Gabriel Sosa
Plata.
¿Por qué
están despidiendo a periodistas?
En las últimas semanas han dado las
gracias a reporteros, redactores, articulistas y columnistas en diversos medios
de comunicación. Algunos de estos despidos han tenido mayor impacto porque se
trata de plumas muy reconocidas. Las cifras no son exactas, pero ya se habla de
cientos de personas que se han quedado sin trabajo en medios impresos y
electrónicos.
En el sector hay un enorme
desconcierto por estos movimientos, el cual se refuerza con el anuncio de que
habrá una reducción del 50 por ciento en el gasto de la publicidad gubernamental
y de personal en las áreas de comunicación social de las dependencias y órganos
del gobierno federal, a partir del primero de diciembre, una vez que asuma la
presidencia Andrés Manuel López Obrador.
En el mundo
de las especulaciones y de las noticias falsas, una de las versiones que se han
dejado correr es que comenzaron las presiones desde el equipo cercano al
Presidente electo, particularmente con quienes durante el proceso electoral
asumieron una posición muy crítica o que recurrieron a las mentiras o a los
insultos para tratar de impedir que López Obrador llegara a la presidencia. Esta versión ha sido utilizada para que los
opositores al Presidente electo y su grupo político fortalezcan la idea de que
se aproxima un gobierno en el que habrá un retroceso en la libertad de
expresión.
Hasta ahora,
sin embargo, ni un solo dato duro han
aportado sobre esas presiones y a quienes pedimos información para que se
revelen nombres y hechos, se nos califica de ingenuos, porque, aseguran, ningún
empresario de los medios de comunicación estaría dispuesto a tener un diferendo
importante con quienes ganaron las elecciones y poner en riesgo sus negocios
con señalamientos de esa naturaleza.
Ante la falta de precisiones, se ha
llegado a suponer que algunos de los despidos son como sacrificios que se hacen
en honor del ungido, una demostración de que están dispuestos a cambiar o a
negociar líneas editoriales para no ser perjudicados con las decisiones que se
tomen en acceso a la información o publicidad gubernamental. Se trataría, pues,
de decisiones empresariales, basadas criterios político-económicos y no
periodísticos, que pondrían en evidencia la debilidad de algunos medios de
comunicación frente al poder político.
La otra interpretación de los
recortes se basa en criterios económicos: ante el recorte del presupuesto de la
publicidad gubernamental, vendrá un sexenio de “vacas flacas” y es necesario
hacer los ajustes de personal, de nuevos proyectos e inversiones; prepararse,
en síntesis, para la crisis.
Para un país en el que una importante
cantidad de medios de comunicación vive sobre todo del dinero público, lo que
se augura es el holocausto y un síntoma, también, de la censura que viene por
la vía del ahorcamiento económico.
¿Cuál de las
versiones es cierta?
Salvo
excepciones, los medios de comunicación
no son transparentes. Las notas que se han publicado sobre la supuesta crisis
que algunos de ellos padecen actualmente, han sido generadas sobre todo desde
medios digitales y no desde los medios tradicionales.
Los lectores y las audiencias no
sabemos, por citar un ejemplo, por qué fueron despedidos Lorenzo Meyer y José
Woldenberg del periódico Reforma, pero se mantuvo en la
nómina a Enrique Krauze y a Sergio Sarmiento. ¿Qué hizo la diferencia?
¿Woldenberg cobraba más que Sarmiento? ¿uno es “más rentable” que el otro? ¿o
quizás hacía falta equilibrar posiciones políticas en todo el diario? Vaya
usted a saber.
Los articulistas despedidos
escribieron que les dijeron que por razones económicas salían, pero casi lo
mismo se dice a cualquier colaborador que se desea expulsar, aunque eso no sea
el motivo real. Muchos podemos compartir experiencias similares.
En la construcción de nuestra
democracia, los empresarios y directivos de los medios de comunicación tienen
una función primordial. En Twitter y Facebook cada vez más colegas se
manifiestan a favor de una transparencia de quienes toman decisiones en los periódicos,
portales periodísticos, estaciones de radio y televisión, y expongan las
razones de los despidos de los colegas o si, como se ha dicho, han sido
presionados. Así como exigimos transparencia a quienes ejercen
responsabilidades públicas, también los lectores y las audiencias pedimos
transparencia a los medios de comunicación.
Sé que es obvio, pero no está de más
recordarlo: los medios de comunicación no fabrican papas fritas o pastelitos,
sino que trabajan con información, con piezas periodísticas que materializan
los derechos fundamentales de expresión e información. Las noticias no son
mercancías, trascienden lo material y adquieren un enorme valor para la
sociedad al convertirse en referentes de los hechos y cumplir su función de
contrapeso, de denuncia de todo aquello que daña los derechos humanos, la
convivencia social, el ambiente, la justicia.
Cuando
expulsaron a Carmen Aristegui de Noticias MVS, el juez octavo de Distrito en Materia Administrativa del Distrito
Federal, Fernando Silva García, admitió a trámite su amparo porque consideró
que el contrato entre la periodista y la empresa no era solo un caso de derecho
privado, es decir, un diferendo entre particulares, sino que se estaría frente
a un asunto de interés público o de relevancia social.
Para el juez
Silva García “en funciones que
trascienden a la sociedad (como lo es el periodismo crítico de investigación)
es necesario que se efectúe una justificación o motivación reforzada en caso de
que una empresa concesionaria de un bien y servicio público decida terminar la
prestación de servicios de esa índole con la finalidad de que tanto la
periodista que se encuentre en el supuesto, como la sociedad indirectamente,
tengan pleno conocimiento respecto de las causas objetivas y razonables por los
que el concesionario determinó prescindir de los servicios en cuestión”.
Lo mismo podríamos exigirle a los
diarios o a cualquier otro medio de comunicación. Los periodistas tienen una
función social y las audiencias o los lectores deberíamos saber qué ocurre con
las decisiones editoriales y administrativas que trascienden en los derechos de
libertad de expresión y a la información. Es parte de una relación de respeto
entre emisores y receptores, pero también de transparencia para evitar rumores,
especulaciones o noticias falsas sobre estos hechos. El trascendental cambio
político que estamos viviendo debe ir acompañado de la eliminación de las
“reglas no escritas” que caracterizaron la relación entre el poder político y
los medios de comunicación, a lo largo de décadas.
LA
INMORALIDAD DE LA SEGOB
Y ya que hablamos de principios
democráticos, en contra de toda ética y de respeto a las sentencias del Poder
Judicial, la Secretaría de Gobernación publicó el 21 de agosto los lineamientos
de clasificación de contenidos audiovisuales, que vulnera los derechos de niñas
y niños como audiencias, al recortar la protección de programas y publicidad
inadecuados para su edad. Es la tercera vez que la Subsecretaría de
Normatividad de Medios, que encabeza Andrés Chao, publica estos lineamientos
para dejar sin efectos los dos lineamientos anteriores (los del 4 de noviembre
de 2015 y los del 15 de febrero de 2017) y que fueron impugnados, con éxito, en
los juzgados. Una chicana, dicen los abogados.
La semana
pasada, la académica y presidenta de Observatel, Irene Levy, publicó en El Universal que estos lineamientos fueron uno
de los últimos “regalitos” del gobierno de Peña Nieto a las televisoras. Al día
siguiente, no fue la Segob, sino el director de la Cámara Nacional de la
Industria de Radio y Televisión (CIRT), Miguel Orozco, quien rebatió la opinión
de Levy y defendió la decisión de la autoridad. En esencia dijo que los
lineamientos son para ser más competitivos frente a los servicios no regulados
como Netflix. En su respuesta quedó en evidencia que fueron razones de mercado,
de negocios, las que prevalecieron en los lineamientos y no el interés superior
de la niñez. Y que la Segob lo avaló.
En la Segob nunca hubo transparencia
en torno de estos lineamientos. No justificó con datos ni argumentos su
decisión. Tampoco recibió a organizaciones de la sociedad vinculadas al tema ni
a los expertos para conocer sus puntos de vista. Este caso ejemplifica lo que
no es una política pública, sino la expresión de un acuerdo de la industria con
el gobierno. Lo mismo que con el etiquetado de alimentos, como lo ha denunciado
El Poder del Consumidor. Todo esto debe corregirse por el futuro gobierno.
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