subdirector de Salvaguarda Estratégica de Pemex,
que es el área responsable de los ductos. El general Trauwitz sostenía
reuniones regulares con los responsables del área logística de Pemex para
discutir el robo de combustible, donde había acusaciones cruzadas.
Exfuncionarios que conocen de esas reuniones, recuerdan que el general afirmaba
que el robo tenía cómplices dentro de Pemex, mientras que los encargados de
logística respondían que era responsabilidad de los militares la vigilancia.
El alegato del general es que tenía
que haber complicidad en Pemex con los criminales, porque para poder ordeñar un
ducto se necesitaba, a fin de evitar una explosión letal, que no estuviera
transportando combustible, información que sólo podría provenir del salón de
control de ductos de la empresa. Esta idea sigue permeando en el gobierno federal y se está
investigando en Pemex la posibilidad de complicidad con los criminales. Pero el alegato de los responsables de
logística, sobre todo en el periodo 2014-2015, era por la información que se
tenía en las áreas de seguridad del gobierno poblano, que la ordeña de ductos
en el Triángulo Rojo estaba avalada y, en algunos casos, controlada por los
militares. Un enfrentamiento entre
soldados y policía estatal en Amozoc, uno de los seis municipios de la zona
huachicolera, por el manejo del combustible robado, hizo emerger la corrupción
institucional, pero el expediente se congeló por el daño que haría a la imagen
de los gobiernos, pero particularmente al Ejército.
Pese a esas
señales de alarma, no se hizo nada. José Antonio González Anaya relevó a Emilio
Lozoya en la dirección de Pemex a principio de 2016, y entre las cosas que
cambió drásticamente fueron las acciones en marcha para enfrentar la ordeña de
ductos. Canceló el proyecto de desarrollo de trazadores que estaba realizando
una empresa privada mexicana, por falta de presupuesto, y también paró una negociación con una empresa colombiana, que vendía un
sistema que utilizaba una especie de pelotas que corrían por los ductos y que
en el momento que se registrara una perforación, tapaban el orificio.
El descuido
se potencia porque en el Triángulo Rojo se incrementó el desafío de los
criminales este año: el 11 de febrero asesinaron al regidor de Industria y
Comercio de Quecholac, en un enfrentamiento contra huachicoleros; el 9 de marzo
asesinaron a tres agentes de la Fiscalía de Secuestro y Delitos de Alto Impacto
cuando investigaban a una banda dedicada al robo de combustible; el 16,
periodistas y ONG denunciaron amenazas de muerte de huachicoleros en esa zona;
el 27, los habitantes de la zona atacaron un convoy militar para evitar que se
llevaran dos camionetas con combustible robado; el 26 de abril, los
huachicoleros atacaron un destacamento militar en respuesta a un decomiso de
otros vehículos con combustible robado; y en mayo 3, huachicoleros y pobladores
de Palmarito atacaron a militares y mataron a cuatro soldados, y tres días
después, cuando los militares se llevaban otras camionetas con combustible
robado, volvieron a atacar a un destacamento militar en la misma comunidad.
Sólo así
reaccionó el gobierno. El presidente ordenó el envío de dos mil 500 soldados a
la región, para reforzar a los 500 policías estatales enviados para combate y
control en la zona huachicolera. En Pemex restablecieron las negociaciones
–aunque los costos se elevaron 100 por ciento en todo el tiempo de abandono–, y
el secretario de la Defensa, general Salvador Cienfuegos, a manera de reclamo,
afirmó: hubieron omisiones y fallas de autoridades para proteger el combustible
mexicano. Tiene razón. Este problema ya cumplió 14 años de edad, pudrió a las
comunidades y corrompió a las autoridades. Otro capítulo más de la
microhistoria mexicana.
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