Dolia
Estévez.
El Chapo es
un amateur en relación a los Seckler, líderes del poderoso cártel de los
opioides, responsable por la muerte de 200 mil personas y de la epidemia de
acción que azota a Estados Unidos. A diferencia de El Chapo -quien morirá en
una prisión inhumana estigmatizado como el criminal más peligroso del mundo-
los Seckler son intocables. Nunca han enfrentado la justicia. Disfrutan de su
dinero mal habido protegidos por un ejército de abogados y cabilderos que ya
quisiera la NRA.
Mientras que
la prensa internacional se embelesa con triviales detalles sobre la vida
delictiva y sexual del famoso capo de Sinaloa, poco se ha escrito fuera de
Estados Unidos sobre esta familia que inventó, impulsó y popularizó el opioide
OxyContin, sedante altamente adictivo y potencialmente mortal. El caso de los
Seckler, apellido desconocido en el mundo del hampa, es emblemático del
capitalismo voraz y la criminalidad impune.
El Cártel de
los Seckler empezó en 1952, cuando tres hermanos médicos -Arthur, Mortimer y
Raymond Seckle- compraron la farmacéutica Purdue Pharma. En los noventa, la
empresa lanzó al mercado el potente opioide OxyContin, cuyo uso y abuso pronto
les dejó guanacias por mil millones de dólares anuales.
En 2013, los
Seckler aparecen por primera vez en la lista de familias más acaudaladas de
Forbes. En 2016, la revista estimó su fortuna en 13 mil millones de dólares,
ocupando el ranking #16 en el listado. Son famosos en el mundo de la
filantropía por sus generosas donaciones a museos de arte y centros de estudios
de gran calado como el Tate, el Metropolitan y el Guggenheim, así como las
universidades de Columbia y Yale. Veinte Seckler, hijos y nietos herederos de
los hermanos fundadores, integran el clan.
En 1995, la
Federal Food Administration (FDA), agencia federal a cargo de la aprobación de
nuevos medicamentos, autorizó la venta de OxyContin, sin conducir estudios
clínicos previos sobre la capacidad adictiva y propensión al abuso que pudiera
tener. No sólo eso. La FDA pidió estipular en el empaquetado que la tableta de
OxyContin es “más segura” que analgésicos rivales, pero que pulverizada e
inhalada provoca dependencia. Miles de consumidores que murieron de sobredosis
siguieron la sugerente advertencia. En 2015, la FDA autorizó el uso de
OxyContin recetado para menores de edad. Farmacéuticas como Johnson &
Johnson, también fabrican opioides, pero la peligrosidad de OxyContin no tiene
comparación.
Para elevar
la demanda de OxyContin, la compañía lanzó una agresiva estrategia de marketing
dirigida a la comunidad médica. Vendedores entrenados en el arte del engaño
fueron enviados a lugares seleccionados–comunidades rurales pobres y sin
educación–para convencer a médicos y dentistas que OxyContin no era peligroso.
Los médicos que más recetaban eran premiados con viajes pagados a Hawaii y Las
Vegas. Muchos no trataban a pacientes de cáncer o de dolor grave, por lo que
recetaban OxyContin para dolencias menores. El objetivo era enganchar al
paciente. La epidemia que desataron no sólo produjo muertes de sobredosis, sino
bebes recién nacidos intoxicados.
La crisis de
salud nacional alarmó a las autoridades estatales. En 2007, tres ejecutivos de
Purdue Pharma se declararon culpables de engañar a reguladores, médicos y
pacientes sobre OxyContin. En un interrogatorio a puerta cerrada como parte del
juicio estatal, Richard Seckler, hijo de Raymond, asumió una actitud desafiante
y arrogante. “Parecía decir, ‘No es mi patio trasero, así que no me importa’”,
dijo uno de los fiscales que lo interrogó. Cuando fue presidente de Purdue
Pharma, Richard Seckler exigió a sus empleados generar más ganancias
persuadiendo a los médicos aumentar la dosis de OxyContin a un número mayor de
pacientes.
El juicio,
en el que ninguno de los Seckler fue acusado, ocupó las primeras planas.
Siguiendo el manual de la industria tabacalera, los Seckler compensaron la
consecuente caída en ventas abriendo nuevos mercados internacionales. Sus
tentáculos pronto llegaron a México.
En 2014,
Mundipharma, brazo internacional de Purdue Pharma, abrió oficinas en Javier
Barros Sierra 540, Torre 1, Piso 7, Colonia Lomas de Santa Fe. Mundipharma
busca “desmitificar” el uso de opioides y convencer a 28 millones de mexicanos
que sufren de dolor crónico que OxyContin es la solución. Francisco Rodríguez,
presidente de la sucursal mexicana, dice en el sitio de Internet que
Mundipharma ofrece medicamentos, “con un grado de seguridad sobresaliente”.
Los Seckler
actualmente enfrentan un tsunami legal con el potencial de hacer desaparecer a
Mundipharma. Cuarenta estados, condados y municipios en Estados Unidos han
interpuesto 2 mil demandas criminales contra el cártel. La familia está
negociando con las autoridades un acuerdo que le permita retener su
fortuna—gran parte de la cual está oculta en paraísos fiscales. Quieren evitar
la celebración de juicios espectaculares que documenten su culpabilidad y los
lleve a la ruina. Ofrecen pagar miles de millones de dólares para cubrir costos
de reparación a víctimas y gobiernos locales.
El Gobierno
de Trump miente cuando achaca a México la epidemia de adicción a los opioides
en Estados Unidos. Lo cierto es que los incentivaron y popularizaron los
Seckler. Millones de adictos actualmente satisfacen la dependencia a OxyContin
a la que fueron inducidos, con opioides más baratos y sintéticos como el
fentanilo. Es imposible cuantificar la desgracia humana que la insaciable
avaricia de los Seckler causó y sigue causando. Lo justo sería que acompañaran
a El Chapo en la prisión Supermax. No va a pasar. A diferencia de los
mexicanos, los carteles gringos tienen licencia para matar.
Con información de The New Yorker, Los Angeles Times,
The New York Times
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