José Gil Olmos.
A pesar de que nació como una obligación del gobierno
salinista para suscribir el acuerdo de libre comercio de América del Norte y
que ha tenido presidencias polémicas, la llegada de Rosario Piedra Ibarra a la
Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) a través de una elección bastante
desaseada en el Senado no augura nada bueno, sino todo lo contrario:
desconfianza e ilegitimidad.
De ahí que volver a realizar una votación en el Senado y
limpiar el proceso no se logró pues las imágenes de enfrentamientos entre
legisladores mientras Piedra Ibarra tomaba protesta, así como el
desconocimiento de los gobernadores del PAN a su llegada a la CNDH manchan de
inicio lo que tendría que ser un nombramiento libre de cuestionamientos.
Pero Rosario Piedra Ibarra no solo asume la presidencia de la
CNDH en medio de un proceso de elección desaseado, sino también con la sombra
de ser dependiente del jefe del ejecutivo y del partido Morena del que es
simpatizante.
La CNDH no ha tenido buenos resultados desde que empezó a
operar en 1990 bajo la presidencia de Jorge Carpizo. La falta de facultades de
sanción ante las autoridades que violan los derechos humanos la ha relegado a
una figura muchas veces decorativa de los gobiernos en turno.
Tampoco le ha ayudado que varios de sus titulares hayan sido
personas ligados al gobierno del PRI o del PAN, problema que hoy nuevamente se
presenta con Rosario Piedra Ibarra quien llega a la presidencia luego de
haberse declarado simpatizante de Morena y del presidente Andrés Manuel López
Obrador.
La autonomía no solo es importante para que la CNDH cumpla
con su papel de vigilante de los derechos ciudadanos, es fundamental también
que sea independiente de cualquier grupo político o de gobierno para que no se
limite en la emisión de sus recomendaciones.
Desde el arranque de su presidencia en la CNDH Rosario Piedra
Ibarra tiene el primer gran reto de tomar distancia del gobierno de López
Obrador y actuar con la libertad que exige todo organismo encargado de defender
los derechos humanos de la ciudadanía en medio de una situación de violencia e
impunidad por parte de autoridades.
En caso de que no tome esa distancia, en los hechos, Rosario
Piedra Ibarra estará supeditada a la voluntad de López Obrador y repetirá la
misma historia de sus antecesores que limitaron el alcance de sus
investigaciones a los intereses políticos, abonando más a la impunidad reinante
en el sistema judicial.
No se trataba únicamente, entonces, de limpiar el proceso de
selección de la presidencia en una votación nítida y confiable en el Senado,
sino de que la CNDH muestre por fin la fuerza necesaria para enfrentar los
constantes abusos de poder de las distintas instancias de gobierno.
Ese es el reto que habrá de enfrentar la nueva presidenta de
esta instancia fundamental para el desarrollo democrático del país. Dicho reto
será aún más difícil de lograr si Rosario Piedra Ibarra no se sale de la égida
del gobierno de López Obrador para cumplir con sus funciones elementales de enfrentar
con autonomía e independencia actos de injusticia, impunidad y abuso del poder
gubernamental en medio de esta vorágine de violencia en la que estamos hundidos
desde hace varias décadas.
Por cierto… El hecho de que Morena en el Senado haya tomado
la decisión de repetir la elección de la nueva presidencia de la CNDH fue un acto
tardío y no consiguió lo fundamental: legitimar la llegada de Rosario Piedra
Ibarra.
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