Jorge Zepeda
Patterson.
Me rehúso
a concederle la razón a la legión de críticos de Andrés Manuel López Obrador
que se solazan repitiéndonos el consabido “se los dije”. Espero seguir
afirmando lo mismo al terminar el sexenio, pero por lo pronto me cuento entre
los que volvería a votar por él si fuera necesario. Y eso no significa que estemos
satisfechos, ni mucho menos. Aquí mis razones.
En los
circuitos literarios corre un acertado consejo: “si de veras te gusta un
libro, nunca conozcas al autor”. Y es que, en efecto, con frecuencia el arrobo
que experimentamos leyendo un maravilloso texto, o para el caso disfrutando una
pintura o una obra musical, se arruina a medias o completamente cuando
encontramos que el autor se queda muy por debajo de su creación.
A ratos me
pregunto si no le estará sucediendo algo parecido a la 4T y a su fundador. Para
los que votamos por López Obrador resulta incómodo verlo pelearse todos los
días con el Reforma, encarar con mofa a sus adversarios en las mañaneras,
permitir ser rodeado por escolares que cantan himnos en su honor, auspiciar el
atraco del gobernador Bonilla para extender su período en Baja California,
comparar su lucha con la de Jesucristo, hacer consultas a mano alzada y
considerar que son la voz del pueblo, y un preocupante largo etcétera.
Me habría
gustado mucho más que la genuina austeridad y el indeclinable compromiso con
los pobres que le caracterizan, viniese acompañado de la dignidad y el porte de
un jefe de estado.
Pero no
podemos dejar de percibir la magnitud del bosque simplemente porque nos
percatemos de la existencia de troncos dañados. Primero, porque si tuviera
razón el bando de “se los dije” eso significaría que habría sido mejor haber
votado por Ricardo Anaya o José Antonio Meade. Entre la mojigatería y la
rapacidad hipócrita del PAN, y la frivolidad corrupta del PRI, me sigo quedando
con Morena y sus errores. Tiende a juzgarse a López Obrador y a su
administración como si viniésemos del paraíso perdido. Sexenios que instauraron
la guerra que lleva más de 200 mil muertos o a gobernadores que saquearon el
patrimonio como si no hubiese mañana, tendrían que ser el referente de fondo
para contrastar los aciertos y desaciertos de la 4T.
Se
presenta la ausencia de licitaciones en la compra de medicinas o la designación
de algún funcionario cuestionable como prueba fehaciente del fracaso de López
Obrador y de su campaña de limpieza, como si la mafia de los toluqueños y sus
constructores cómplices no hubiesen robado suficiente para asegurar la fortuna
de las siguientes cinco generaciones.
Y
segundo, porque la morralla cotidiana de memes y videos que arrojan los dichos
de López Obrador, unos desafortunados y otros sacados de contexto, pero siempre
incriminatorios, impide ver que el país ha comenzado a dar un giro, lento y trabajoso,
pero giro al fin, en lo que hasta hace poco parecía imposible: una
administración pública más austera, una burocracia menos rapaz del patrimonio
de todos, políticas públicas a favor de los que menos tienen.
Un
dislate histórico del presidente es lamentable, pero irrelevante frente a la
proeza de conseguir que los trabajadores puedan elegir a sus líderes en voto
secreto para que puedan socavar así los cimientos de la corrupción sindical.
Deshacerse de Romero Deschamps sin que los líderes charros hubieran paralizado
a Pemex tampoco es poca cosa. Conseguir que el salario mínimo crezca
significativamente por encima de los precios, lo cual incrementa el poder
adquisitivo de los sectores populares, se dice rápido pero no se había
conseguido en décadas y es una forma de redistribución del ingreso (impensable
en una administración panista o priista).
Me
gustaría que Andrés Manuel López Obrador fuera el estadista sabio, sobrio y
profundo, que podría haber sido. También me gustaría que Richard Wagner no
hubiese sido antisemita pero eso no impide que encuentre a su música sublime;
habría deseado que Octavio Paz hubiese sido más crítico del presidencialismo
priista, aunque eso no demerita su talento como poeta y la grandeza de algunos
de sus ensayos. Hay frases y actitudes de AMLO que encuentro absurdas e
innecesarias, pero eso no me lleva a concederle razón a los pregoneros del “se
los dije”.
Quizá por
vez primera en la historia del país hay un presidente que de manera genuina
intenta gobernar en beneficio de los pobres y los desprotegidos, y no
prioritariamente a favor de los sectores privilegiados como ha sido hasta
ahora.
Y eso me
basta, por el momento.
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