Martín Moreno.
En algunos círculos
políticos de la ciudad de México, ha comenzado a correr una versión insistente:
que Miguel Ángel Mancera – el aspirante presidencial un dígito (no pasa del 9 %
en las preferencias electorales)-, podría declarar públicamente que se
abstendrá de buscar la candidatura a la presidencia de la República, ante su
falta de presencia política, de convencimiento al ciudadano y, por tanto, de
sus posibilidades reales de llegar a Los Pinos en 2018. Sus garbanceros
(Serrano, Granados y los hermanitos Serna), insisten en inflarlo y le endulzan
el oído, pero la realidad es que su jefe
tiene tantas posibilidades de ser presidente, como México de ser campeón mundial
de futbol el próximo año.
En realidad, Mancera
– un híbrido político que llegó a la jefatura de Gobierno gracias a que en 2012
el PRD, todavía, era una aplanadora electoral en la capital del país (con
cualquiera pudo haber ganado: Barrales, Delgado, Batres, etc)-, nunca ha tenido
posibilidades reales de ser un candidato fuerte y consolidado rumbo al 2018.
Su gobierno ha sido
más que mediocre: alta contaminación, repunte en la inseguridad, pésima
vialidad, caos en los verificentros, falta de agua grave que fue reflejada en
un reportaje, inclusive, por The New York Times; ineficaz operación política y
una Constitución local que hoy es cuestionada e impugnada legalmente por otros
poderes, además de que las nefastas “fotomultas” están salpicadas por la
corrupción y el favoritismo a la empresa concesionada. El caos, pues.
Sin embargo, ¿cómo
así que un político que solamente es aprobado por 3 de cada 10 capitalinos, de
acuerdo a encuesta del diario Reforma, y que desde ya es considerado el peor
Jefe de Gobierno en la historia moderna de la CDMX, muy por debajo de Cárdenas,
AMLO o Ebrard, insiste en crearse un mundo imaginario en el que se ve como
aspirante serio a la presidencia de la República en 2018? Sencillo: porque así
se lo han hecho creer quienes lo rodean.
Sí: un hombre con el carácter chabacano que caracteriza a
Mancera (es público que Marcelo Ebrard lo regañaba frecuentemente durante las
juntas de trabajo por sus ligerezas y bromitas bobas); sin temple político ni
ideología sólida; de escasas luces y de débil presencia, fue presa fácil de las ambiciones políticas del empoderado Héctor
Serrano -“el Jefe de Gobierno soy yo”, es la frase favorita de Serrano (Ver
Serrano: el manotazo por el control del PRD SinEmbargoMX Mayela Sánchez, Shaila
Rosagel y Linaloe R. Flores 26-VIII-2014); de los hermanitos Serna, amigos
íntimos y de confianza a ciegas; de Manuel Granados, su mediano operador
político para lograr la errática y confusa Constitución de la CDMX. Todos ellos sedujeron a Mancera hasta
convencerlo de que podría ser candidato presidencial. Y Mancera se lo creyó.
Lo lamentable no es que Mancera viva en un mundo de caramelo
dónde se ve como Presidente. No. Lo
deplorable, es cómo se ha deteriorado la ciudad de México desde 2012 hasta la
fecha. Una ciudad con evidentes vacíos de Gobierno que ya manifestó su
rechazo abierto y rotundo en las elecciones intermedias de 2015 para con
Mancera y el PRD, dándole el triunfo a Morena en varias delegaciones. Hoy, ya
nadie duda quién será el próximo Jefe o jefa de Gobierno en la CDMX: a quien
postule Morena. La derrota de Mancera y del PRD dentro de tan sólo 15 meses, es
inevitable. Merecido lo tienen.
La avaricia del grupo
de Mancera, y el enanismo político del Jefe de Gobierno, han llevado a la CDMX
a niveles de repudio ciudadano jamás vistos hacia un gobierno local. Ya veremos
en junio de 2018, en las urnas, cómo los sueños patéticos de Mancera quedarán
sepultados.
Pero por si fuera poco el desastre del gobierno mancerista,
habrá que sumarle otros dos factores de peso que operan en su contra:
EL DERRUMBE DEL PRD. La
dramática caída del partido amarillo en las preferencias electorales; el
desprestigio del grupo de Los Chuchos – Zambrano, Ortega, Navarrete y
compañía-, que eran el soporte político – electoral de Mancera; el éxodo de
legisladores en favor de López Obrador, con Miguel Barbosa asestándole una
puñalada mortal por necesidad al corazón perredista, así como el nulo apoyo de
grupos políticos, hacen que la figura de Mancera sea cada vez más invisible e
insignificante rumbo al 2018.
EL APOYO DE FUNCIONARIOS DEL GCDMX A AMLO. Los casos de Miguel Torruco y Leticia
Quesada – como emblemas del Caballo de Troya-, entre muchos otros funcionarios
del gobierno capitalino, que desde sus puestos operaban en favor de López
Obrador, exhibió el escaso liderazgo y la fragilidad de Mancera y de su grupo.
La lectura es: si tus propios empleados no te apoyan, aun teniéndolos en
nómina, y prefieren operar para otro jefe, entonces no tienes nada qué hacer.
Encubiertos o públicamente, los funcionarios “manceristas” ya no ocultan su
filiación “lopezobradorista”, degradando, día con día, la desgastada figura
política de Miguel Ángel Mancera.
Aislado – ni siquiera ha querido recorrer el Centro
Histórico por miedo a ser increpado por los ciudadanos debido a su mal gobierno-;
disminuido y diluido en sus posibilidades electorales, Mancera es, a estas
alturas del partido, un punto agonizante en la escala política rumbo al 2018.
¿A qué le apuesta Mancera de manera ilusa? A ser… ¡candidato
independiente a la Presidencia! Esa es la quimera que le han vendido quienes le
endulzan el oído. Terminar de resquebrajar a lo que queda del PRD y hacer una
“gran alianza ciudadana” que lo lleve a Los Pinos. De ese tamaño es la farsa en la que está involucrado Mancera, quien
promedia entre un 6 o 7% en las preferencias electorales, bajo cualquier
encuesta. Cómo estarán las cosas que por encima de Mancera, por esta vía, están
Castañeda, El Bronco o Ferriz de Con.
Por eso, en algunos
círculos políticos no sólo del gobierno de la CDMX, sino también del PRD, se
insiste en la necesidad imperiosa de que Mancera decline en sus loquillas
aspiraciones presidenciales y se dedique a medio rescatar a la ciudad de sus
principales problemas en lugar de despilfarrar imagen y presupuestos en una batalla
perdida y que, de paso, suelte del cogote al PRD para que el partido tenga
mayor margen de maniobra política rumbo al 2018.
Mancera, sin sensatez
política, confundió los resultados del 2012: creyó que él fue quien ganó la
elección cuando, en realidad, fue el PRD el que lo llevó al triunfo. Y
pensó, de manera cándida y equivocada, que era el candidato que los mexicanos
esperaban para el 2018. Chorradas.
Hoy por hoy, Mancera se quedó como el personaje de aquella
canción popular: “Y de aquél chorro de voz, sólo me quedó un chisguete…”. El
puro chisguete.
Ni más ni menos.
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