Por Dulce
Olvera.
Eduardo, de
41 años, lleva la mitad de su vida tomando refresco, el cual no dejó pese a
tener obesidad y diabetes. Su papá, también con diabetes, su esposa y él
compran tres botellas de tres litros de Coca-Cola “Zero” (alta en azúcares)
cada siete días. Beben nueve litros a la semana. Su bebé de tres años les pide
cuando los ve consumirla en la hora de la comida.
“¡Claro que
es adicción!”, dijo. Ha intentado dejarlo y sustituirlo con agua simple o con
bebidas gasificadas, pero no ha podido en más de 20 años. “No tengo fuerza de
voluntad. Lo he intentado, pero no es tan fácil”.
México sigue
resaltando entre los países con mayor consumo de refrescos a nivel mundial, y
ocupa los primeros lugares en obesidad y diabetes, a pesar de que desde 2014 se
aumentó el impuesto a bebidas azucaradas. Especialistas explicaron cómo si bien
aún no hay un consenso científico, los altos contenidos de azúcar y aditivos
pueden generar la sensación de desear más y más; y volverse un círculo vicioso
a pesar de las campañas de información sobre el riesgo de padecer enfermedades
crónico-degenerativas.
“El consumo
excesivo de azúcar puede ocasionar que continuemos en este ciclo de seguir
consumiendo el producto, aunque todavía no hay un consenso a nivel mundial
sobre si es por mecanismo neuronal o metabólico”, dijo Ana Larrañaga del
colectivo ContraPESO.
“Hay muchos
autores y estudios que postulan que se puede desarrollar adicción a las bebidas
azucaradas, pero hay otros –sobre todo con fuertes vínculos económicos que
pudieran representar conflicto de interés– que postulan que no es así. Se tiene
que discutir libre de intereses comerciales considerando también el grado de
procesamiento del alimento y si hay personas con predisposición a generar
adicciones”, planteó.
Larrañaga y
Barrientos expusieron que se han detectado comportamientos adictivos
principalmente en estudios con animales como ratas, en las que se observan
señales de alteración, ansiedad y estrés cuando se les retira el azúcar. En
modelos humanos la investigación es temprana y los hallazgos son mixtos. Se ha
observado que las rutas neurológicas y fragmentos cerebrales, que responden a
otras adicciones, son los mismos que se estimulan con el consumo de azúcares.
Pero hay otras hipótesis que exponen que quizá no se trata de una adicción a
nivel neurológico, sino que se genera debido a una ruta metabólica.
“Cuando
nosotros consumimos productos muy altos en azúcares, sobre todo azúcares
añadidas, de manera muy rápida incrementan nuestros niveles de glucosa en la
sangre. Cuando pasa eso, debemos liberar la hormona insulina, por la cual la
glucosa pasa a las células y nos quedamos con niveles normales de glucosa en
sangre. Esto puede detonar que nuevamente tengamos una sensación de apetito a
pesar de que acabamos de comer un producto muy calórico y volvamos a
consumirlo, lo cual desregula nuestras hormonas de apetito y de saciedad”,
explicó la nutrióloga Larrañaga.
El
investigador del INSP, Tonatiuh Barrientos, agregó que si bien la evidencia
científica aún no concluye que las bebidas azucaradas son adictivas, es claro
que generan dependencia mediante tres mecanismos: aprendizaje, es decir, desde
temprana edad los menores consumen productos con azúcares añadidos y rechazan
frutas con azúcar natural por tener un menor sabor dulce; el marketing y
publicidad de la industria genera deseo de consumir productos ultraprocesados y
construye la idea de estatus social; y estos productos cuentan con un
desarrollo tecnológico para tener “una alta paladicidad”, es decir, aditivos
que los hacen “sabrosos” y estimulan el apetito.
El artículo
“Consumo de endulzantes y conducta adictiva” (2014) publicado por el Centro de
Investigaciones en Comportamiento Alimentario y Nutrición (CICAN) de la
Universidad de Guadalajara plantea que el azúcar y la combinación de
ingredientes en los refrescos, no solamente en los de cola, ocasionan una seria
y compleja adicción alimentaria.
“[Hay una]
propiedad distintiva que convierte en adictivos a los azúcares: la
neurotransmisión, específicamente sobre la serotonina y su precursor, el
triptófano, que aumenta en proporción por la ingesta de carbohidratos. Las
hendiduras sinápticas se ven saturadas de estos neurotransmisores, cuyo efecto
directo se relaciona con la disminución de ansiedad y experimentación de
bienestar, tal como sucede en el caso del consumo de cocaína y otras drogas. La
ingestión de azúcares ocasiona cambios neuroquímicos que indican alteraciones
en las respuestas mediadas por opioides o dopamina”, explica la investigación
de la UdG.
“SIENTEN QUE
ES PARA COMER RICO”
La familia
de Julieta, 28 años, siempre ha tenido en su mesa un refresco a la hora de la
comida. Ha sido la normalidad desde su infancia. “Toda la vida comprábamos la
Coca como si fuera agua. Todos los días comprábamos dos litros de Coca y cuando
fueron haciendo más, los tres litros”, recordó. “Jamás en mi vida he comido en
mi casa con agua simple”.
A su mamá no
le gusta el agua simple. Necesita bebidas dulces. “Si puede se hace aguas
saborizadas, pero jamás tendría su vasito con agua”, dijo. Si hay festejos
familiares, la Coca-Cola es la invitada de honor. “Ahorita mis papás están
comprando Coca Zero según para que no tenga azúcar, pero sigue siendo refresco.
Sienten que es para comer rico”.
Para finales
del siglo XIX, documentó la investigación de la Universidad de Guadalajara, ya
existía el Dr. Pepper y la Coca-Cola, refrescos que advertían en sus etiquetas
que su ingestión podría ocasionar “dolor de cabeza, histeria y hasta
melancolía”. Evidencia científica del presente siglo ha demostrado daños
severos a la salud.
El consumo
habitual de bebidas azucaradas puede ser mortal, causar diabetes, infarto o
cáncer vía obesidad en la población adulta, concluyó un estudio del Instituto
Nacional de Salud Pública (INSP) y TUFTS University basado en refrescos,
“jugos” y aguas saborizadas. La región sur del país, con mayor concentración de
población indígena en situación de pobreza con carencias de servicios públicos
de salud, los hombres y los jóvenes son los más afectados.
Por tomar
235 mililitros de bebidas azucaradas de manera frecuente, el estudio halló un
6.9 por ciento de riesgo de mortalidad general (40 mil 842 de muertes al año en
personas de 20 años y más), un 39 por ciento mayor incidencia de diabetes, un
17 por ciento más de incidencia de infarto y de 7 a 59 por ciento de cáncer vía
obesidad.
Uno de los
autores de este estudio, el investigador del INSP Tonatiuh Barrientos, dijo que
ninguna de las intervenciones funcionará de manera “mágica” y “rápida” para disminuir
el consumo de productos ultraprocesados. Considerando que la población mexicana
está muy habituada a su consumo, deben implementarse en conjunto para generar
un ambiente sano que se contraponga a las estrategias publicitarias de la
industria, a través de políticas del Gobierno monitoreadas, sin que la
industria sea la que se autorregule.
“Sería mucho
mejor si pudiera aumentarse el impuesto a bebidas azucaradas y chatarra para
que tuviera más impacto sobre la reducción, junto con el etiquetado claro y
restricciones de ventas en las escuelas porque necesitamos fortalecer el
ambiente. Es muy difícil para una persona tomar decisiones saludables, si no
vive en un ambiente saludable”, dijo. “La industria está interesada en la
reformulación, es decir, modificar los ingredientes. Tienen la obligación de
hacerlo. Pero debemos cuidar el proceso” para que al bajar los niveles de
azúcar, por ejemplo, no le agreguen sustitutos igualmente dañinos como
edulcorantes.
En la misma
línea, Ana Larrañaga del colectivo ContraPESO dijo que solo es un paso el
etiquetado claro, medida que entrará en octubre, de la cual la industria de
alimentos se ha amparado o ha cuestionado.
“Se deben
impulsar otras medidas, sobre todo en la regulación a productos ultraprocesados
dirigidos a niños y niñas porque la exposición temprana a su consumo ocasiona
una predisposición a seguirlos consumiendo el resto de la vida. También ha
resultado efectivo en países y estados los impuestos especiales a bebidas
azucaradas para desincentivar su compra y lo recaudado podría canalizarse a las
necesidades del servicio de salud”, afirmó la nutrióloga.
Para este
año la Secretaría de Hacienda estima ingresos por el IEPS a bebidas azucaradas
de más de 28 mil millones de pesos. Sin embargo, a pesar de la información
sobre los niveles de azúcar, sodio y grasas de la chatarra y el IEPS, uno de
los factores de su alto consumo es que tienen una muy elevada disponibilidad en
el territorio mexicano, “con mayor concentración en algunas regiones donde hay
falta de infraestructura para acceso al agua simple y segura para consumo
humano”, afirmó la especialista.
Además, “la
publicidad incisiva” de este tipo de bebidas apunta a asegurar que son parte de
la comida mexicana tradicional y de las mesas de las familias, como la de
Julieta, aunque las botellas de refresco no pertenecen a la gastronomía
tradicional como las aguas frescas de Jamaica u horchata.
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