Jorge Zepeda Patterson.
Mi amigo
César considera un absurdo que el próximo Presidente de México viaje en aviones
comerciales. Son falsos ahorros, dice. Y en efecto, parece ilógico que el líder
del país vaya a pasarse cinco horas entre traslados al aeropuertos, esperas y
demoras para ir y venir a Monterrey o a Mérida, en lugar de un recorrido en
helicóptero al aeropuerto y un vuelo de 45 minutos en el avión presidencial. Si
fuera el CEO de una gran empresa, los accionistas considerarían inadmisible la
improductividad de tantas horas que podrían usarse en beneficio de una mejor
gestión empresarial. Y si añadimos a la ecuación la promesa de Andrés Manuel
López Obrador de hacer una presidencia itinerante y no desde la capital,
podemos asumir que el desperdicio será de miles de horas a lo largo del
sexenio. Por no hablar de vuelos retrasados o cancelados que podrían provocar
la suspensión de reuniones de trabajo con el costo que implica el tiempo de
muchas otras personas.
Pero luego de escuchar a César,
recuerdo la nota publicada en estos días sobre la manera en que legisladores y
personal de las cámaras legislativas arrasaron con lo que pudieron antes de
despedirse.
Y no me refiero a las indemnizaciones
y bonos escandalosos con los que se premiaron, que ascienden a miles de
millones de pesos.
Hablo de algo más pedestre, pero en el fondo aún más triste. Más de mil objetos (muebles y equipo)
desparecieron de las oficinas de la Cámara de Diputados. Teléfonos, cafeteras,
televisiones, impresoras, botes de basura, percheros, archiveros o utensilios
de limpieza. Uno podría entender que un “vivillo” quiera cambiar la televisión
de su casa con cargo al erario, pero ¿cómo explicar que alguien se haya
encariñado de tal manera con el bote de basura de su escritorio que decide
robárselo?
El tema no es simplemente la
inmoralidad; también es la cultura de apropiación de la cosa pública que está
detrás de este saqueo. Por inmoralidad se puede uno llevar un cenicero o una
toalla de un hotel en el que se hospeda una noche. Pero no arrasamos con las
sábanas y las cortinas. Se entiende que el alquiler de una habitación por una
noche no nos hace propietarios de lo que exista en ella. Pero por alguna razón
los burócratas asumen que al tomar posesión de una oficina todo lo que contiene
pasa a formar parte de su patrimonio. ¿Por qué lo va a dejar cuando se retira?
Usos y costumbres de la burocracia tan arraigadas como la tanda de la quincena
o el puente del 16 de septiembre.
¿Cómo romper
con eso? Desde luego, ayudaría una mejor
política de controles que combata la impunidad de la que gozan estos pequeños
hurtos, pero sobre todo un cambio en la estructura de valores. Lo cual nos
lleva de regreso al tema del avión presidencial.
Las cinco horas que tomará López
Obrador para ir y regresar de Guadalajara en una gira de trabajo, serán cinco
horas invertidas en ese cambio de valores. Y si en algo ayuda a modificar la
actitud del empleado federal frente a los bienes públicos, serán, entonces,
cinco horas muy bien invertidas.
En ese
sentido no se trata de un acto de rusticidad o una ocurrencia simplista. López Obrador desea poner en marcha,
mediante el ejemplo, un haz de valores radicalmente distinto de la práctica
social basada en “el que no transa no avanza” o “político pobre es un pobre
político”.
Solemos admirar, no sin un dejo de
incredulidad y sorpresa, al ministro sueco que llega en su propio auto a la
oficina, se prepara el café o sale al mediodía a la escuela a recoger a sus
hijos. Parecería también una inversión de tiempo irracional, en detrimento de
las valiosísimas horas que exige el ejercicio de Gobierno. Pero justamente, eso
es parte de un ejercicio de Gobierno a favor de los gobernados y no a favor del
interés de los gobernantes.
¿Cómo darle la vuelta esa religión de
los burócratas que convierte a los bienes públicos en patrimonio personal?
Justamente así: viajando como el común de los mortales o evitando el uso de
choferes y ayudantes de la nómina como si fueran sirvientes.
No será
fácil romper los círculos viciosos, pero
es esperanzador que el ejemplo de López Obrador obligué a secretarios,
subsecretarios, directores y subdirectores a un uso más discreto de los
recursos que hasta ahora han usado como si fueran los muebles de su casa.
Y por lo
demás, si consideramos que Peña Nieto
terminó encerrado en su propio mundo, completamente aislado de la manera en que
el hombre y la mujer de la calle llevan sus vidas, no está mal el inevitable
roce con otros pasajeros que producirá hacer cola para entrar en un avión o
recorrer los largos pasillos de un aeropuerto.
Está por verse si López Obrador
terminará siendo un mejor o un peor Presidente, pero no tengo dudas de que será
un presidente mejor informado de lo que piensa y siente la gente. Bien mirado,
las horas que “desperdicie” al no usar el avión de lujo oficial podrían
contarse entre las mejor empleadas de su agenda. No serán horas perdidas sino
ganadas.
¿No crees?
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