Raymundo Riva Palacio.
La historia de México de los últimos años está por
escribirse. La va a contar la vida y la muerte de cientos de cuerpos que están
siendo encontrados en las fosas clandestinas que están brotando por todo el
país. Jojutla, en la zona más caliente de Morelos, es la última comunidad donde
la tierra empezó a escupir lo que se le atora, y que acentuó la atención
mundial luego de los escatológicos hallazgos en Veracruz de las dos últimas
semanas. El interés ha sido extremadamente tardío para un fenómeno inexplicable
en un país supuestamente en paz, pero que dada su dinámica de violencia, se
puede alegar que está inmerso en una guerra civil sui géneris entre múltiples
bandos criminales y el gobierno federal.
Un grupo de trabajo
privado ha documentado, a partir de fuentes abiertas, que de 2014 a 2016 se
localizaron 672 fosas en el país, donde contabilizaron mil 557 cuerpos. Estos
cuerpos no están registrados dentro de las estadísticas sobre homicidios que
tiene el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública
debido, explicaron los autores del reporte, a que en algunos casos se
encuentran sólo partes de cuerpos, que no permite determinar el número de
personas a las que corresponden.
¿Cuántas personas fueron asesinadas y enterradas en estos
cementerios clandestinos que ocupan un segundo corte en la corteza terrestre
mexicana? No hay realmente datos confiables que permitan conocer actualmente
periodos en los cuales se dieron esos asesinatos, ni la demografía de las
personas que fueron tiradas ahí. Tampoco hay información genética que permita
comparar los restos de los cuerpos con las bases de datos de personas
desaparecidas. Pero el fenómeno es nacional.
Solamente ocho de las
32 entidades del país no tienen fosas clandestinas, o cuando menos conocidas
hasta ahora: Ciudad de México, Durango, Hidalgo, Nayarit, Puebla, Quintana Roo,
Tlaxcala y Yucatán. Del resto, Guerrero
es el que ocupa el primer lugar de tan dramática clasificación. Entre enero de
2014 y enero de 2017 se han encontrado 683 cuerpos en estas tumbas
clandestinas, que representan 41.5 por ciento del total en el país. Le sigue
Veracruz, donde se habían encontrado, hasta hace dos meses, 265 cuerpos; pero
con los 304 restos de cuerpos localizados en los últimos 15 días, se duplicó en
un parpadeo la aterradora contabilidad. En tercer lugar de esta lista se
encuentra Nuevo León, con 99 cuerpos.
No deja de llamar la
atención que estos tres estados cambiaron de gobierno en los 18 últimos meses.
Aunque no existe un patrón en cuanto al conflicto entre bandas criminales, a
las que las autoridades responsabilizan de estos asesinatos, hay algunos
vasos comunicantes. En Guerrero luchan de manera más enconada las escisiones
del cártel de los hermanos Beltrán Leyva, que a su vez se separaron del Cártel
del Pacífico, que pelea en Nuevo León contra Los Zetas, que a su vez enfrentan
al Cártel Jalisco Nueva Generación, que se desdobló hace varios años de los
sinaloenses. Pero la duda sobre qué llevó a esas tumbas clandestinas sigue sin
poder responderse con precisión. Jorge Winckler, el fiscal de Veracruz, ha
dicho, sin evidencia forense, que los restos que han encontrado en el estado
pudieron haber sido el resultado de asesinatos de hace varios años.
La explicación de Winckler pudiera tener solidez en estados
como Tamaulipas y Michoacán, número cuatro en la lista, con 89 cuerpos
encontrados en fosas clandestinas, y Sinaloa, con 66 cuerpos encontrados, o en
Jalisco y Morelos, con 49, que son los siguientes estados en la lista. Pero hay
entidades como Aguascalientes, que se encuentra en el último lugar de esta
tabla, con un solo cuerpo en una fosa clandestina, donde la duda si se trata en
efecto de un acto cometido por cárteles o un asunto de índole personal, añade
complejidad al entendimiento del fenómeno.
Estados como Guanajuato, con 23 cuerpos en fosas
clandestinas, llaman tanto la atención como Colima, donde se han encontrado 19,
porque la violencia criminal sólo ha repuntado en el último año, mientras que
en entidades como Baja California, Chihuahua y Coahuila, donde se escenificaron
algunas de las batallas más sangrientas entre bandas criminales, se
descubrieron en ese periodo 39, 33 y 26 cuerpos, respectivamente, que parece un
número pequeño para el tipo de guerra que vivieron. Hay entidades con cárteles
dominantes donde los hallazgos de cuerpos son bajos, como en Zacatecas y
Tabasco, controlados por Los Zetas, con 36 y siete, respectivamente, o Sonora,
territorio de los sinaloenses, con 12.
Baja estadística de cuerpos encontrados, como en Puebla y
Campeche con tres cada uno, no se comprenden con amplitud dentro de un patrón
criminal por el incipiente pero creciente conflicto entre grupos
delincuenciales antagónicos, que es lo que sucede en estados como San Luis
Potosí y Baja California Sur, con 10 y siete cuerpos, respectivamente,
encontrados en fosas clandestinas. Oaxaca y Chiapas, que no tienen pugnas
notables entre cárteles, registraron en el periodo cuatro cuerpos cada uno,
pero en el Estado de México, duodécimo en la lista, se encontraron 30 cuerpos,
pese al control por regiones de las organizaciones criminales.
¿Cómo pudo todo esto
pasar en México ante los ojos de todos? “Por muchos años los cárteles de la
droga desaparecían a la gente y las autoridades eran complacientes”,
explicó el fiscal Winckler durante una reciente entrevista. Aunque no ofreció
prueba alguna, como hipótesis de trabajo es la línea de investigación que menos
debe descartarse.
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