Salvador
Camarena.
Dentro de
dos semanas comienza la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el evento
literario más importante de México, y el más visible de nuestro país para los
extranjeros.
Para viajar
a la FIL, muchos toman avión. Al bajar de la aeronave, por los rumbos de
Tlajomulco, esos muchísimos viajeros (se calcula que 90 mil cuartos para
hospedaje se alquilan cada FIL) estarán recorriendo, al tratar de llegar a su
hotel, una ruta de la muerte, una que este año en particular tiene forma de
bolsa. De muerte embolsada.
Esa ruta, de
Tlajomulco a Guadalajara, de Tonalá a Zapopan, de Tlaquepaque a El Salto, esos
municipios de la zona metropolitana de la capital de Jalisco que uno bordea
desde el aeropuerto, son un tiradero de cadáveres.
El diario El
Universal calculaba el miércoles que durante 2019 han sido localizadas casi 300
bolsas con restos humanos en Jalisco. El periódico Mural del Grupo Reforma
publicaba ayer, por otra parte, que “casi por seis se multiplicó la cantidad de
cadáveres localizados este año en fosas clandestinas” en ese estado.
Mural
agrega: “hasta el miércoles, en la entidad se habían encontrado 28 fosas
cavadas por criminales, de las que se extrajeron 135 cuerpos, de acuerdo con
cifras de la Fiscalía del estado” y un conteo de la cobertura periodística de
esos sucesos. Según ese diario, en 2018 fueron 16 las fosas localizadas y de
ellas se sacaron, ese año, 25 cadáveres.
En la recta
final de la administración de Aristóteles Sandoval se conoció el drama de
decenas de cuerpos sin identificar que deambulaban las calles de esa entidad en
la caja de un tráiler, pues ya no había cabida en la morgue.
Durante
días, la muerte se paseaba, pues, de un lado a otro. En un guion hubieran
cortado la escena por inverosímil. Eso sin contar que fue más bien un accidente
que la ciudadanía tuviera noticia de la existencia de esa fosa rodante. Así
trataban tales autoridades a los cuerpos que tantas familias buscan.
Un año
después la tragedia es diferente, pero no ha cambiado en lo esencial. Suena
trillado pero es exacto: la zona neurálgica del estado de Jalisco está cuajada
de cementerios clandestinos.
Los conteos
de Mural y El Universal dan cuenta, de manera indistinta, sólo de bolsas y
fosas. No de ajusticiados en tiempo real ni de desaparecidos (hay un dato
escalofriante de que en este estado de poco más de ocho millones de habitantes,
se reportan a las autoridades hasta siete personas desaparecidas cada día).
El colega
Javier Garza recordaba hace no mucho que los periodistas debemos tener siempre
en mente que los criminales desarrollan estrategias para lograr el mayor
impacto posible. Que un muerto no será reportado con igual despliegue que el
que logrará un cadáver descuartizado, es algo que calculan los delincuentes.
Creo que en
el caso de Guadalajara, o Fosalajara, sin embargo, estamos ante otro fenómeno,
uno que se tocó brevemente en la opinión pública luego del fiasco de Culiacán,
y que hoy de nueva cuenta parece relegado en la agenda, esta semana por el
folclor del Evo Show.
Estamos en
una guerra. Las bajas de esa conflagración son de dimensiones industriales.
Rondan el centenar diario. Y los bandos desechan los saldos de sus crímenes
como en cualquier otra guerra: de la manera que menos cueste. Hubo y hay
pozoleros, hubo y hay fosas clandestinas.
Lo que no
hay es sociedad que quiera reconocer esa guerra. Somos esos turistas que
vendrán a la FIL, transitando sobre cadáveres embolsados en busca de libros, tequila
y mariachis, tóquense Fosalajara-Fosalajara.
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