Jorge Javier Romero Vadillo.
La caída de Evo Morales –con el remate golpista propiciado
por las protestas contra el fraude electoral que se le imputa, en las que
participaron diversos sectores de la sociedad boliviana, desde la ultraderecha
católica encabezada por Luis Fernando Camacho, un personaje racista y
repelente, hasta la Central Obrera Boliviana, de heroica historia al frente de
las luchas mineras durante casi un siglo– es un episodio más de la trágica
historia de la izquierda latinoamericana, abundante en derrotas autoinfligidas
y en episodios de autoritarismo aberrante, mientras que, con pocas excepciones,
como la del Partido Socialista Chileno o el Frente Amplio del Uruguay, su
relación con la democracia liberal ha sido permanentemente problemática.
En la región del mundo con mayor desigualdad, con Estados que
históricamente han sido protectores de oligarquías extractivistas o
latifundistas, donde los políticos se caracterizan por ser especialistas en
capturar rentas de manera patrimonial y donde breves períodos democráticos has
sido una y otra vez frustrados por los cuartelazos y la irrupción de caudillos
salvadores de la patria, no resulta extraño que las expresiones políticas
justicieras hayan tendido a encarnar en hombres providenciales y no en partidos
institucionalizados de amplia base social, capaces de ganar elecciones, pero
también dispuestos a perderlas y a dejar el poder al perder el favor del
electorado.
Es verdad que el talante poco democrático de la mayoría de
las izquierdas latinoamericana tiene raíces en su experiencia, marcada por
represiones brutales y por los golpes retardatarios, muchas veces auspiciados
por la paranoia anticomunista de los Estados Unidos durante la Guerra Fría, que
aplastaron intentos de reformas sociales impulsados por gobiernos democráticamente
electos. El derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, en 1954,
bien documentado en la última novela de Mario Vargas Llosa, Tiempos Recios,
contribuyó notoriamente a la deriva radical y violenta de una izquierda que vio
cerradas sus opciones pacíficas.
La revolución cubana se convirtió en el faro para la mayoría
de quienes en América Latina buscaban revertir la ancestral injusticia de
nuestras sociedades. La deriva totalitaria del movimiento popular más exitoso
de la segunda mitad del siglo XX en la región fue obviada, cuando no exaltada
como ejemplo, por la mayoría de las fuerzas que se reclamaban progresistas.
Muchos jóvenes latinoamericanos fueron arrastrados a la aventura guerrillera,
con la ilusión de emular a los barbudos de Fidel Castro. El Che Guevara quiso
convertirse en una suerte de nuevo Bolívar socialista y acabó asesinado
precisamente en Bolivia, con su movimiento derrotado ante la indiferencia de
los campesinos a los que pretendía liberar.
En Chile, de nuevo un intento de impulsar reformas sociales
profundas por medios democráticos fue extirpado de raíz por un golpe criminal.
La tragedia de Allende fue motivo de reflexión en la izquierda europea. Enrico
Berlinguer, entonces líder del Partido Comunista Italiano, el más fuerte de
Occidente, escribió un ensayo que fue el eje de su giro hacia posiciones más
socialdemócratas, en lo que se conoció como Eurocomunismo. También el Partido
Socialista chileno aprendió la lección de su derrota y emprendió una
transformación que lo llevó a hacer una oposición inteligente a la dictadura y
a convertirse en una de las fuerzas esenciales de la reinstauración
democrática, pero se trata de un caso excepcional. La mayoría de los partidos y
movimientos de izquierda latinoamericanos, sobre todo los más exitosos, no han
sido capaces de contribuir a la normalización democrática que supuestamente
arribaría después de las llamadas transiciones de la década de 1980, cuando
parecía que la era de los golpes militares quedaría para siempre atrás.
Tres casos de éxito electoral de la izquierda han derivado en
intentos de autocracias electivas, donde la democracia liberal ha sido
sustituida por versiones de democracias de la voluntad general encarnada en
caudillos que han hecho constituciones a su medida y han buscado concentrar el
poder. Venezuela ha derivado en una clara dictadura, mientras que en Ecuador el
experimento de la Revolución Ciudadana caducó con el relevo dentro del mismo
grupo y ha derivado en una crisis política de pronóstico reservado. En Bolivia
todos los pretendidos éxitos redistributivos y justicieros, algunos realmente
profundos, como el intento de revertir la discriminación ancestral contra sus
pueblos originarios, han acabado anulados por las pretensiones de Evo Morales
de eternizarse en el poder torciendo las reglas que él mismo se había dado, en
la mejor tradición caudillesca heredada del siglo XIX, lo que ha despertado la
peores pulsiones de la derecha montaraz y ha vuelto a convertir al ejército
boliviano en el árbitro ilegal del conflicto social.
En Argentina no ha podido surgir una izquierda independiente
del populismo peronista, corporativo y clientelar. El Partido del Trabajo
brasileño ha vivido un proceso de institucionalización notable y ha sabido
jugar bien con las reglas democráticas en un país muy diverso y plural, aunque
ha sido carcomido por la corrupción y sigue siendo demasiado dependiente de la
personalidad de su líder histórico, de regreso después de su encarcelamiento
con claros tintes políticos. En ambos casos, las políticas llevadas a cabo por
la izquierda en el poder han sido económicamente irresponsables, orientadas a
consolidar clientelas, y han llevado a crisis sucesivas.
En México tampoco hemos podido construir una izquierda
democrática plena. La que fuera la mayor expresión electoral de izquierda
durante un cuarto de siglo surgió de una escisión del PRI, que fagocitó a las
expresiones históricas del socialismo más definido. Su descomposición dio paso
a un nuevo caudillismo, heredero de las prácticas truculentas del antiguo
régimen, como ha quedado en evidencia en el proceso de renovación de la
dirigencia formal de MORENA. Y aunque es poco probable que ocurra una reversión
antidemocrática, el hecho es que todos los días vemos intentos de concentración
de poder muy preocupantes. El sainete en el Senado en torno al nombramiento de
la nueva titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha mostrado
claramente la propensión de la actual coalición de poder a torcer las reglas y
el poco compromiso con la consolidación de un orden democrático liberal. Todo
con la venia de quien se ve a sí mismo como el hombre necesario, salvador de la
Patria.
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