Ricardo
Ravelo
El
Secretario de Seguridad Pública Ciudadana, Alfonso Durazo Montaño, pidió a
los alcaldes del país no lavarse las manos frente al grave problema de la
inseguridad pública generada por los embates del crimen organizado.
Reunidos
para analizar esta problemática, Durazo también les dijo a los presidentes
municipales que sólo el 5 por ciento de los delitos que ocurren en sus
territorios son de orden federal.
El
funcionario federal fue enfático, directa la palabra:
“Sería
muy fácil para la federación decir que es un delito del fuero común y lavarnos
las manos, pero también es de tal dimensión el reto, el tamaño del problema que
sería una irresponsabilidad, en virtud del carácter federal o local de los
delitos, nos laváramos las manos, nadie puede lavarse las manos. Podemos
lavarnos las manos, en tanto no resolvamos el problema”.
Y más:
“He
planteado, además del espacio de neutralidad, asumir que la inseguridad
pública, por su dimensión, es un reto que corresponde al Estado mexicano, que
trasciende a los gobiernos municipales por mucho, que trasciende porque todos
tienen sus propias penurias, que trasciende a los gobiernos estatales, que
trasciende al gobierno federal para instalarse como una responsabilidad del
Estado mexicano, que significa, que involucra a los tres poderes, a los tres
poderes de gobierno y a la sociedad”.
Tiene
razón Alfonso Durazo en exigir más a los alcaldes para el combate a la
inseguridad, pero también es una realidad que los ediles necesitan más recursos
y no sólo eso: requieren que el gobierno federal les apoye para llevar a cabo
un saneamiento a fondo en todas las policías municipales, convertidas desde
hace muchos años en brazos del crimen organizado.
Seguramente Durazo
tiene el diagnóstico del nivel de penetración que tiene el narcotráfico –por
decir lo menos –a nivel de estados y municipios: más de la mitad del territorio
nacional está gobernado por alcaldes que llegaron financiados por los grupos
criminales. Algunos asumieron esos compromisos voluntariamente, otros, quizá,
fueron forzados.
En el peor
de los casos, muchos alcaldes eran parte de algún cártel y hallaron una
oportunidad de competir electoralmente y decidieron lanzarse en pos del poder
político. Ahora están pagando las facturas: el crimen les exige cuotas fijas,
nombrar a sicarios como jefes de la policía, les conceden libertad de operación
en los territorios y les garantizan la protección oficial para que no sean
perturbados en sus negocios ilegales, entre los que destacan la venta de
drogas, el secuestro, la venta de protección, entre otros.
Este
pernicioso fenómeno comenzó en el año 2000, después de la derrota del PRI en
las elecciones presidenciales. Como el crimen ya no podía negociar con un poder
absoluto –el presidente de la República –entonces comenzó a diseminarse por
todos los territorios. Pactó con cuanta autoridad les garantizara impunidad y
así los criminales comenzaron a controlar amplios territorios. Cooptaron a las
policías y más tarde el crimen se hizo gobierno.
Actualmente,
cualquier modalidad del crimen organizado gobierna un municipio a través de
algún criminal o bien mediante un político aliado. Ningún partido político se
salva de haber sido utilizado por algún narco-político para entronizarse en el
poder. Ejemplos sobran en Michoacán, Guerrero, Veracruz, Hidalgo, Sinaloa, Tamaulipas,
Nuevo León, Coahuila, entre otros estados.
Hace unos
días el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), la organización criminal que
más ha crecido en los últimos años, anunció toque de queda en la región de la
Cuenca del Papaloapan, en Veracruz. Lo hizo a través de mensajes difundidos a
través de las redes sociales.
Escalofriantes
resultan estas líneas:
“Toque de
queda¡¡¡¡¡ Cosamaloapan, Carrillo (se refiere al municipio de Carlos A.
Carrillo, Veracruz), Tlacotalpan, Chacaltianguis, habrá limpia de lacras”.
Y enseguida
mencionan, por sus nombres y apodos, que irán tras las siguientes personas:
“Tío Cornelia Gallero, Negrito Pino Gato, Jaime Coneja Reina, Oswaldo Alto
Betanzos, Gapis de Carrillo, hijos de su puta madre Molina y Achichincles (se refieren
a Juan Carlos Molina, líder de la CNC en Veracruz, asesinado el pasado sábado 9
en Medellín, Veracruz), póngase…ya mamó su padrino (se refieren a la muerte de
Juan Carlos Molina) y firman, atentamente, Cárteles Unidos, Cártel de Sinaloa,
Vieja Guardia Mayo Zambada MZ”.
Este
mensaje –como muchos otros que se reproducen en todo el país –da cuenta del
amplio control territorial que tienen los cárteles, imposible para un
presidente municipal hacer frente a los embates del crimen sin policías
preparados, sin estrategia, sin recursos financieros y sin protección.
Cuando
Alfonso Durazo les pide “no lavarse las manos” frente a la inseguridad pública
en realidad les pide mucho: los alcaldes no tienen opciones ni tampoco las
disponen, en muchos casos, los gobernadores: siempre se han lavado las manos y,
peor aún, se han dedicado a administrar el problema.
Durante
el sexenio de Peña Nieto se detectó que los gobernadores asumían tres
comportamientos ante el crimen organizado, lo que todavía prevalece. Era evidente
que no se querían involucrar y para ellos siempre ha sido muy fácil aventarle
el problema a la Federación.
Muchos
gobernadores se mostraban indiferentes ante el problema; otros administraban la
situación y unos más, por desgracia, terminaron vinculados con los cárteles
porque esta era una forma de sobrevivir políticamente. Ahí están los casos de
Eugenio Hernández y Tomás Yarrington Ruvalcaba, exgobernadores de Tamaulipas,
actualmente presos por esos vínculos.
Cabe
recordar que este problema del control territorial por parte de los cárteles
puso en evidencia que desde el año 2000 los presidentes de la República ya no
gobernaron en todo el país. Más de la mitad de la República mexicana empezó a
ser controlada –mediante la fuerza o a través de un gobierno municipal –por el
crimen organizado.
Esta
situación hizo crisis en el sexenio de Felipe Calderón, a grado tal que en ese
periodo gubernamental se realizaron estudios con miras a la desaparición de la
figura del municipio libre, pues era evidente que ese primer peldaño del poder
estaba perdido para la Federación, pues se lo había arrebatado el crimen con
todo y los cuerpos de seguridad.
Y es que hoy
más que nunca resulta urgente plantearse y replantearse cómo la Federación
podrá recuperar esos territorios perdidos mediante lo que en Estados Unidos
llamaron “La Insurgencia Criminal”.
Para el
crimen organizado, el municipio representa poder, pero desde la municipalidad
muchos alcaldes ligados al narcotráfico brincan a legisladores locales, más
tarde saltan a legisladores federales (diputados o senadores) y luego, sin
dejar los intereses criminales que representan y a los que les deben su carrera
política, arriban a una gubernatura para consolidar una suerte de narco-poder o
mafio-cracia. Y todos se benefician, se vuelven multimillonarios, pero a ellos
como políticos y criminales es a los que menos les importa que las cosas
cambien.
Esta
cauda de políticos ligados al crimen organizado quiere que el Estado fallido se
mantenga. Este caos es el que les conviene, donde nada se resuelve y todo
empeora. Su principal asidero es la corrupción, de tal suerte que mientras
ellos puedan sobrevivir políticamente de esta forma no darán ningún paso para
combatir a la criminalidad y siempre, como dice Alfonso Durazo, se lavarán las
manos.
Ningún
alcalde del país –y dudo mucho que algún gobernador lo haga –se va a enfrentar
al crimen organizado. Y existen dos razones poderosas: porque representa un
gran negocio para ellos y porque ligarse al crimen desde el poder es la mejor
forma de sobrevivir políticamente.
Así, el
problema de la inseguridad pública seguirá creciendo, generando riqueza para
los políticos y otros beneficios. Es claro a que a nadie le conviene que este
flagelo se resuelva. Es más, el propio Alfonso Durazo también saca provecho de
su posición: en medio de este desastre nacional él aprovecha todos los
reflectores para abrirse los caminos hacia la gubernatura de Sonora. Y está
claro que él ni los alcaldes ni los gobernadores arriesgarán la vida por salvar
a México. En este río revuelto hay muchas ganancias para los pescadores.
¿Quién
pierde?
Como
siempre, la sociedad.
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