Raymundo Riva Palacio.
Desde el momento que hace alrededor de dos meses el
presidente Andrés Manuel López Obrador le pidió al secretario de la Defensa,
general Cresencio Álvarez, que deseaba un desfile militar que no sólo fuera
alegórico de la Revolución Mexicana sino que narrara épicamente algunos
momentos históricos, el compromiso fue hacer algo inolvidable. El Ejército hizo
a un lado a la Marina y lo organizó solo. Su puesta en escena fue espectacular:
miles de soldados formaron un contingente de ocho kilómetros, que incluyó la
participación de dos mil 700 caballos que formaron la cabalgata más grande que
jamás haya pisado el Zócalo de la Ciudad de México. Más de mil personas
interpretaron piezas musicales y 51 ejecutaron acrobacias, caracterizando a
otros mil personajes. El Ejército sacó a la calle 44 vehículos e hizo volar
tres aeronaves. Pero hubo un problema. La parada militar fue casi clandestina.
Todo el despliegue militar y la organización del Ejército,
con lo cual se restauraba el clásico desfile que fue suspendido en 2014 por el
presidente Enrique Peña Nieto, pasó desapercibido para la mayoría de la gente,
porque el presidente López Obrador, decidió que se realizará justo el 20 de
noviembre, y no el día de asueto que conmemora la gesta revolucionaria, que fue
el lunes pasado. López Obrador sacrificó a los capitalinos para enfatizar una
vez más en su veneración a los símbolos para hacer del día una fiesta popular,
que no lo fue, y organizar el desfile, su desfile, para consumo de unos
cuantos.
Paseo de la Reforma estuvo semivacío, porque la parada se
realizó en horas de trabajo y pocos pudieron salir. No hubo menores porque
tenían clases. Dentro del gobierno se distribuyeron apresuradamente boletos
para ir a las gradas para evitar que se quedaran vacías, pero una buena parte
de los burócratas no asistieron porque no les dieron permiso para ausentarse.
Fue una pena que el esfuerzo que hizo la Secretaría de la Defensa, terminara
siendo un evento para el Presidente, que durante el día mostró una enorme
sonrisa de satisfacción. Pero así es López Obrador, que tiene estos caprichos,
donde nadie puede llevarle la contra.
Buena parte de la ciudad quedó estrangulada en los
monstruosos congestionamientos que creó el bloqueo de decenas de calles durante
más de cuatro horas para que se desarrollara el desfile, alterando la actividad
económica, las labores en las oficinas y las clases en las escuelas. El
transporte comercial también se vio afectado por los cambios en la circulación
que cruza el corazón de la Ciudad de México, y que volvió calles y avenidas en
nudos gordianos. La vida cotidiana se alteró por el capricho de López Obrador,
cuyos subalternos en el gobierno de la Ciudad de México prohibieron todas las
manifestaciones, para que no estorbaran ni ensuciaran el desfile presidencial.
Incluso, encapsularon a los campesinos, que querían marchar
hacia el Zócalo para expresar su molestia por el presupuesto, y negociaron que
no lo hicieran –lo que no han hecho durante más de una semana para que levanten
su bloqueo a la Cámara de Diputados, que no ha podido sesionar ni aprobar el
presupuesto, contraviniendo la ley, que marcaba el máximo para culminar el
proceso desde el viernes pasado.
Este tipo de acciones unilaterales no son ajenas en López
Obrador, quien previamente también había estrangulado Paseo de la Reforma. Fue
en 2006, en la lucha postelectoral, que para presionar que Felipe Calderón no
pudiera asumir la Presidencia, tras una elección altamente disputada y
controvertida, realizó un plantón de 47 días, que causó pérdidas económicas en
la zona por alrededor de 300 millones de pesos, y el despido de cerca de 50 mil
trabajadores que perdieron sus empleos porque los negocios donde prestaban
servicios cerraron y se vieron severamente afectados en sus costos de
operación.
Se desconoce cuál fue la afectación económica por el desfile
militar de este 20 de noviembre en un día hábil, pero de acuerdo con la Cámara
de Comercio de la Ciudad de México, bloqueos, marchas o megamanifestaciones que
duran entre cuatro y cinco horas, producen pérdidas de medio millón de pesos.
El costo no le va a importar al Presidente, muy discrecional cuando se trata de
transparentar lo que cuestan las cosas que él o su gobierno hacen. Son los
claroscuros de López Obrador.
La víspera, el Presidente difundió un video, donde invitaba a
“participar en el desfile conmemorativo” de la Revolución Mexicana de 1910. La
invitación era general, aunque se sabía que la convocatoria quedaría trunca. No
hubo ninguna disposición para suspender labores o clases, cuando menos durante
la mañana, ni tampoco se dieron las movilizaciones de Morena para llenar de
gente las calles –también sus militantes trabajan y tienen que cumplir con
horarios.
En términos populares, entendido esto como un regalo para el
pueblo de México, fue un fracaso. En términos existenciales, el Presidente tuvo
lo que quiso del Ejército, convertido en una institución mil usos –emergencias,
tareas policiales, ingenieros de aeropuertos, vigilantes de aduanas, maromeros,
cirqueros y lo que se le vaya sumando–, y vio lo que soñaba desde hace tiempo,
la reconstrucción en carros alegóricos de los pasajes históricos.
Su selección fue metodológicamente arbitraria, que es la
marca de la casa. Comenzó con los aztecas y culminó en 1940, con Lázaro
Cárdenas. Pero en el colofón estaba el mensaje que quiso transmitir y conectar
las tres transformaciones en México, bajo su clasificación, la Independencia,
la Reforma y la Revolución, con la suya, que dice, será la cuarta. Eso se verá,
cuando concluido su gobierno se realice el análisis definitivo de su gestión.
Por lo pronto, ahí queda un capricho y la pena que el desfile fuera sólo para
unos cuantos mexicanos.
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