Pablo Gómez.
Ninguna
persona intelectualmente honrada podría negar que en Bolivia se ha producido un
golpe de Estado con el decisivo apoyo de los militares. Esa catástrofe política
no se originó de manera repentina. Hay que hacer recuento de hechos y daños.
Evo
Morales se equivocó cuando recurrió al máximo tribunal para anular la votación
mayoritaria del electorado que refrendó el límite de dos periodos para la
reelección del presidente. Eso no lo debe hacer un demócrata, mucho menos un
líder popular como Evo, porque es algo contradictorio.
Quienes
nunca han sido demócratas sino elitistas, los integrantes del grupo económico
conservador, clasista y racista de Bolivia, aprovecharon ese error de Evo
Morales para cohesionar un bloque opositor antirreleccionista con vistas a la
elección presidencial, esperanzados en una segunda vuelta porque no veían que
les dieran los números en la primera.
En Bolivia, para
obtener el triunfo se requería contar con la mayoría absoluta o con diez puntos
porcentuales arriba del segundo lugar. Nadie, ni siquiera Evo Morales,
consideraba seguro que esa diferencia se produjera. Cuando se anunció el
resultado final del escrutinio, con un poco más de 10% de diferencia, la
oposición denunció fraude y convocó a huelgas y bloqueos, pero nunca presentó
casos concretos, por lo que no hubo procesos judiciales.
Otro
error que un demócrata no debe cometer fue el haber admitido que la
Organización de Estados Americanos (OEA) se convirtiera en dictaminador
electoral con resolución vinculante. El informe que presentó la comisión de la
OEA se basó en 300 casillas electorales seleccionadas, y unas cuantas
consideraciones de carácter más bien político.
Por su lado,
los golpistas habían desconocido de antemano ese dictamen porque ya estaban
demandando el retiro de Evo Morales y del vicepresidente García Linera, para
tratar de imponer de esa forma a un nuevo mandatario, es decir, el golpe
directo, con o sin OEA.
Bolivia
se convirtió durante un par de días en un país sin guardias. Los opositores
podían quemar lo que desearan porque la policía requería violencia como
cobertura para pedir el retiro del presidente, por lo que se “acuarteló” ella
misma, en realidad se amotinó. Luego, el Ejército (protagonista directo de
muchos golpes de Estado en la historia de Bolivia) presentó el ultimátum al
gobierno. Evo Morales no tenía muchas opciones.
Los
políticos golpistas, de la mano de militares y policías, han impuesto a una
presidenta absolutamente espuria (Jeanine Áñez) antes de que el Poder
Legislativo hubiera admitido o negado la renuncia del presidente y del
vicepresidente, en acatamiento del artículo 162 de la Constitución. Además, el
orden sucesorio legal boliviano señala a la presidenta del Senado (Adriana
Salvatierra). El golpe ha sido consumado y el orden constitucional no está
vigente.
El
gobierno de Evo Morales recobró riquezas naturales y elevó la producción;
realizó muchas reformas sociales; redistribuyó el ingreso; cambió el sistema
político; le dio voz, voto y poder a la mayoría indígena; implantó la
independencia nacional; golpeó la corrupción. La economía boliviana es la que
más crece en América Latina.
Sin embargo,
con un solo error madre se puede perjudicar la obra magnífica de una
revolución pacífica.
Ahora, el
curso de Bolivia no es predecible. Durante las próximas semanas podrán
sobrevenir acontecimientos capaces de provocar vuelcos en cualquier sentido. A
partir de este momento ya no habrá estabilidad política, mientras que la
economía, lógicamente, sufrirá problemas ya superados.
La
izquierda y las organizaciones sociales tendrán que resistir con tanta fuerza
como sea necesaria para que la vía electoral sea reimplantada. Lo que debería
quedar absolutamente claro es que no hay solución política o algo semejante si
no es a través del voto popular. En consecuencia, los destacamentos del
progreso y la democracia no pueden darse el lujo de dividirse en lo más mínimo.
De eso depende todo, o casi.
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