Diego
Petersen Farah.
Una de las
manifestaciones más sublimes del poder es el poder de nombrar. Poner nombre a
las cosas, definir qué es y qué significa esto o aquello es parte esencial del
ejercicio de los poderosos. La
construcción de discurso político define en buena medida no solo de qué se
habla, sino cómo y en qué contextos.
¿El país
está en bancarrota, como lo señaló López Obrador? Por supuesto que no, en
términos técnicos un país en bancarrota es el que no puede hacer frente a sus
obligaciones financieras, el que está quebrado. El país que recibirá Andrés
Manuel está lejos de una situación financiera ruinosa. Podemos estar o no de
acuerdo con las políticas económicas neoliberales, pero desde febrero de 1995,
cuando el Congreso de Estados Unidos autorizó a Clinton otorgar a México una
línea de crédito extraordinaria para que no cayera en suspensión de pagos, el
país no ha vuelto a estar en un situación medianamente parecida a la
bancarrota. Es cierto que el crecimiento es mucho menor del deseado y que el
país requiere crecer más, pero no está en crisis, sin embargo, hoy los
políticos, no solo Andrés Manuel, le dicen crisis a cualquier situación
económica que no responde a las expectativas de la población, es decir, a todo.
El discurso
favorito de todo político recién electo, particularmente cuando hay una
alternancia de partido en el poder, es decir le dejaron el país, estado,
municipio, en ruinas. Es una forma muy primaria pero eficiente de ganar tiempo
y bajar el nivel de expectativa creado durante las campañas: “no soy yo el que
les va a fallar; es el gobierno anterior que fue aún peor de lo imaginado y eso
me impedirá cumplir como yo quería”.
Podríamos
decir simple y llanamente que así es la política, que parte esencial del
ejercicio en el poder es el manejo de las expectativas. Jugar con ellas afianza
el poder. Pero cuando las palabras pierden su significado merced del manoseo
político que se hace de ellas, la comunicación, más temprano que tarde, termina
por romperse. No hay magia en esto, pero tampoco existe un político que haya
salido medianamente bien librado del desgaste que significa la quiebra de las
expectativas.
Alargar la
luna de miel, mantener viva la expectativa del cambio, hacer ver como que todo
lo de atrás es un lastre que el nuevo presidente tiene que cargar, es el gran
reto de López Obrador y de cualquier presidente pasado o futuro. El problema es
que lo único que ha crecido en la era de las redes sociales son las
expectativas y lo que más se ha reducido es el tiempo. La duración de la luna
de miel tiene poco o nada que ver con la honestidad del presidente sino con la
capacidad de cumplir no solo con lo prometido en campaña, que es de por sí
complicado, sino con la expectativa que los electores tienen en mente, y eso es
imposible de lograr.
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